09.09.2016

Bares nuevos: las flamantes aperturas que debés conocer

En seis meses de 2016 se inauguraron un puñado de muy buenas barras. Te presentamos la nueva generación que viene a traer variedad y frescura a la escena coctelera porteña.


Finalmente sucedió: la coctelería en Buenos Aires dejó de ser una tendencia de nicho para transformarse, como ocurrió con el sushi o la comida peruana, en una de las tantas opciones que ofrece la noche porteña para todos los gustos y presupuestos. La nueva camada de bares abiertos en la primera mitad de este año se hace eco de este cambio y se corre del lujo y de la hegemonía de los amargos para ofrecer sabores y precios amigables para nuevos consumidores

Contra lo que muchos anticipaban, el boom de los bares de coctelería no terminó en una sobreoferta y consecuente cadena de cierre de lugares. Sin embargo, es evidente que 2015 fue un año bastante flaco en términos de aperturas. Le fue mejor, en todo caso, a la cerveza artesanal, una apuesta mucho más segura y económica.

No obstante, el año pasado puede pensarse como el año en que la coctelería se volvió masiva: las barras de restaurantes se sofisticaron más que nunca, ofreciendo cocktails a un público que originalmente iba a buscar otra cosa, pero que empezó a probar un aperitivo de cortesía antes de la comida o a combinar la picada con una jarra de tragos en lugar de la tradicional botella de cerveza. En cualquier caso, fue suficiente para mantener la demanda caliente y que en 2016 pudiera aparecer una nueva generación de barras, como estas que presentamos a continuación. Todas ellas quedan en Palermo, aunque en diferentes puntos del barrio más grande de la ciudad.

BRADLEY
Una ambiciosa propuesta cuya estética y carta homenajean al Expreso de Oriente, el lujoso tren que unía París y Constantinopla. Antes de entrar al salón los clientes pasan por un “vagón” en el que se les cuenta la historia de J.W. Bradley, que en su taller de Westgate Road 186 creó la idea de este speakeasy.

 

Sus dueños son admiradores de propuestas como las de Nicky Harrison’s y Frank’s y sin duda han tomado mucho de ellas, pero la intención es abrir ese espíritu a un público más masivo: a pesar de jugar con la estética del siglo XIX, la carta de Fede Sadovsky hace énfasis en sabores dulces, frescos y frutales. Un ejemplo es el Monsieur Poirot ($120), llamado así en homenaje al célebre detective de Agatha Christie que protagonizó Asesinato en el Expreso de Oriente. Lleva vodka, Cointreau, almíbar de piña, jengibre y miel, jugo de frutos rojos y de limón y clara de huevo.

También se puede comer algunas tapas (muy recomendables los langostinos y la degustación de miniburgers, bastante suculentos ambos) e incluso platos principales: la idea, según explican, es proveer opciones para distintos gustos y edades, y eso se ve también en el salón. Para quienes busquen privacidad hay boxes y algunos pequeños livings; para los que quieran interactuar y conocer gente, la barra y las mesas altas proveen un escenario más que propicio.
Godoy Cruz 1875 / T. 5737-1760



ANASAGASTI
La zona del Alto Palermo solía ser el triángulo de la muerte gastronómico. Ahora, muy lentamente, el asunto está cambiando. Anasagasti, ubicado en el pintoresco pasaje homónimo, es parte de esta movida. La propuesta recuerda a Milion, lugar clave en la movida de principios de los 2000, y también al más jovencito Shout: se trata, como en esos casos, de un edificio antiguo (de 1919), y se espera que los tres pisos estén funcionando para fin de año con propuestas diferentes. Por ahora está la planta baja, un espacio tipo bar cálido y acogedor, decorado con una araña preciosa (herencia familiar de uno de los dueños), materias nobles, sillas altas pero también cómodos sillones e incluso un hogar: la mezcla justa de eclecticismo y toques vintage para lograr un ambiente tan elegante como relajado.

La carta de Matías Granatta (a quien muchos conocen de Pony Line) cuenta con una amplísima selección de tragos clásicos incluyendo varias figuritas difíciles como el Aviation ($120), que lleva gin, marraschino, limón y licor Parfait Amour en lugar de Créme de Violette. Entre los interesantes pero frescos sabores de autor se destaca el Shangain Kid ($130) a base de Jim Beam, miel, limón, menta fresca, maíz inflado picante y lapsang souchong, un té negro chino.

 

Antes de que termine el año prevén inaugurar un restaurante en el primer piso y otra barra en la terraza; por ahora se puede comer tapas (muy ricos los bastones de mandioca para picar y las croquetas de langostinos para algo más sustancioso) y vale la pena aprovechar el happy hour, que permite elegir entre tomar dos tragos o un trago y una tapa por 160 pesos. Hay también opciones de ponches para compartir. Además de la cristalería vintage, cabe destacar la calidad de la atención en todo el salón.
Anasagasti 2067 / T. 4821-5391

SUSPIRIA RESPLENDORIS
Germán Lacanna y Federico Cuco
, el exitoso equipo detrás de Verne, lo hizo de nuevo, y esta vez en un lugar histórico de la noche porteña: el local que supo albergar a Nave Jungla, la mítica disco en la que rockeros, modelos y enanos se encontraron para aventuras incontables (por la cantidad y porque no se pueden contar) en los años 90. El local incorpora esta historia recreando (con la ayuda, otra vez, del arquitecto Franco Antolini) la atmósfera de una boîte de hace un par de décadas tanto en la arquitectura como en la elección de los materiales (sí a la pana, no al cuero).

 

El nombre hace referencia a dos cineastas: Darío Argento, autor de Suspiria, y Stanley Kubrick, por The Shining (que se traduce al latín como Resplendoris). Las referencias son más oblicuas que en el homenaje de Verne Club a Julio Verne pero igualmente interesantes: todos los nombres de los tragos, por ejemplo, están en latín. En cuanto a la carta, Cuco se propuso reversionar tragos sencillos. “La magia no está en la ejecución, está en la mise en place”, explica, y muestra las diversas variedades de hielo que usa  para cada trago (una barra casera para raspar, hielo verde de menta, de agua de pepino y más). El hielo de pepino lo usa para el delicioso Cucumis Glaciem ($135), una sencilla pero exquisita versión de gin tonic que sale con tónica casera de té verde y hielo de pepino. Para comer, no hay que perderse (antes de que termine el invierno) el goulash, que viene en un plato hecho de pan.
Nicaragua 4346 / T. 4832-2774 



BRUKBAR
BrukBar es probablemente el más ATP de esta nota: con precios especiales para beber en la semana que llegan a los $84 y un happy hour imbatible (los martes hay 2x1 la noche entera), más una carta de 60 cócteles hecha para conformar a paladares de todo tipo, es el lugar ideal para llevar a un grupo grande de amigos de preferencias diversas y bolsillos flacos.

Es nuevo en Buenos Aires pero no en el mundo: el BrukBar original se encuentra en Bergen, Noruega. No se trata de un bar temático ni mucho menos pero una pintura muy bonita en el patio y algunos platos como el puré de arvejas y salsa de frutos rojos que acompaña las “albóndigas noruegas” homenajean al local madre en el que trabajaron los bartenders y socios Juan Pablo Reales y Adriano Marcellino.

Lo más interesante de la propuesta es la variedad: no es común encontrar en la misma carta un trago untuoso y elegante como el Butter-Fly ($94 en la semana, $114 el finde) a base de Butter Bourbon (una mezcla casera de bourbon y manteca), bitters, azúcar y aceite de naranja y una receta bolichera (pero interesante, no obstante) como el Tiki Taka ($84 en la semana, $104 el finde) que trae ron especiado, licor de naranjas y jugos de ananá, naranja y limón, golpe de maracuyá y bitters. Para comer también hay de todo: hamburguesas, panchos, entraditas, principales y postres.

El dato de Marcellino: BrukBar cierra tarde y se pone tarde. Por eso, y por las expertas manos detrás de la barra, es uno de los favoritos de los bartenders que salen de trabajar por la zona. 
Oro 1801 / T. 5634-1981 

COCTELERÍA PARA LAS MASAS
Casi todos los dueños y bartenders consultados para esta nota coinciden en el deseo de salir del nicho y acercar la coctelería a nuevos públicos: sabores amigables y la búsqueda de un ambiente abierto, lejos del aura de exclusividad que caracterizó a tantos bares a principios de esta década. “Bradley tiene una onda a speakeasy, pero acá entra cualquiera, no hay contraseña ni incertidumbre, podés venir tranquilo: sabés que entrás”, dice Martín Brenna, uno de los dueños del bar de Palermo. Tomar tragos, por otro lado, no es precisamente una salida gasolera, pero casi todas las aperturas de 2016 apuestan por el extremo más bajo del espectro de precios: “La idea es que la gente se anime a pedir tragos”, dice Adriano Marcelino, bartender y socio de BrukBar. “Para eso tiene que hacer el cálculo y que no le salga tanto más caro que tomar cerveza o vino”, agrega. 

Por Tamara Tenenbaum

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