13.06.2012

10 situaciones típicas que se presentan cuando salimos a comer con chicos

Ir a un restaurante con hijos es una excursión difícil de la que no siempre se sale bien comido. Acá, posibles soluciones para que a los padres no les caiga mal la comida, si es que logran deglutir algo.


A veces, porque no hay comida en la heladera o porque extrañan los placeres mundanos, madres y padres deciden comer en un restaurante acompañados por su/s hijo/s. Lejos de disfrutar una cena en familia, este suele ser el panorama:

1. Animadoras no profesionales
A primera vista, un restaurante con animación para niños parece ideal: el nene llega y va directo al cuartucho adonde está la señorita. Pasa que la señorita no es una profesional de la animación. Es una mujer que –a veces– tiene onda con los niños y reparte hojas blancas, lápices rotos, o les prende la tele, en el mejor de los casos. A los cinco minutos, el nene vuelve a la mesa a preguntar cuándo está la comida. Ese ir y venir se repite hasta el fin del almuerzo o cena, que dura, en total, media hora.

RESULTADO:
todos se van con un montón de garabatos dibujados en papel de envolver fiambre.

2. Menú infantil o porquerías para pequeños
Si el restaurante es para niños, obligadamente contempla menú infantil, algo que siempre equivale a hamburguesa, papas fritas, pasta o milanesa. “Infantil”, en los restaurantes, quiere decir “porción pequeña cobrada como si fuera porción grande”. El pibe picotea un poco y después se come la tortilla a la española que pidieron los grandes.

RESULTADO: media hamburguesa no casera y mordisqueada que va a parar al estómago de papá o mamá, quienes terminan comiendo una porción y media al precio de dos.

3. Un poco de aire libre
Existen restaurantes con espacios abiertos, algunos con juegos, otros con inflables… Otra idea genial para que los chicos se entretengan mientras los grandes comen. Son una opción posible para el verano (en invierno un almuerzo no vale una bronquitis). Estos espacios abiertos son muy útiles para niños mayores de 4 años que no ponen permanentemente en riesgo su vida, claro. Los más pequeñitos no pueden estar solos afuera, pero quieren salir todo el tiempo. O sea que mamá o papá se turnan para que el nene tome aire.

RESULTADO: ambos adultos comen su plato frío y a solas.

4. El salón espacioso
Cualquiera que haya hecho la experiencia de comer con niños dentro o fuera de casa, sabe que su capacidad de concentración es escasa, aún si les gusta la comida. Diez minutos es un buen promedio antes de bajar de la silla (si están sentados en silla alta, es el tiempo que duran quietos hasta que empiezan a gritar para que los bajen). Si todo esto se produce en un restaurante, lo mejor entonces es que haya pasillos espaciosos entre las mesas para que los niños den rienda suelta a su energía y pasen a ser un problema de los otros clientes y de los mozos, si logran esquivarlos.

RESULTADO: posiblemente se dediquen a molestar a las personas sentadas en otras mesas, les coman la comida e intenten trabar conversación.

5. Personal que no odie a los niños
Aunque parezca extraño aclararlo, es importante, si se decide invertir dinero en un restaurante con los niños, que los mozos y, por qué no, los cajeros, sientan alguna clase de empatía con ellos. Si, al contrario, no se los bancan, harán todo lo posible para que los chicos no desplieguen nada de lo que está en su naturaleza: les llamarán la atención toda vez que toquen algo indebido (o sea todo el tiempo), pidan algo fuera del menú o, simplemente, les dirijan la palabra a fin de seducirlos y obtener algún postre extra. Pero no es necesario un restó child-friendly; con que sus meseros no ladren a los niños, alcanza.

RESULTADO: la comida de mamá y papá durará el tiempo exacto durante cual el nene se entretenga con la caja registradora.

6. Hacerse habitué
Si se logra encontrar un lugar en el que la comida sea más o menos buena y la relación precio-calidad más o menos conveniente y, además, reciban amablemente a los niños, entonces no hay que cambiar. Más allá de las amenities infantiles con las que cuente el restaurante, se sabe que el ser humano es un animal de costumbres, y cuando es pequeño, mucho más. El pibe se acostumbra a la comida, al mozo, al lugar y, con eso, tal vez se logre que permanezca sentado a la mesa unos 10 minutos más de lo que permanecería en un lugar desconocido. Además, se garantiza que lo dejen correr entre las mesas sin apercibirlo.

RESULTADO: el nene se mueve por el lugar como pez en el agua y todo termina cuando mamá o papá lo descubren en la cocina, a centímetros de la olla con aceite hirviente.

7. Sala de juegos
La mayoría de parejas con hijos supone que un restaurante con sala de juegos es garantía de niños entretenidos. A favor, digamos que muchas veces esta sala de juegos funciona. Pero muchas otras, no. Funciona si, además de juegos, hay adultos que se ocupan de que los niños no se golpeen las cabezas en los inflables, no se empujen para conseguir un lugar en el metegol y no se tiren de las mechas para usar la cocinita Fisher Price. También funciona si se trata de un salón más o menos espacioso, en el que no deben convivir 20 niños por metro cuadrado y de las más diversas edades.

RESULTADO: la familia se pasa todo el almuerzo o cena rezando a San Restó que el nene no se golpee, no se pelee, no se pisotee con nadie.

8. Comida rápida
Es raro encontrar un restaurante con alguna amenitie para niños en donde, además, se coma rico y a buen precio. Pero eso, en el momento de sentarse a la mesa, pasa a un segundísimo segundo plano. Lo que importa es que la comida llegue… ¡YA! La capacidad de esperar de un niño es muy escasa y una vez que decidió qué va a comer, lo quiere ahora. Un buen truco es elegir la comida antes de llegar al restaurante. De hecho, hay familias que llaman por teléfono al restaurante del que son habitués y piden la comida para cierta hora. Cuando llegan ¡Eureka! La mesa está servida y nadie tiene que amenizar la espera con nada. Si no, el menú infantil será sólo de pan, manteca y grisines.

RESULTADO: si tardan más de cinco minutos en traer el pedido, aunque más no fuera la porción de papas fritas, no hay que volver.

9. Cartera mágica
Si a pesar de haber fracasado en pruebas anteriores, mamá y papá siguen pensando que se debería poder comer afuera con el/los niño/s, porque es así, porque se tienen que acostumbrar o porque la heladera está vacía, entonces, allá irán. No obstante, hay que ir preparados. La familia debe ir acompañada de un set de entretenimiento, que incluya papel y algo para dibujar, algún juego de mesa o mazos de cartas si se oponen a los avances de la tecnología. Si no, siempre viene bien una tablet o el, a estas alturas, clásico celular con jueguitos.

RESULTADO: el pibe no come nada porque está absorbido por el iPad y se va a los gritos del restaurante porque no quiere apagarlo.

10. Chau, sobremesa
Por si no queda claro, hasta ahora, el plan “comer con niños en restaurantes” se limita a, precisamente, “comer”. La idea de conversar pos comida, tomar un cafecito o similar, quedará en la fantasía o será un programa para el futuro. Mientras tanto, ese momento será omitido completamente. El niño pide comida-come-pide postre-come-se quiere ir. Y mamá y papá cortan milanesa-soplan papa frita-engullen algo-comen restos de postre-se van.

RESULTADO: se terminaron las comidas con amigos adultos en las que se hablaba de algo.


Por Ingrid Beck
Autora de los libros Guía (inútil) para madres primerizas 1, Guía (inútil) para madres primerizas 2 y ¡Auxilio! Somos padres

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