26.08.2009

Pancho 46, el poder de la salchicha

El mítico puesto Pancho 46, en el partido de San Martín, existe de 1969 y no cierra nunca. Esta es la historia de la panchería más famosa del país, con una tribu de seguidores que incluye famosos, pisteros y cumbieros.

Pancho 46
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Quizá no todos sepan que la panchería más famosa de la Argentina se llama Pancho 46 y está ubicada en la esquina de Avenida Constituyentes y Arturo Illia, en el partido bonaerense de San Martín. Es probable que tampoco estén al tanto del fenómeno que se genera allí cada fin de semana: cientos de autos desfilan en procesión frente al puesto para comprar el anhelado panchito, que en este caso se ha vuelto más un alimento de culto que otra cosa. En Planeta JOY nos propusimos descubrir el secreto de Pancho 46 y para eso buscamos por cielo y tierra a su dueño, un cincuentón recio llamado Pablo Pacheco, que nos terminó confesando todo lo que queríamos saber.

No puede ser tan complicado, dirán los escépticos de siempre: es nada más que una salchicha, un poco de pan y una línea de mostaza o mayonesa para engalanar el bocadillo. Ni siquiera es un tema de tamaño, porque la salchicha en cuestión no es lo suficientemente larga como para adquirir el mote de “superpancho”.

En Pancho 46 hay algo que nadie logra explicar, porque lo que allí se vende tiene un sabor que no se encuentra en ninguno de los miles de puestitos que hay en el Microcentro porteño. Y mucho menos en la competencia más acérrima, Peter´s, aunque ese es otro tema de debate que no puede tomarse a la ligera.

Pancho 46 es uno de los boliches más concurridos de San Martín. El padre de la criatura es Pablo Pacheco, que lo fundó en 1969, y que vendría a ser una especie de Don King en el mundo salchichero. El lugar, que está abierto las 24 horas, es refugio de pisteros, cumbieros, minones, motoqueros, famosos y una fauna enorme de solitarios que caen ahí cuando pinta el bajón. Si uno entra en Youtube, verá que hay decenas de videos de gente que se reúne en esa esquina, al lado de la estación de servicio. Se los ve felices en sus autos, con motores rugientes y parlantes tuneados, juntándose con otros amigos y tragando panchos como si fueran cerezas.

La metodología es simple: hay que sacar el ticket en un quiosco que da a la calle y luego ir a la barra para retirar el tesoro chacinado, a un precio de 3,25 pesos. La mostaza, la mayonesa y la salsa golf están allí para servirse. Nada de cosas raras: ni papas pai, ni aceitunas, ni cebollitas, ni pepinitos, ni ningún otro condimento que distraiga al paladar de la maravilla que es ese pedazo de cerdo hervido (vaya a saber uno qué parte del puerco nos ha tocado) con pan.

Es casi una defensa del pancho en su individualidad, sin falsas luminarias que distraigan la atención. Ni siquiera la salchicha es gigante -esa supuesta virilidad es un argumento de venta muy usado en la mayoría de los quioscos y carritos del Centro-; de hecho, muchos dicen que hay que comerse por lo menos tres o cuatro panchitos en el Pancho 46 para quedar saciado del todo.

TINELLI SIEMPRE ESTA
Lo cierto es que Pancho 46 se hizo famoso en la misma época en que Marcelo Tinelli empezó a pegarla. Con su programa Videomatch, el ‘cabezón’ filmaba en esa esquina un sketch llamado “Diego el panchero”, en el que un empleado se equivocaba cuando los clientes le pedían que le pusiera mostaza o mayonesa al pancho. “Ahí empezaron a venir los famosos”, cuenta Pacheco.

Así, el cruce de Constituyentes y Arturo Illia se transformó en un hall de la fama de nuestro subdesarrollo: desde el propio Tinelli y su troupe de juglares, hasta vedettes, deportistas y varios futbolistas. “Una vez vino el plantel de primera división de River Plate, en la época de Ramón Díaz y Enzo Francescoli. Se armó tal lío de gente que tuvimos que meter a todos los jugadores en el depósito y llevarles los panchos ahí”, recuerda Pacheco, quien dice tener una muy buena relación con Diego Gambetita Latorre, Román Riquelme y el Chelo Marcelo Delgado. “También venía muy seguido Carlitos Menem Junior, con toda su comitiva de seguridad, y se quedaban todos comiendo panchos hasta cualquier hora”, agrega. “Los futbolistas y los fierreros son nuestro público más fiel”, se enorgullece.

Cuentan que hasta el mismísimo Sandro hacía el largo trayecto desde su casona de Banfield para comer un panchito. Se quedaba en bata en el auto, con la ventanilla apenas abierta, esperando que su acompañante buscara la comida. Hoy día, las paredes del puesto están adornadas con las fotos de todos estos famosos posando junto al dueño.

La historia cuenta que, en los primeros años, los vecinos se quejaban por el barullo que hacían los autos al parar en doble fila para conseguir el preciado alimento. “Eran casi todos familiares así que lo que hicimos fue comprarles las propiedades y anexarlas al negocio”, explica Pacheco, quien asegura que ni se le ocurre franquiciar su negocio.

“Sabemos que hay gente que utiliza nuestro nombre en las afueras de San Martín y también en Villa Adelina, pero somos el único local de Pancho 46 en la Argentina”, ratifica, y afirma que vienen de ganar un largo juicio por plagio.
 
EL SECRETO
El mito sobre la elaboración del alimento de Pancho 46 fue creciendo de la misma forma en que se acumula la grasa en esos tachitos metálicos que sirven para calentar las salchichas. Aquí les develamos el misterio: “Nosotros trabajamos con una línea del frigorífico Quickfood que tiene un porcentaje mayor de cerdo, casi el 80% de la salchicha, y la fabrican especialmente para nosotros”, revela Pacheco. “No hay secretos en el agua, no le ponemos nada raro”, aclara.

En cuanto al pan, también lo mandan a hacer a una panadería ubicada en algún lugar de Villa Pueyrredón, pero el entrevistado pide no revelar más detalles sobre la ubicación específica de ese local. No sea cosa de avivar a otros pancheros.

El imaginario popular lo ha dicho todo sobre el misterioso sabor de Pancho 46. En Internet, los cuentos se multiplican en decenas de foros y debates virtuales, hasta el punto que, si uno tipea la expresión “Pancho 46” en Google, aparecen casi 5.000 resultados. También hay una página en Facebook, con fotos de los clientes posando junto a sus coches y sus mujeres.

En algunos de estos foros, encontramos los siguientes testimonios: “Che, hablando de los panchos, se dice que le ponen cosas en el agua, no sé, condimentos y demás cosas; lo que sí te puedo decir es que son los más ricos que hay, siempre está lleno hasta las bolas. A mí siempre me pinta ir después de encamarme con una mina. ¡Una vez me clavé diez!”.

Un forista pareció avalar la teoría del pan: “Sí, ojo que el pan juega un papel fundamental ahí también; es medio dulce, mas parecido al pebete, y es bastante esponjoso, no como el de Peter’s que parece una empanada vieja”. Otro posteador anónimo investigó y juró haberse acercado a la verdad: “Una vez fui muy caliente al puesto y le pregunté al encargado qué le ponían al pancho. Primero me miró mal pero después me tiró la posta: el agua tenés que hervirla y le pones kéchu (sic) y una hoja de laurel. Cuando se forme mucha grasa, la tenés que colar, pero el agua no la tirás. Probé en casa pero mi mujer me vació la olla al segundo día porque decía que el agua ya estaba medio podrida y atraía a los mosquitos del dengue”.

Finalmente, otro posteador se cansó de tanto debate y buscó una explicación menos enredada: “Lo que pensé es que cuando como en la calle estoy realmente cagado de hambre y me envolvés un pie en pan y lo morfo como si fuera lo más rico del mundo”.

Por José Totah / Fotos: Pablo Mehanna

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