Toro777, nuevo restaurante a puerta cerradas con ricas propuestas al plato

Abrió hace poco más de cuatro meses y su buena cocina le valió crecer boca a boca. Si buscás un lugar para una salida romántica o de parejas, puede ser tu próxima opción. Agendalo.

Taco de salmón blanco en Toro777

Como pasa siempre con estos restaurantes, un conocido en común con el chef me llamó antes de Pascua para decirme que debía conocerlo. En ese momento recordé que en diciembre pasado, una amiga me había contado que había abierto un restaurante en un rincón de Villa Crespo. Con dos fuentes dando cuenta de la existencia de Toro777, no hubo más tiempo que perder y fui a conocerlo.

Para los no iniciados en este metié de salir a comer a un restaurante a puertas cerradas, del que sólo se conoce el nombre, baste decir que la dirección no se pasa sino hasta último momento. Siempre son mejor los indicios. Y acá, uno bueno es decir que está en las cerca del Teatro del Perro y que, como era de esperar, el 777 es un número clave además de cabalístico.

Llegamos 21:30 puntual como habíamos quedado y ni bien cruzamos la puerta se presentó el chef y propietario: Guillermo de Saavedra Coria, trotamundos, con una larga experiencia en cocinas madrileñas y del país vasco, especialmente en San Sebastián. El dato prometía.

El asunto es que los invitados están citados a la misma hora. Y ascendiendo por una escalera de un típico PH se llega a una habitación algo trash y luego a la terraza, donde te reciben con un aperitivo. El lugar es perfecto para una cálida noche de otoño como la que nos tocó, ya que un enorme fresno borra al vecindario de la vista, mientras que las terrazas contiguas te hacen sentir como gato en techo ajeno. Sentados en unos sillones desparejos o en unas reposeras de lona, con mi pareja compartimos la noche y un trago a base de Campari y pomelo junto a dos chicas desconocidas y cordiales.

La comida, cruce de regiones
Y ahí comenzó la cena. Esa noche servían una tapa de entrada. Era una suerte de pulpo a la gallega miniaturizado: tres láminas de jibia (en rigor) sobre una papa al dente y rociada de rico aceite de oliva y pimentón dulce. A quienes le tire la cocina española, esta tapa es como sentirse en casa con el primer bocado.

Minutos después descendimos las escaleras. En el trayecto cruzamos la cocina –en la que conviene observar la cantidad de detalles de decoración- y finalmente llegamos al living, donde están las mesas, con sus manteles a cuadritos azules y rojos. Son pocas, a lo sumo hay espacio para 14 personas. Esa noche seríamos cuatro, nada más.

El living convertido en salón puede resultar algo frío al princio. Pero si se repara en cada uno de los detalles, enseguida se vuelve familiar. Hay que observarlos. No están ahí porque sí.

Ni bien nos sentamos la moza trajo un dip de queso crema con tomates cherries confitados para llenar ese momento en que hay que elegir el vino. La carta era escueta, pero con etiquetas escogidas, entre RD y los menos frecuentes 25/5, pampeanos, del que elegimos el Chardonnay 2011 ($100). Lo recordaba de otros años como un blanco envolvente y de rica acidez. Este estaba un poco caído, pero como el chef es pampeano, entendimos la solidaridad por el origen y el por qué de su aparición en carta

Llegó el primer plato, unos pappardelles de harina de algarroba con una salsa china de hoisin, vegetales saltados y escamas grandes de queso tipo parmesano. El detalle estaba en las semillas de sésamo que decoraban y daban sabor. En conjunto funcionaban muy bien. Como si fuera un cruce entre continentes, había una pasta europea, un ingrediente americano en la algarroba y un touch asiático en la salsa. Rico.

Después vino una granita de melón y pepino sazonada con un combo de especias de la India. Picante y salobre, sería el paso perfecto para quien adore esta combinación. No es mi caso, pero no hay queja sobre este punto, ya que terminé el shot sin chistar.

Entonces llegó el momento del taco de salmón blanco con sal de olivas negras, langostino a la vainilla y arroz cremoso. Y aquí conviene hacer un parate. Quien ha cocinado en el país vasco domina el punto del pescado. Es la ley. Y eso fue precisamente lo que me atrapó del conjunto: cada pieza tenía un punto de cocción ideal. El salmón, un lomo de dos dedos de ancho, ofrecía la piel crocante y el corazón húmedo y caliente. El langostino, turgente y de un exótico sabor avainillado. Y en ambos casos el trazo salobre del mar inundaba el plato, en contraste con el arroz al dente. Muy bien logrado.

Para ese momento sabíamos que la moza se llamaba Gaby. Gaby iba y venía atenta con los platos y sirviéndonos el vino. Parecía que estuviera sólo para nosotros, pero no como esos mozos atildados que podrían ser maniquíes motorizados. Con calidez, comentando y preguntando sobre el curso de la noche. En una de esas idas y venidas de la cocina trajo el postre.

Quien no comió de chico torrijas se ha perdido una parte importante de la infancia. Aunque quizás exagere. En caso de habérselas perdido, pueden ir a probarlas a Toro777. Es un plato típicamente español, propio de la pascua, y se trata de una rodaja de pan embebida en leche, luego rebozada en huevo batido y salteada en aceite, por lo que resulta crocante por fuera y fundente, casi líquida, por dentro. En este plato, justo arriba de la torrija había una mouse de arroz con leche espolvoreado con canela. Todo montado sobre una mermelada con trozos de pomelo. Un postre de lo más original y rico, especialmente para los que nos vanagloriamos de no comer postre.

La retirada
Mientras terminábamos el vino, quedamos solos con mi mujer en el salón. Es pequeño y, evidentemente, cuando no es restaurante es living a secas. Pensábamos que es loca esta movida de armar un restó que implica desarmar una casa. Cualquiera sea el caso, al menos en esta casa-restaurante vale la pena sentarse a comer por los 180 pesos que cobran el menú fijo.

A esta altura de las cosas, hay que decir que la carta con los platos y los aperitivos ocupa una amplia superficie de una pared. Ahí hay una pizarra que anuncia de qué va la cosa cada vez, porque cambia todos los fines de semana. En la base de la pizarra, hay un toro copiado de los estudios de Picasso. ¿Por qué Toro? le pregunté antes de salir a Guillermo de Saavedra Coria. “Porque nací en una zona de ganadería y viví muchos años en un país que hace de los toros una mística –aunque no estoy a favor de las corridas- y me apreció que sintetizaba de alguna manera mis viajes”, dijo. Y prometió que pronto habría más decoración alusiva. Por ahora, sólo están el toro imitación Picasso, otro de cerámica rústica y uno más, de felpa negra, montado sobre una enorme “T” roja en un rincón de la sala. Para verlos, hay que ir. Y la buena comida es la mejor excusa.

Toro777, viernes y sábado, sólo con reservas
Hacé la tuya escribiendo a reservas@toro777.com o bien en el sitio web.
Por teléfono, al 011-153-884-2633

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