Casa Coupage: para darse un gusto con buenos vinos

Si nunca fuiste a comer a Casa Coupage y estás con ganas de darte un gusto, entrale con hambre a esta nota y ponele firme hasta los postres. Después hacé tu reserva y decime qué fue lo que más te sorprendió.

5

Hoy es fácil malgastar dinero saliendo a comer: por cualquier verdura no ponés menos de 100 pesos y si además le sumás un vino y conseguís una atención amable, ya tenés en tu cuenta por lo menos 250 mangos. De ahí, me parece, que con tanta propuesta cara sin mucho sentido conviene prestarle atención a algunos restaurantes que, sin proponerse baratos, ofrecen mucho más.

Ese es el caso de Casa Coupage. Lo conozco desde hace varias temporadas –ya van por su octavo año de vida- y cada vez que fui la pasé bien, independientemente del precio. Eso ya es un dato. Dato que se completa si además probaste un menú degustación de ocho platos bien curiosos y con sabores nuevos, tomaste seis vinos diferentes –algunas perlitas- y te zampaste unos quesos especiales al final, justo antes de unos postres que te gustaría tener en la repisa de tu casa como adornos. En ese plan, podés darte un gusto de pareja –aniversarios, celebraciones, caprichos- y hacer una parada en esta casona de Palermo, aislada del mundo como una isla en plena ciudad.

El sello de Casa Coupage está en su modalidad, ya que fue uno de los primeros restaurantes a puertas cerradas de Buenos Aires. Y con el tiempo pasó de ser un speak easy  a un dato a viva voz, sin cambiar la parsimonia, ni la privacidad que le dieron fama. Desde hace tres años ocupa una casa antigua sobre Soler, de techos altos y pisos de pinotea, que con un modesto mobiliario de época y mesas bien separadas, propone una suerte de experiencia vintage de alta cocina contemporánea y de autor.
Últimos días de frío
Probé la carta de invierno, que estará vigente aún hasta comienzos de la primavera. En mi caso, pedí el menú degustación, que es la forma más sencilla de conocer varios platos. Se trata de una interpretación de los sabores invernales de la mano del chef Pablo Bolzán, en la que pasás de la sorpresa al encanto y al final te rendís frente a lo más evidente: que comiste bien, con sabor y la pasaste bien.

Ni bien te sentás al a mesa llega el sommelier –puede ser Inés Mendieta o Santiago Mymicopulo, copropietarios- quien te da la bienvenida y te plantea una pregunta que no es del todo frecuente en nuestro ámbito: “¿algún estilo de vino que no te guste?”. Ninguno, dije, pero prefiero tintos sin mucha madera.  Y me entregué a la selección que hicieran.

Llegó una sopa de zanahoria con jengibre, cuya superficie está cubierta de unas pecas crocantes –un crumble de malta, dirán-, que como plato de recepción reconforta. Un poco por la textura cremosa y cálida, y otro poco porque es una sabor conocido y renovado. Para acompañarlo, sirvieron Domaine Bousquet Chardonnay 2011, un blanco aromático y de frescura vibrante, que le puso chispas a la sopa.

Luego trajeron una copa de Melipal  Rosado 2012, un excelente vino frutado, fresco y expresivo, junto con Taymente Chardonnay 2009, blanco viejo y maderoso. El plan era maridarlos con un plato que intentaré describir de la mejor manera que pueda. Se llama “Habemus papam”, un guiño en esta nueva república papista, donde en este caso papam alude al tubérculo y no al Santo Padre. Y en el plato hay una serie de bocaditos todos elaborados casi en exclusiva con papa blanca: un milhojas fundente, un chipá esponjoso, un chicle relleno de una crema de papas, fideos crudos con vinagre de manzana, una galleta crocante y deliciosa y el jugo de la papa con una gota de aceite de trufa. Contra todo lo pensable, el sabor no agota. Y lo mejor, es una propuesta muy lúdica que se lleva de maravilla con el rosado.

Para esta altura, con mi mujer ya estábamos con la guardia baja y entregados. Entonces llegó el salmón crudo marinado con salsa de soja, entre otras muchas cosas que no retuve, decorado con pinceladas de salsa de morrones asados y otra extrañísima que sabía en un punto medio entre coco y plátano, pero que no llevaba ni una cosa ni la otra. Lamento haber perdido el hilo de mi escritura y retener sólo la sorpresa.

Sirvieron Montecinco Malbec 2006. Y aquí me permito un paréntesis, porque este tinto está especialmente bien. Con una aromática floral y medio sucia –en el sentido de que no es frutal como estamos acostumbrados- es de una delicadeza notable. ¿Para acompañarlo? Un trío de chorizos bombón: langostinos, conejo y pato, hechos en casa. Me gustó especialmente el de langostinos, por raro y fundente; el de conejo, es rico pero algo seco para mi gusto; y el de pato está a la altura del primero.

Entonces llegó la Carrillera y puré de coliflor en reducción de vino. Aclaro, la carrillera se brasea largamente para que quede desmenuzable y luego la envuelven en esa masa hilada y árabe tipo cabellos de ángel. El efecto es curioso, porque mientras que el relleno es casi pastoso, la cobertura es crocante. Para acompañarlo, sirvieron Lagarde Guarda Cabernet Fran 2010, un tinto de sabor potente y cuerpo medio.

Faltaban unos pocos pasos más para terminar. Primero, los quesos, con una variedad notable entre las que destaco el azul de oveja y el brinz. Luego, un quinoto caramelizado con pimienta de Sichuan, cuyo combo el trampolín perfecto para los postres. Y los postre en sí, que merecen cierta atención.

Por un lado, un sambayón hecho en casa que a mi mujer, fana de este sabor, la dejó extasiada. Y además, una deconstrucción del clásico Ferrero Rocher donde el caramelo forma una suerte de aureola que levanta unos veinte centímetros sobre el plato, con un crocante de quínoa inflada y un chocolate cremoso y fundente en la base. El vino elegido, Las Perdices Viognier Tardío 2010. Café, Petit fours (qué delicia). Fin.

La cena duró cerca de dos horas. Dos horas en las que paseamos por diversos sabores y en las que, no es exagerado afirmarlo, no nos enteramos de nada más que hubiera en el restaurante, nuestro plato y nuestra conversación. Con una leve música sonando de fondo –all that jazz- nos entregamos a los platos y avanzamos paso a paso hacia un desenlace esperado: una sensación de satisfacción agradable y sabrosa.

Consejo, está bueno ir. Aún estás a tiempo de probar la carta de invierno. Y si por esas cosas no llegás, agendate la de primavera, que tampoco fallará. Pensá que comer el menú cuesta unos 370 pesos. Con todos los vinos, $220 más. Claro que cada peso invertido tendrá su contrapartida.

Abre de miércoles a sábado
Soler 5518, Palermo / 4777-9295

Dejá tu comentario:

Comentá usando tu usuario de Facebook:

O ingresando tus datos: