23.06.2009

El verso de las mermeladas y los licores artesanales

Hoy cualquier porquería preparada en casa puede ser etiquetada como artesanal y ser vendida en almacenes y sitios web. Así, lo berreta se disfraza de casero. En Planeta JOY, te alertamos sobre este flagelo

El verso de las mermeladas y los licores artesanales

Desde hace algunos años que nos invade una plaga de mermeladas y licores artesanal, que en vez de estar elaborados por monjes o abuelas con recetas milenarias, son producidos en masa por familias desempleadas que buscaron la receta en internet. ¿Es culpa de la globalización, o de un grupo de chantas con un árbol de limones en el fondo de su casa? ¿Desde cuándo vender quinotos en un frasco de mayonesa pasó a ser artesanal?

La industria de souvenirs, sales de baño y jabones manufacturados por admiradoras de Utilísima ahora golpea de cerca a la gastronomía. Apremiados por la crisis, luego de años haciendo muñecos de miga de pan, velas con caracoles y tarjetas españolas, los televidentes del morboso canal de artesanías tuvieron que salir a buscar un nicho más rentable para arruinar. En este caso, la cocina artesanal. Sin embargo, la culpa no la tienen las conductoras ni los ejecutivos del canal. La culpa la tienen dos hombres que, paradójicamente, no saben nada de cocina: Fernando de la Rúa y Adrián Suar.

Tras la recesión y el corralito del año 2001 la gente tuvo que encontrar nuevas formas de provisión y comercio. Entre ellas, el trueque. En los barrios, la gente se agrupaba en clubes, con la ilusión de mantener su rasa vida de clase media, y empezaba a ofrecer comida casera o clases de inglés a cambio de trabajos de plomería o arreglo de electrodomésticos. En la revista Viva del diario Clarín salía, al menos una vez por mes, una nota celebrando a estos aguerridos emprendedores que se fotografiaban, desdentados y deprimidos, con las manos llenas de pomelos en almíbar, mermeladas de naranjas amargas y encurtidos varios que hacían sus esposas para cambiar con otros miembros del club del trueque. Hasta había algunas organizaciones famosas por su cantidad de miembros y por la sofisticación en su cúpula organizativa. Sin embargo, este fenómeno que nació como un parche laboral, tuvo un efecto colateral inesperado. Cuando la recesión cedió y se abrieron nuevas fuentes de trabajo, muchos holgazanes no quisieron volver a trabajar en la remisería o el aserradero. Quisieron seguir vendiendo dulces caseros.

ADRIAN SUAR TIENE LA CULPA
Al mismo tiempo, en plena crisis, Adrián Suar ponía en el aire su fallida serie “Ilusiones”, una comedia en la que Patricia Palmer interpretaba a la dueña de un restaurante italiano que hacía deliciosa comida de cantina y elaboraba su propio lemoncello casero, que le servía, helado y cremoso, a su amigable cocinero cuando terminaban la jornada.
Así se comenzó esta conjunción impredecible de variables. La moda del lemoncello (un licor muy barato y fácil de hacer en casa) y la legitimación de los emprendedores gastronómicos artesanales de garage nos llevaron al infierno que vivimos hoy: una asoladora, injustificada y cochina plaga de mermelada y licor supuestamente artesanal.

No tengo números reales, pero basándome en mi aguda observación me animo a decir que hoy en día no existe un argentino que no tenga un amigo, una tía segunda o una cuñada que se haya subido al sueño del vago repostero. No hay rincón turístico del país que no tenga su destilería improvisada o su productor de confituras artesanales. Argentina está llena de familias laboriosas que venden Bailey´s casero, falso Tía María o lemoncello envasado, cual vino patero, en botellas de Terma lavaditas, con un corcho robado y un firulete de hilo sisal. Basta con irse un fin de semana al campo, a Mar del Plata, a Tandil, a Córdoba, a Mendoza para verlo de cerca. Son como un virus que se ha metido en todos los comercios.

En Buenos Aires tampoco estamos inmunes. Desde la feria de Mataderos, hasta el almacén orgánico de la esquina, la plaga se expande como una enfermedad fatal. Cada vez que entro a una fiambrería, a una dietética o a una casa de delicatessen, los estantes se bambolean, anémicos, por la cantidad de frascos que antes fueron de mayonesa, llenos de mermeladas, frutas en almíbar, escabeches, encurtidos y otros engendros que desfilan con ridículas cofias de telas cuadrillé y etiquetas de papel madera con la marca que esta manga de caraduras inventó para ponerle nombre a sus sueños.

FALTA DE SERIEDAD
Sin embargo, el problema no tiene que ver con los sueños, sino con la improvisación y la falta de seriedad. Hasta hace un par de años, las confituras y bebidas artesanales eran joyas. Uno se iba hasta Córdoba a comprarle a una abuela una jalea de cítricos especiados, o traía del sur las más deliciosas, húmedas y perfumadas tortas galesas. Recuerdo como magia cuando iba con mis abuelos a comprar frutillas a lo de una japonesa en Escobar que tenía piletas llenas de rosas, miel pura y otras pequeñas maravillas.

Pero desde la aparición del fatídico lemoncello, lo artesanal pasó a ser un nicho de chantas y vagos que con una cacerola de aluminio y dos kilos de batata de oferta pretende falsificar confituras de monasterio. Y ninguno de estos proyectos tiene una pizca de calidad, de originalidad, de novedoso. La palabra artesanal es una mera excusa para justificar la carencia de packaging, de distribución, de controles sanitarios y pago de impuestos. Son artesanales y caseros justamente porque no cuentan con tecnología, ni con infraestructura, ni con buena materia prima. Son artesanales porque vienen en frascos de aceitunas desinfectados con alcohol fino. Son artesanales porque los lleva la hija mayor en colectivo hasta la fiambrería de una prima lejana. Son artesanales porque tienen la tapa chueca, la marca pintada con esmalte de uñas y no pagan impuestos.  No son artesanales porque usen recetas milenarias o secretos que una abuela trajo desde Polonia a principios de siglo, ni porque tengan etiquetas pintadas a mano por un artista local, ni porque los hagan con frambuesas de campos vírgenes sin contaminación en el sur de Argentina. A ver si nos ponemos las cosas en claro: tampoco son naturales, ni orgánicos, ni caseros. Por el único motivo de que no tienen aditivos es porque sus dueños no saben lo que es un conservante, ni un saborizante, ni un colorante, y si lo supieran, tampoco podrían pagarlo.

MERCADO LIBERTINAJE
Pero eso no es todo. No hace falta vivir en el campo para ser parte del flagelo. Por su solidaridad con la evasión impositiva, los portales de venta online también son un hervidero de vagos y atrevidos que venden desde tortas hasta salame por metro. Muchos no se conforman con hacerse un par de pesos extras fraguando bebidas importadas. No contentos con vender sus deprimentes frascos llenos con líquidos turbios, los desgraciados se inventan una marca, un logotipo e incluso políticas de venta para comerciar sus pútridos brebajes por internet. ¡Se ponen una empresa gastronómica! Porque cualquier cosa está permitida en nombre de lo artesanal. Panes de membrillo en bolsas de residuos “como los hacía la abuela” (¿la abuela de quién? ¿de Nina Peloso?), licor secreto “La pócima del Druida” (¿lo hace el druida de Mataderos? ¿se habrá lavado las manos en su Stonehenge?), bombones hechos a mano (ni me imagino qué manos) e imitaciones de whiskies, jaleas y mieles que sus analfabetos dueños describen como “caceritos”, “avundantes”, y “para quedar muy bien con las vicitas”.

Y todo con el sello inequívoco de lo artesanal. O más barato. Pero artesanalmente más barato. Listo para que el piojoso que le ofrece café con Bailey`s a sus amistades no sienta culpa ni vergüenza cuando saque la botella que antes tuvo vinagre de alcohol llena del licor genérico y pueda decir con orgullo que prefiere comprarlo así porque es diez mil veces más rico, más casero y más auténtico que el que venden por el triple de dinero en el supermercado. Sí, más auténtico que el original. Más auténticamente barato. Más auténticamente berreta. Más auténticamente ilegal.

CONSULTE POR OTRAS MEDIDAS
Sin embargo, para sorpresa del consumidor alerta, el costado más insólito de estos emprendimientos no tiene que ver con las imitaciones de otros productos ni con que describan su producto como “fino”, porque no hay nada más vulgar que la palabra “fino”. Lo verdaderamente indignante es que esta gente, con actitud seria, con cara de poker, sin mover un sólo músculo de la cara, tiene el tupé de ofrecer tamañas porquerías como regalo empresarial. Lo avisan en serio, como si fuese posible tan extraordinaria inmundicia: “Consulte otras medidas y precios. Ideal regalo empresarial”. Sí, ideal. Como si una empresa que efectivamente existe afuera de Mercadolibre, una empresa con un departamento de recursos humanos, con secretarias de minifalda y clientes internacionales, de verdad pudiera considerar seriamente el envío una botellita de licor de café Tía Mariana a sus clientes.

No, si yo me lo puedo imaginar. Si hasta puedo ver al director de Google, a Donald Trump, al Sultán de Brunei, a la hija de Cristina Onassis preguntándole a un vendedor en Deremate.com cuánto le cobrarían la damajuana de Narancello si la compran en cantidad y si la porción de quinotos en almíbar es abundante, alcanza para compartir, o es una buena idea para regalar en Navidad.

Por Carolina Aguirre

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