Insoportables del vino: “la fauna sanguchera”

El vino congrega a un grupo de advenedizos y mangueros que se apersonan en cuanta degustación haya. Blooperos de ley, estas son algunas de sus historias más divertidas, que trazan, de paso, cierto carácter típicamente argentino.

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A todos nos gusta beber un buen vino, lo que no significa que estemos dispuestos a asistir a cuanta reunión social exista en torno a una botella, ni mucho menos a mostrar la hilacha a la primera de cambio. Pero hay gente que sí. Que busca cuál es el evento del día, sabe dónde hay una degustación gratuita y conoce de primera mano cómo pertenecer al selecto grupo de los wine lovers. Forman una rara fauna “sanguchera” que se allegan a las cata con el sólo fin de beberse unas copitas y zamparse un par de saladitos antes de regresar a casa. Estas son algunas de las historias que hemos juntado sobre ellos a lo largo de los años.

Colados y chorizos: sucede a menudo que, cuando se presenta un vino en sociedad, se realiza una cata para que la prensa y los invitados puedan saber de qué va el nuevo producto. Una presentación así es el escenario ideal para el accionar de los sangucheros. Se los distingue ni bien cruzan la puerta, porque preguntan al primero que se encuentran si está el gerente fulano o el director mengano, como para marcar territorio, y luego se los ve siguiendo a los mozos o en la periferia de las mesas. Pintorescos para unos, insoportables para otros, cierto es que en una presentación reciente un sanguchero de doble apellido fue sorprendido a la salida con una botella calzada por el pico en el cinturón, formándole una curiosa joroba al pie de la espalda. Cuando le sugirieron que la dejara, se ofendió muchísimo y se fue sin decir palabra alguna.

Todo un caballero. Hará dos años, en una fiesta en que la bebida había sido cortesía de una marca de espumantes, tipo tres de la mañana los mozos se disponían a juntar el stock sobrante apilando unas cajas. El sanguchero de turno vio una oportunidad de oro para hacerse con unas botellas y, a un descuido de los hombres de moño, se zambulló tras de la barra con tanta mala suerte –o falta de equilibrio- que se llevó puesta la pila de cajas con el consiguiente desparramo de botellas rotas. Los mozos se le fueron al humo, pero el fulano ya corría entre los gazebos y el jardín, perdiéndose en la multitud. Recién lo encontraron a la hora, sentado junto a unas señoritas, con una botella remanente del botín en la mano. Una vez puesto en la calle, se volvió todo sonrisas y felicitó al mozo por haber conseguido atraparlo: “habla muy bien de vos”, dicen que le dijo.

Aserrín aserrán: es común en las ferias que los catadores prueben el vino y lo escupan en una espita con aserrín. También es común que existan galletas o trocitos de pan sobre las mesas para evitar que el alcohol entorpezca el raciocinio del público. Pero los que no son profesionales y están ahí para tomarse un par de copas, beben distendida y cordialmente hasta que llega un punto en el que se bifurcan los caminos: o se retiran decorosamente de la reunión o comen algo como para darle lastre a los pies y evitar la zozobra creciente. Tiempo atrás, sin embargo, un sanguchero escorado se acercó a un stand de cierta bodega y se acomodó con cara de querer oír lo que explicaban. Tomó de la mesa lo que creyó era la canasta de las galletas y le entró sin disimulo a la espita con aserrín escupido como quien come pochoclo en la fila del cine. Claro, el primer bocado fue de pura sorpresa. El segundo, un completo desagrado. Cuando con el tercero se avivó de lo que pasaba, para desconcierto de los que estaban viendo, el hombre depositó la espita respetuosamente en la mesa y se marchó como si ese lastimoso episodio solo hubiera ocurrido en la imaginación de los testigos.

La botella más pesada de la historia: otra genialidad de las ferias de vinos es que, hacia las 22 horas, se suceden los casos más flagrantes de miseria humana.  Siempre está el que manguea para llevarse botellas a su casa, o intenta robarse las copas en carteras y bolsillos, o cosas aún peores, como esta: sucedió hace tres años e involucra a una botella Mathusalem (6 litros) de espumante, elegantemente ubicada en un escaparte de madera, y a un sanguchero sinvergüenza. Mientras que los sommeliers guardaban las botellas que no se habían consumido, observaron que un hombre merodeaba la gran botella. Un segundo después, lo vieron halar de ella hacia arriba, como quien aúpa con todas sus fuerzas una roca empotrada al piso. Los sommeliers se partieron de risa: no sólo la botella era una muestra y estaba vacía, sino que además estaba atornillada a la madera del stand por su base. Al descubrirse descubierto, el sanguchero fingió haber tropezado con la botella y se mandó a mudar.

¿Tenés alguna historia sanguchera para sumar?

Esta nota se publicó en La Mañana de Neuquén, el domingo 5 de agsoto de 2012

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6 Comentarios

  1. San Giorgio dijo:

    Tenemos varias historias, aunque ninguna tan jugosa como las tuyas. Nuestros encargados de degustaciones (generalmente estudiantes de cocina) reciben la misma instrucción: no poner en evidencia a las personas que hacen la cola dos o tres veces. Es cierto que nunca falta el sanguchero sinvergüenza (o con poca vergüenza), pero tampoco es cuestión de mezquinarle el bocadillo, si tiene hambre. Cierta vez, en un balneario de la costa que no se caracteriza por recibir en sus playas veraneantes de escasos recursos, el joven degustador de San Giorgio entró en cólera cuando el mismo sujeto (un hombre más bien calvo, en short y muy parlanchín) pasó por cuarta e incluso quinta vez, en un lapso de 1 o 2 horas. Nuestro empleado le dijo, alzando levemente la voz, que por hoy estaba bien, que le dejara probar la rodaja de queso con aceite a la trufa a quienes aún no lo hicieron. Al día siguiente regresó, pero con un notable cambio de look: ahora su cabellera era abundante, hizo la cola silenciosamente y, como era de noche, llevaba una bufanda enroscada al cuello. Más llamativo, imposible.
    Y eso que no te contamos las anécdotas donde los sangucheros somos nosotros. Esas nos las guardamos.

    • bienjugoso dijo:

      Qué grande el pelado: se coló una peluca para probar el aceite a la trufa… En mi caso, creo que descaradamente hubiera hecho lo mismo.

      Salú!

  2. Alejandro Barrientos dijo:

    Muy bueno señor Hidalgo, como siempre!!! es verdad y doy credito de los ” sangucheros” de turno, lo bueno es que generalmente se queman solos y uno se da cuenta enseguida de que van en cuanto pronuncian la primera palabra.

  3. meri dijo:

    Morí de la risa, soy re sanguchera.

  4. fernando altimus dijo:

    soy sanguchero o llamale como quieras ,pero nunca me paso nada de lo que contas y me lleve ,botellas,copas,libros ,aceites ,es mas lo sigo haciendo ,pero tengo calidad ,y cultura ,lo que no tengo es plata para comprar los vinos y espumantes ,que tanto me gustan ,la comida es lo de menos,voy a beber y llevarte todos los souvenires que esten a mi alcance ,sin que te des cuanta ,consegui hasta un trabajo haciendo esto,chau bobo.

  5. fernando altimus dijo:

    y tambien estan los que son como vos que quieres pertenecer a ese mundo y se hacen los chetos hablando pelotudeces y despues se toman un bondi con su traajecito de mozo barato …jajaajajaja!!!por lo menos yo me llevo todo ,como bien y me llevo un botin ,y me voy en auto !