28.01.2013

Narda Lepes: recuerdos y proyectos de la cocinera más mediática

Su infancia en Venezuela, su adolescencia viendo a Los Redondos en Paladium, sus comienzos profesionales y su presente como cocinera multimediática y madre primeriza. Narda nos contó de todo.


Queda en Villa Crespo. En la esquina hay una casa de repuestos para autos. Más allá, un taller mecánico. Y ahí, a metros de la Avenida Warnes, en un PH con paredes violetas y prolijas pintadas que advierten: “No arroje su basura aquí”, funciona el espacio de trabajo de la cocinera argentina más famosa de la actualidad, con dos cocinas y un área de oficinas.

Narda Lepes llega 15 minutos tarde. No tuvo una buena noche: “Dormí sólo dos horas –dice–. Y no es que haya comido demasiado pesado, ni nada. Cené en El Pobre Luis, pero no tomé café, ni me comí un flan mixto”, aclara.

Estamos en la cocina estéticamente más cuidada del PH (hay otra más operativa), donde se filman sus programas de televisión y se producen fotos para sus libros. Hay un perchero con más de 30 delantales, estanterías con condimentos, una colección de vodkas Absolut. También muchos libros y un panel de corcho con una miscelánea de objetos: credenciales de ferias, diplomas, un planisferio, un póster con “el mapa de los alimentos”.

En un rincón, una mamadera de Leia, su única hija, que tuvo hace un año y medio con su pareja, el director de cine Alejo Rébora. “Igual no le doy mucha mamadera. Le sigo dando teta… no sé qué raye tienen las madres con la leche: algunas le dan hasta cuatro mamaderas por día. Y no hace mal, pero tampoco es que haga bien”.

En otra estantería se ven fotos más viejas. En una (blanco y  negro) se la ve a los 4 o 5 años, con su papá. En otra tiene puesto un uniforme de escuela primaria. “Con cara de orto, cuando recién había vuelto de Venezuela”, explicará Narda, que durante una hora no ahorrará en palabras (de las malas y de las otras). Narda pronuncia muchísimas palabras por minuto.

Hablemos sobre tus restaurantes: ¿La Corte, en Las Cañitas, fue el último?
La Corte, sí. En realidad fueron al mismo tiempo. La Corte, Ono y Club Zen.

¿Cómo explicás ahora qué era La Corte y por qué fue tan llamativo cuando abrió en 2001?
El lugar era muy lindo y muy grande. Y aparte estaba abierto todo el día; ahora hay un montón de restaurantes que te dan desayuno, almuerzo, merienda, cena y brunch. Además, lo diseñó Pablo Chiappori que hizo un lugar imponente. No parecía de acá. Pero fue muy complicado para trabajar. Empezó siendo un espacio para tomar algo y terminó en un restaurante con una cocina que era chiquita para tanto volumen. Iba a ser una casa de decoración donde podías comer algo y terminó siendo un restaurante donde se vendían objetos de decoración.

¿Cómo fue que armaste tu primer restaurante?
Club Zen estaba en una casa chorizo (también en Las Cañitas). Éramos tres amigos sin la más remota idea de lo que estábamos haciendo. Nos divertíamos hasta que no nos divertimos más porque era un quilombo. El restaurante funcionaba pero nadie ganaba plata. Tenía onda, se comía rico y venía mucha gente que se encontraban ahí dos o tres veces por semana. Era como un club.

¿Cómo te llevás con el Microcentro, donde estaba Ono?
Nunca me adapté al centro, la verdad. Nunca me enganché con el Bajo, por más de que crecí ahí. Ono estaba bueno, venía mucha gente, pero éramos muchos socios. Societariamente era un despelote atómico.

¿Te criaste en el Bajo?
Mis papás vivían ahí cuando nací. Yo vivía en Arroyo y Esmeralda, así que cruzaba plaza San Martín y estaba ahí, en territorio conocido.

¿Tu papá fue dueño de Paladium, que estaba en esa zona?
Mi papá tenía Paladium.

¿Vos ibas? Paladium fue una discoteca símbolo de los años 80
...
Iba a Paladium. Sábado y domingo.

¿Viste a Los Redondos ahí, por ejemplo?
Vi a Los Violadores, vi a Los Redondos. Antes de Paladium, la que era la mujer de mi papá (Isabel de Sebastián) le hacía los coros a Los Redondos. Entonces todo lo que era música nacional yo lo veía y no me emocionaba mucho. Una muy amiga de papá era la que le hacía todos los vestuarios a Soda cuando recién empezaban, mi papá les hacía las escenografías. Para mí el rock nacional era lo mismo de siempre, no me sorprendía, no me choluleaba. Mi mamá era muy amiga de Claudio Gabis y de Alejandro Medina. Cosas así. Mucho rock nacional metido desde chica. Me gustaban Los Twist, cuando tenía doce, para revelarme. El rock serio me parecía un embole. Después crecí.

¿Nunca se te dio por cantar?
Canto como un perro, pero sí tengo un don para saber lo que va a pegar y lo que no. Cuando escucho algo y te digo “esto”, la pego siempre.

¿Y cuáles son los hits que vienen, según Narda Lepes?
No, no sé. Ahora estoy escuchando María Elena Walsh, te digo la verdad. Groso. Es la única música que está en mi teléfono.

“Llegó la chica del premio”, interrumpe Tayana, su asistente. “¿Querés que le dé una vuelta por el lugar?”. La chica se llama Eliana. Ganó un set de especias y vinagres de Narda a través de un concurso en Facebook. “Sí, dale -responde Narda- y sacale una foto así tenemos para la web”. El perfil de Facebook de Narda Especias y Conservas tiene casi 16.000 fans. El de Narda cocinera acaricia los 69.000.

¿Te tomás muchas vacaciones o sos workaholic?
Las dos cosas. Trabajo un montón y por suerte logré una fórmula de trabajo en la que puedo arrancar cuando quiero, o cuando se puede, pero lo voy llevando con mi voluntad. Pero también de vez en cuando digo: “¿Sabés qué? El 15 de junio nos vamos a la mierda”. No atiendo el timbre, no me llevo la computadora, no te atiendo el teléfono. Antes estaba como más conectada. Capaz que cambié desde que se murió mi mamá.

¿Cuándo fue eso?
En 2008. De un día para el otro tuve que desaparecer. Como si mañana todo lo que estás haciendo no importara más. No importa el teléfono, no importa nada. Así estuve dos meses. Hacer ese hueco de golpe te hace dar cuenta de que mucho no pasa. (Suena el celular). Pará un segundo, que es Leo, de Paraguay, que está armando el menú. (Atiende). Hola. Menos relleno y enrollalo. O lo hacemos abierto…. bueh… va a ser muy difícil de cortar. Otra es no ponerle relleno y cortarlo en tiras. Hacelo así. Ponelos a marinar en la salmuera esa, pero el cuadrillé sobre la grasa y bien finito. ¿Sabés por qué te lo dieron sin cuero? Porque ahí hacen chicharrón. Le podés pedir que te manden el cuero aparte. Fijate. Sí, todo bien. Un besito. (Corta). Para variar: llegás y el corte de carne que mandaron es otro.

¿Vas a cocinar en Paraguay?
Sí, mañana. Es una noche en un restaurante. Leo es el cocinero que trabaja conmigo. Después está Silvina, que trabaja sólo en la cocina de acá.

Volviendo a Buenos Aires… hacés muchas cosas: libros, cenas, televisión. ¿Qué es lo que más disfrutás?
La variedad. Porque también son cosas que capaz son muy disímiles pero a la vez tienen una cosa en común: la cocina, la comida en general y en lo posible la promoción de cierto… no estilo de vida, pero cierta cosa de “dale, cociná, fijate lo que comés, prestá atención”. También me gusta promover cosas que están buenas con las que yo no tengo nada que ver.

¿Qué está bueno, por ejemplo?
A veces me copo con un cocinero nuevo y mando a todo el mundo ahí, o lo menciono en una entrevista. En su momento fue Lele (Leandro Cristóbal), de Café San Juan. Cuando lo encontré  dije “Esto lo tiene que conocer más gente”. O Hong Kong Style, que está ahí hace mil años en el Barrio Chino y que posta hay una diferencia: posta que si vas ahí a comer vas a aprender algo. No es que tenés que ser un conocedor.

¿Y de los restaurantes nuevos?
Unik. Lo conocí a Fernando (Hara, su chef ejecutivo) antes que al restaurante y me pareció súper apasionado por lo que hace y muy tranquilo, muy centrado, investigador, serio. Después fui a probar su comida y me gustó mucho.  

¿Cuándo te agarra el raye de “largo todo y me abro un bar en la playa”?
Abrir un bar en la playa ni muerta. Esa figura es peligrosa, porque la gente tiene fantasía con eso y no da. ¡Matate! Abrir un bar en la playa…

¿Tuviste un bar en la playa alguna vez?
No, pero la gente en la temporada saca lo peor de todos. Es asquerosa la temporada. Están las excepciones. Existe un lugar como La Huella (en José Ignacio, Punta del Este) que funciona todo el año y se come espectacular. Pero no es lo normal.

¿Ahora qué estás haciendo?
Sigo en Utilísima, voy a hacer más programas. Voy a hacer uno de cocina power, del estilo Petrona, con volumen y generoso. Cocciones largas. No de restaurante. También retomo los viajes, estamos viendo cómo y cuándo, capaz lo hago el año que viene, pero sale en 2014.

¿También vas a grabar con Mariano Peluffo?
El año que viene. Es una especie de magazine que se va a llamar “Tu vida más simple”. Es raro porque no lo hice nunca. Y no conocía a Peluffo, pero como estuve en reposo todo el embarazo, vi Gran Hermano. Lo único que quería era ver algo que no me dijera nada feo del mundo, que no me hiciera pensar. Me tenía que quedar quieta sobre el lado derecho y darme inyecciones todos los días. Así estuve cinco meses. Tenía inhibidor lúpico, que hace que la sangre coagule mucho. Entonces veía Gran Hermano y no me importaba lo que pasaba en la casa, pero me divertía cuando se cagaban de risa en el piso. Así que cuando me dijeron con Peluffo, dije: “bueno, por lo menos este pibe me cae bien”.

¿Vas a sacar más libros?
Un libro de niños. Comida para bebé. Y es muy divertido hacerlo porque estamos trabajando con chicas que hacen arte y compré muchas boludeces, muñequitos, cositas, armado, escenografía hecha con cartones, mucho juego. La parte de las recetas es medio “herví zanahoria, a la mitad de cocción agregale una pera, hacelo puré, se acabó”. La idea es que te entre visualmente y que te entre el mensaje de qué es lo que sería bueno que pase en la cocina con los chicos chiquitos, hasta los cuatro años.


INFANCIA VENEZOLANA
Narda Lepes nació en 1972 en Buenos Aires, pero vivió en Venezuela entre los dos y los siete años.

¿Qué te quedó de esos años?
El calor y que me guste el mar con agua caliente. No aguanto el mar con agua fría. Y después, los gustos: el mango, la papaya, lo picante.

¿Volviste a Venezuela?
Últimamente fui más a Colombia. No volví al interior de Venezuela que es lo lindo. Caracas es un bardo. Está jodido porque está encerrado entre montañas, entonces estás saturado de gente, de tránsito, las construcciones quedaron como del año 70 pero mal, emparchadas. Me pasa lo mismo con Río de Janeiro. Encerrado ahí, entre montaña y mar. Me da esa cosa de presión. No puedo ir más de dos o tres días a Río.

¿En qué ciudad te gustaría vivir?

Me gusta donde vivo, acá. Pero si tuviese que elegir un lugar de Latinoamérica: San Pablo o Bogotá. Ahí estoy cómoda, la paso bien. En San Pablo tengo un montón de amigos con los que hacemos siempre un viaje de fin de año, todos juntos. Somos como doce.


Por Claudio Weissfeld 

 

comentarios

Los comentarios y opiniones enviadas a este espacio de expresión, son de exclusiva responsabilidad de sus autores. Groserías, acusaciones sin fundamento e insultos serán eliminados por el moderador. Al dejar su comentario el usuario acepta recibir nuestro newsletter y autoriza a Planeta JOY a incorporar su mail a su base de datos.

Dejá tus comentarios