09.08.2012

Food photo: cuáles son las nuevas tendencias en fotografía de platos y comida

Lo importante no es que la comida sea rica, sino que te den ganas de comerla. Hasta el plato más tentador se ve horrible si la foto está mal sacada. Por eso existe la fotografía gastronómica.


¿Quién no sintió, alguna vez, que era inmune a los artilugios de la publicidad? Son momentos de soberbia en los que, por alguna razón, uno cree que las imágenes que lo interpelan desde carteles en la vía pública, páginas de revistas y góndolas de supermercado, no pueden condicionar su comportamiento. Sin embargo, basta una buena foto de un marquise de chocolate con crema o de una parrilla repleta de achuras y carne jugosa para que empecemos a salivar como el perro de Pavlov.

Esas imágenes que nos cautivan son el resultado del trabajo de profesionales expertos en fotografía gastronómica, una disciplina que en los últimos años evolucionó junto a las costumbres culinarias.
“Hoy los fotógrafos especializados en gastronomía trabajamos tanto para la industria publicitaria como para el sector editorial”, explica Eduardo Torres, uno de los máximos referentes argentinos en la materia. “Mientras que al hacer un libro uno puede desarrollar un recorrido, la publicidad exige que uno se adecue a las necesidades del cliente. El producto debe mostrarse de una manera determinada: un bizcochuelo, por ejemplo, debe ser esponjoso y tener una altura específica. La persona responsable de lograr esos efectos es la estilista de alimentos o food stylist”, señala.

“Nuestro trabajo es, básicamente, resolver problemas”, dice Marcela Sorondo, una de las principales estilistas de alimentos de la Argentina: “Un food stylist no sólo tiene que saber cocinar, sino también encontrar soluciones adecuadas para cada producción. En el estudio, debemos lograr que un plato frío parezca caliente, que una imagen transmita el perfume de la comida. Nuestro objetivo es generar ganas de comer”.

LUZ NATURAL Y FUERA DE FOCO
En los ‘90, la fotografía gastronómica vivió una revolución. La impulsora del cambio fue Donna Hay, una food stylist australiana que desde hace más de diez años edita su propia revista de cocina. “Hasta ese momento, la fotografía gastronómica solía presentar imágenes tomadas desde un ángulo de 45 grados, realizadas con luz artificial y con todos los elementos de la composición en foco. Donna Hay cambió esa tendencia”, cuenta Sorondo.

El principal cambio que introdujo la australiana fue la manipulación de la profundidad de campo para dejar el fondo de la imagen fuera de foco. Así, el plato pasó a ocupar el centro de la escena. Al mismo tiempo, comenzó a usarse luz natural y un contexto límpido, de un blanco profundo, con pocos accesorios que distrajeran al espectador. “Con el paso del tiempo, el fuera de foco comenzó a aplicarse también en la comida, con el objetivo de reproducir la mirada de las personas”, continúa Sorondo.

Torres, que en los últimos años trabajó para marcas de primera línea y chefs reconocidos como Narda Lepes y Pablo Massey, concuerda: “De la mano de Donna Hay y su equipo de fotógrafos, Australia se convirtió en un lugar importante para la fotografía gastronómica. Su modo de privilegiar la naturalidad, la simpleza y el uso de la luz natural se impuso en el mundo. Para mí, los platos deben estar iluminados como por la luz que entra por la ventana de una casa”.

Por supuesto, la moda naturista también llegó al food styling y, hace ya algunos años, se dejaron de utilizar elementos ajenos a la cocina para reemplazar ingredientes difíciles de controlar bajo los flashes del estudio. “Antes, en lugar de helado, se usaba puré. La crema chantilly era en realidad crema para el pelo y, para que todos los vasos de cerveza de un comercial tuvieran el mismo aspecto, se llenaban los vasos con gelatina y espuma de afeitar”, cuenta Sorondo. “Hoy, esas soluciones plásticas han sido dejadas de lado y aplicamos, casi exclusivamente, técnicas de cocina. El resultado es una imagen más fresca, casual y moderna”.

Sin embargo, en paralelo a ese naturalismo, la fotografía gastronómica ha desarrollado también otras tendencias.

GASTRONOMIA TRIPLE X
Una de las tendencias más renombradas surgidas en los últimos años en la fotografía gastronómica es el “food porn”. ¿Una pareja de chicas untándose crema en el cuerpo? ¿Un tipo entrándole a una torta de manzana, como el protagonista de American Pie? Nada que ver. Food porn es un término acuñado hace algunos años para describir imágenes que muestran la comida sin censura. “Cuando uno acerca mucho la cámara al plato, empiezan a aparecer imágenes que remiten directamente al erotismo”, dice Eduardo Torres. “La comida tiene mucho que ver con la sensualidad. Entonces, está bueno buscar ese vínculo con la cámara”.

Los pornógrafos de la fotografía gastronómica son, entonces, quienes a través de las texturas, el movimiento y la cercanía con los ingredientes, apelan a los instintos más básicos del ser humano. Para lograrlo, ponen el foco en los aspectos más provocativos de la comida: un pedazo de vacío bien jugoso, unas gotas de chocolate derretido que resbalan sobre una fruta exótica, un primer plano de mozzarella pringosa desprendiéndose de una porción de pizza. En el food porn no hay lugar para platos delicados, fondos impolutos, ni iluminaciones diáfanas. Aquí, todo es lujuria, estímulos visuales que nos hacen agua la boca.

“Es una manera de retratar la comida con un lenguaje visual cercano al erotismo y la pornografía”, define el fotógrafo Santiago Ciuffo, que lleva más de una década fotografiando platos para revistas gastronómicas (Joy, entre otras). “Son imágenes que, de manera inconsciente, nos conectan con nuestros instintos más primarios y nos provocan deseo”.

ARTE, ARTE, ARTE

Nadie puede negar que el trabajo realizado por Ferran Adrià en elBulli acercó la cocina con el arte de manera inédita. En esa cruzada, Francesc Guillamet, fotógrafo oficial del restaurante catalán, fue un personaje clave. Sus imágenes ilustran a la perfección las indescriptibles creaciones de elBulli. A través de su lente, los platos se transforman en una obra de arte dentro de otra obra de arte. En general, las fotos de Guillamet (que buscan más la perfección compositiva que hacer salivar al espectador), muestran los ingredientes fuera de contexto, flotando en un espacio irreconocible.

Un camino similar parece seguir el brasileño Sergio Coimbra, que en marzo de este año recibió un Gourmand Cookbook Award por su libro Sabores do Brasil. “La fotografía gastronómica me permite trabajar con texturas estimulantes y composiciones de luz complejas”, dice. “Al fotografiar ingredientes, presento la belleza y el poder de la naturaleza desde mi perspectiva. Amo fotografiar alimentos. Son perfectos en su imperfección”. Así, inspirado por el trabajo del francés Jean-Louis Bloch-Lainé, Coimbra suele componer imágenes abstractas en las que no resulta sencillo identificar todos los ingredientes. “En mis fotografías intento capturar el alma de los platos y el carácter único de los ingredientes”, asegura.

FOODSCAPES
Otro verdadero artista de la fotografía gastronómica es Carl Warner, un inglés que varios años atrás instaló su estudio en Londres, cerca del conocido Borough Market. Después de trabajar durante 25 años en la industria publicitaria, Warner comenzó a crear paisajes a partir de diferentes alimentos. En sus fotos se pueden ver montañas de pan, bosques de brócoli, acantilados de parmesano y mares de salmón.
“Primero imagino una escena, hago un boceto y decido qué ingredientes voy a utilizar”, dice el inglés. “Luego, junto a un food stylist y un modelista construimos la escena sobre una mesa, en mi estudio. De acuerdo a la complejidad del paisaje, puede llevarnos varios días de trabajo. En general, fotografiamos cada escena en distintas capas para mantener la frescura de los productos”.  

La creatividad y la habilidad de Warner pronto llamaron la atención de diferentes marcas y, en los últimos años, el fotógrafo realizó trabajos para empresas como Nestlé o Unilever. Pronto, además, presentará su segundo libro, A World of Food.

DEL ANTIGUO EGIPTO AL PACKAGING ENGAÑOSO
Los primeros antecedentes de la fotografía gastronómica pueden rastrarse en el Antiguo Egipto, donde solían pintarse murales con alimentos en las tumbas de faraones, como ofrendas para su viaje hacia el más allá. En los días del Imperio Romano, esas imágenes comenzaron a ser utilizadas con una intención decorativa, para representar riqueza y hospitalidad en las paredes de templos y casas. A partir del Renacimiento, las pinturas de naturaleza muerta o bodegones (que incluían frutas, verduras, vajilla, etcétera) se hicieron populares entre los artistas que buscaban experimentar con diferentes formas, texturas e iluminaciones. Ya en el siglo XX, con el surgimiento de la fotografía publicitaria, la gastronomía ingresó en el mundo de las revistas, la publicidad, el packaging y los libros de cocina. En la década del ‘60, con el objetivo de generar imágenes atractivas, comenzaron a desarrollarse trucos de todo tipo: se usaba plasticola en lugar de leche, pintura en lugar de chocolate derretido, humo de cigarrillo para imitar el vapor de un plato recién salido del horno. Engañifas de dudosa moral que, al parecer, son parte del pasado.

Por Juan María Fernández

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