05.08.2011

Parrilla El Tano: crónica de la desmesura

Hacía tiempo que nos hablaban de El Tano, una parrilla libre de Avellaneda donde se sirve carne hasta que la gente pide piedad. Fuimos, comimos, nos empachamos y esta es la crónica.


El paisaje es bucólico. Una estación de servicio enorme, un restaurante chato sobre una calle cualquiera, con semáforos que nadie respeta cuando cae la noche. Todo hundido en una neblina olorosa que se pega al cuerpo. Estamos en Avellaneda y llegamos a la parrilla El Tano, un santuario al que asisten diariamente cientos de familias y grupos de amigos para comer como caballos.

Lo que sabemos es que mientras el mundo intenta combatir el colesterol y la obesidad a base de ensaladas, semillas y productos light, este reducto sureño le dice “tomá de acá” a las dietas, y reúne cada noche (y los fines de semana, también al mediodía) a una cofradía de glotones que llegan desde todas partes para masticar carne hasta quedar al borde del infarto. Como dato ilustrativo, el plato emblemático de la casa es el matambrito tiernizado, a la pizza y a caballo… con ¡cuatro huevos fritos!

LOCOS POR LA NERCA
El Tano queda a 15 minutos del centro de Buenos Aires, en la calle Güemes 567 (desde Capital, hay que ir por la Avenida Belgrano y doblar a la derecha en Güemes). Funciona desde 2001 y, a puro boca a boca, se ha convertido en un asador de culto. Tanto es así que en Facebook ya suma más de 10.000 fanáticos.

Antes de ir a conocerlo, investigando en Internet, encontramos testimonios e imágenes que describen el fenómeno a la perfección. En las fotos -son espeluznantes en serio- se ve a gente posando con el famoso matambrito tiernizado a la pizza a caballo; un grupo de amigas sacando la lengua al lado de un costillar del tamaño de un mamut; un pelotón de muchachos que viene de jugar un partido de fútbol cinco y se muestra junto a un sándwich de vacío más grande que un caniche; un adolescente que se fotografía con la cara hundida en un megaflan con crema. Y así…

Este cronista (acompañado por un gentil y hambriento fotógrafo) quiso probar en persona cuán ciertos eran los testimonios. ¿Es verdad que traen comida hasta que uno no da más? La respuesta no sólo es afirmativa sino que, mientras usted lee estas líneas, hay un redactor al que todavía están tirando el cuerito para sacarle el empacho.

¿QUE DIRIA BOCUSE?
“Nada en el plato; todo en la cuenta”, dijo alguna vez el chef Paul Bocuse, creador de la nouvelle cuisine francesa, célebre por sus porciones pequeñas servidas en platos grandes y a precios de oro. ¿Qué diría Bocuse si fuera a lo del Tano y viera las bandejas rebalsando de bifes y achuras? Acá la máxima está en las antípodas: “Muy poco en la cuenta; todo en el plato”.

Es que a diferencia de otras parrillas tipo spetto corrido donde escatiman carne para amortizar costos (quienes fueron a Rodizio saben de lo que hablamos), acá la generosidad abruma: todo, absolutamente todo lo puedas comer, cuesta 85 pesos de martes a viernes (por las noches), y $ 90 los sábados y domingos (mediodía y noche), incluyendo vino de la casa (Vasco Viejo), gaseosas (de litro) y soda (en sifón, por supuesto). El menú lo decide el propio Tano, que va trayendo achuras y carnes hasta el cansancio. Sólo se detiene cuando uno le dice -o le ruega- “basta”. Acompañan fritas, ensalada y postres varios, como el tremendo flan con crema y copa de helado.

Hay que ser muy claro en este punto: no se trata de una simple parrilla de barrio sino de un sitio que logró crear su propia congregación de fieles, ya sea una familia de Burzaco festejando el cumple del nono, una parejita de gordos de Avellaneda, los empleados de una casa de repuestos de Warnes o un puñado de rugbiers que arman allí su tercer tiempo. Todo aquel que disfrute comiendo como un dinosaurio encuentra, bajo este techo, su lugar en el mundo.

En el salón entran unas 200 personas, acomodadas en mesas largas que se separan apenas un poco para dividir los grupos, aunque pareciera que todos están hermanados por la misma pasión, como si se tratara de una kermesse, una tribuna en la cancha o una cena de fin de año en un club. Casi siempre, después de medianoche, ponen música y todos bailan con todos en este merengue social. Afuera esperan unas 50 o 60 personas más, en un tumulto que parece la entrada de un show del Indio Solari.  En horas pico la espera es de por lo menos una hora y media. Y nadie se queja.

CON USTEDES, EL TANO
Quien nos recibe ese jueves a la noche es, justamente, Fabio Caschetto, el Tano, dueño del lugar: pelo largo, gorrita visera, delantal blanco y siempre, pero siempre, bandeja en mano. Lo ayudan en su labor su mujer, con quien tiene tres hijos, y su padre, junto a una media docena de empleados que lo siguen desde hace años.

Hacerle una entrevista al Tano es como querer alcanzar un Fórmula Uno, porque el tipo no para un segundo y anda de acá para allá charlando con la gente de las mesas, haciendo cargadas y riéndose. “Mister President”, lo llaman algunos comensales.

Entre plato y plato, nos cuenta que logra mantener precios bajos (en relación a todo lo que se sirve y a la calidad del producto) porque trabaja hace once años con el mismo frigorífico y porque prefiere sacrificar ganancias con tal de no perder clientela: “Yo lo que no quiero es que la gente deje de venir”, justifica. Se nota que el Tano hace todo a pulmón: no sólo pasa las noches entre las mesas, sino que llega cada día bien temprano para atender a los proveedores. “Hago todo: compro, vendo, sirvo, canto, bailo”, declara con orgulloso.

EL INFIERNO ESTA ENCANTADOR
Lo que vemos desde nuestra mesa es un espectáculo fascinante, no apto para impresionables, vegetarianos y todos aquellos que piensen que la vaca es un animal buenito que merece tener una vida feliz. En este salón, cada mesa es un festín de carnívoros que devoran sin pausa, como si en eso les fuera la vida, rodeados por banderines, fotos del TC 2000 y remeras de equipos de fútbol, muchos de ellos ignotos (¿alguien conoce el Club Social y Deportivo Albion?).

Pasa una bandeja con dieciséis huevos fritos, otra con once copas gigantes de helado y varios costillares. Dos televisores muestran al moplo de Santo Biasatti dando las noticias, pero a nadie le importa. Podrían estar anunciando un terremoto de nueve grados en Avellaneda, con tsunami, ríos de lava y lluvia de meteoritos que nadie se levantaría de su silla. A lo sumo pedirían más chimichurri.

Llega la moza, Sandra, con fritas, ensalada, una botella de Vasco Viejo, soda y hielo. Sin que digamos nada, aterrizan sobre la meza berenjenas al escabeche, chorizos, morcillas y chinchulines. Luego otro camarero pasa y deja bifecitos a la mostaza. Todo es veloz e invita a tragar rápido. No hay tiempo.

“Anotate esto, periodista maraca”, se ríe el Tano, y nos enfrenta al famoso matambrito a la pizza, cuya fama lo precede. Mientras uno mastica, se acepta que el plato es una delicia pero, al mismo tiempo, se sabe íntimamente que la noche podrá complicarse a nivel estomacal. Ni siquiera terminamos lo que hay sobre la mesa que ya vienen: pechito de cerdo, costillar, vacío, asado… El colesterol se dispara y el corazón bombea a doble tracción para darle una mano a las arterias, que se empantanan.

Lo peor que se le puede decir a Fabio es: “Ché, Tano, falta carne”. Es lo que le gritan en una mesa y el parrillero contesta “Querés carne, ya vas a ver”. Una hora después, esos mismos muchachos cocoritos le imploran que no se le ocurra traer nada más.

Pasan las horas y el salón se va hundiendo en un vapor que impregna la ropa. Hasta el piso se vuelve resbaloso y uno se siente en “Patinando por un sueño”, aunque en este caso sería “Patinando por un matambre”.

Sólo quiebra el ritmo de las mandíbulas algún canto de feliz cumpleaños a viva voz. Cuando eso sucede, la moza trae una torta con velas estilo fueguito y suena el feliz cumple en los parlantes. Los más audaces se levantan y bailan, mirando la cabina del disc jockey (sí, hay una) para que ponga otro tema. Pero esta noche de jueves no hay DJ y una moza confirma que los verdaderos bailongos se arman los fines de semana, cuando la gente termina haciendo trencito entre las mesas y moviendo los pies al ritmo de ese piso seborreico.

La noche en la parrilla termina como toda ingesta fenomenal. Los clientes van abandonando el local semidormidos, embriagados por el humo y con un gesto que parece decir “creo que se me fue la mano”. El toque de gracia es, sin dudas, ese lemon champ, hecho con espumante Murville, con el que varios se sacan fotos, orgullosos, “empapados en glamour”, al final de la cena.

Afuera, nos reciben el aire frío y la neblina de Avellaneda. Respiramos hondo. Nada de salidas románticas, ni de veladas intimistas. Parrilla El Tano –sin sutilezas- es el lugar perfecto para los que aman comer hasta reventar. Nunca antes vimos nada igual.

Por José Totah

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