9 razones para aceptar siempre una copa de vino

Mucho más que una bebida, el vino es una maravilla que le pone sabor a la vida. Razones por las que nunca rechazar una copa de blanco o tinto.

Copas

Ablanda la conversación. Lo sabe cualquiera que necesitó bajar un nudo por la garganta a la hora de hablar. Pero a diferencia de muchas bebidas alcohólicas, que noquean rápido, el vino hace este trabajo de forma lenta y envolvente. Toda una ventaja que un buen tiempista sabrá apreciar: partiendo con una copa en la periferia del tema, se irá acercando sorbo a sorbo, hasta que la complicidad brille en el meollo en cuestión y la conversación fluya ya sin obstáculos sobre la segunda o tercera copa.


Mejora la digestión. Esto es algo que ya sabían los antiguos, cuando se mandaban esos banquetes que trascendieron en la historia. Es que el vino, por su capacidad de barrer con las grasas de la comida, hace que una paleta de cordero o un asado a la llama sean fácilmente digeridos por el estómago. Y eso, para no hablar de la enorme ventaja que presenta una copa a la hora de enjuagar el paladar y renovar los sabores de la comida trago a trago.


Disminuye el colesterol. Existe una relación largamente probada entre los antioxidantes presentes en una copa de vino tinto –el resveratrol aportado por al uva- y la capacidad del cuerpo para evitar la fijación de grasas en el sistema circulatorio. De modo que acompañar una picada de fiambres con una o dos copas es garantía de consumo doblemente responsable: por la moderación y por el cuidado. No en vano Favoloro lo recomendaba siempre.



Previene las caries. Es raro encontrar catadores con caries, aunque no está del todo claro por qué. Ya lo detectaron en la Karolinstat Institut, de Suecia, cuando en 1991 estudiaron las dentaduras de los catadores oficiales del monopolio estatal de alcoholes, dedicados a probar unos 130 vinos semanales. Mientras que en los catadores los dientes se presentaban gastados por el trabajo –y la vida- ninguno tenía caries. Beber para creer.


Mejora el sueño. En tiempos en que la industria farmacéutica desarrolla lenitivos para una población ansiosa e insomne, ahogada entre cuotas de plasmas, inflación y miedos sinceros, los bebedores de vino sabemos que no hay mejor pista de aterrizaje en la noche que las dos copitas con las que acompañamos la cena. Pocas cosas relajan más que acabar un rico plato, echar el cuerpo hacia atrás en la silla y arrobarse en el sabor final del buen vino.
 


Es un excusa de encuentro. El vino es el sustituto del mate a la hora de comer. Es que calza como un guante en esa afinidad argentina de reunirse para picar, para beber, para hacer un asado, para lo que sea. Y una buena botella de vino, de esas que se compran cada tanto, es la excusa perfecta para aunar voluntades en la cocina, el quincho o el living y juntar a los amigos a pasar un buen rato.

Porque sofistica. Es una realidad que no resiste mucho análisis. Mientras que el whisky enfriando las sienes es de telenovela sin mérito y el Martini pertenece a series top con escenarios de rascacielos, la copa de vino, con su figura frágil y a la vez atractiva, aporta sofisticación de vida real y a la medida de quien la lleve. Nada más hace falta llevarla con elegancia y saber usar un par de términos con corrección, como taninos, guarda o reserva.



Hace crecer. Es típico entre los jóvenes que rayan los 30, que la cerveza ya no los seduce como solía hacerlo a los veintipico. Y no solo por un tema de sabor, sino porque a sus ojos es la bebida de los que todavía tienen granos en la cara. Ahí el vino se anota un poroto sin esfuerzo: para parecer más grande, basta con beberlo pausada y airosamente junto a las comidas.



Rejuvenece. Esa es otra de las gracias del vino, ya que como son muchas las bodegas en el mercado, están las marcas de viejo y las marcas de jóvenes. Todo el mundo sabe que el tinto que toma el abuelo con sus amigos no es el mismo que comparte un muchacho con su novia. De ahí que hay que saber mirar: hay botellas péndex, con ilustraciones, tipografías nuevas y estilos frescos y frutados, y otras más gerontes, con etiquetas de castillos, tipografías del siglo XIX y vinos evolucionados. Usted sabrá qué botella tiene el elixir de la juventud.

Esta nota fue publicada por La Mañana de Neuquén el día 21/5/2012

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7 Comentarios

  1. Rosa dijo:

    hidalgo,

    me encantó cómo decís que una copita de vino te suelta la lengua… topísimo.

  2. fabian dijo:

    Provocador en el buen sentido de la palabra,donde por citar una tipica reunion de bar,donde se dice de todo y sin tapujos entre amigos,que es verdad a lo que apunta esta nota.Atrevido….por que no?Salud.

  3. Christian dijo:

    Algunos de tus comentarios son simpáticos y algo de razón tienen. En cuanto a comprar un vino por la tipografía de su etiqueta, te diré que no es de jóvenes, sino de ignorantes.

    • bienjugoso dijo:

      Christian,

      Gracias por el comentario. Igual, me permito aclarar que incluso un entendido también ponderar la etiqueta. Eso sí: si ese entendido quiere incluso aparentar menos años de los que tiene, es seguro que no va a elegir un vino con castillos. Conozco gente así.

      Salú!

  4. Max Gioffre dijo:

    Excelente nota

  5. ezequiel dijo:

    Excelente nota salvo por “Y no solo por un tema de sabor, sino porque a sus ojos es la bebida de los que todavía tienen granos en la cara.” Ahi no comparto, salvo que hablemos de las cervezas industriales, de esas a las que el sabor no le encuentro. En cambio, las cervezas fortachonas, licorosas, complejas, que se disfrutan trago a trago, sorbo a sorbo, son aptas post 30 y mas.

    saludos

  6. Hector Perez Ezpinoza dijo:

    MUY CIERTO