El domingo pasado fuimos con amigos a comer a Báraka (Gurruchaga  1450), una suerte de deli con comida casera al que fui hace un par de años y en donde recuerdo haber comido rico. Aunque no iba a hacer mucho, en mi memoria aún era ideal para un almuerzo tardío o un brunch informal con amigos. Hoy les confieso que escribo con un poco de pena, porque no tengo más remedio que ponerlo en esta sección. Fui el sábado y aunque la atención fue esmerada y el lugar es cómodo, la comida estaba toda por debajo de los cinco puntos.

Últimamente noto que cuando reseño mal un restaurante, siempre viene algún fan a quejarse y a pedirme explicaciones. Yo no las doy no por pedantería sino porque para explicaciones y justificativos están casi siempre las fotos. Me tomo el trabajo de ir a sacar fotos reales justamente para avalar lo que estoy diciendo con evidencia. Nosotros podemos discutir si es rica o no la manzana, pero si yo pongo una foto de una manzana golpeada o arenosa, no hay que debatir más nada. Es mala y punto.

Este sandwich de pastrón con papas, por ejemplo ¿A ustedes les parece apetecible? ¿El pastrón marrón y escaso, las papas quemadas y recalentadas, la cantidad desproporcionada de pan, no se ven en la foto?


¿Les parece que está a la altura de este sandwich de pastrón que ofrecen en La Crespo, a 30 cuadras y por el mismo precio? (La foto es de Pickupthefork)

El de salmón gravlax que comió mi marido estaba un poco mejor, tampoco nada del otro mundo. Lo pidio con una limonada de jengibre, rica pero a temperatura ambiente.


El pollo con azafrán tenía el arroz pasado. A mí la mezcla de aceitunas, arroz blanco y pasas de uva me parece que no funciona mucho, pero tampoco me voy a poner tan quisquillosa.


Los ravioles de alcaucil no los probé, parecían deliciosos.

Mi postre estaba en el menú como toffee + datiles + helado de mandarina. Me trajeron esta torre cubierta en chocolate que, si tengo que ser brutalmente sincera, era incomible. Es la primera vez que me pasa que un postre sea tan feo que no se pueda comer. Adentro había un helado naranja con nueces, de dátiles ni hablar y algo rojo que parecían unas frutas rojas. El toffee y los dátiles nunca los encontré. Después entendí que nos los habían dado cruzados sin avisar porque la moza no sabía los nombres de cada uno (ya le había costado cuando los pedimos). Dijo que este era el mío y el que sigue el de los otros y pensé que estaba mal la descripción. Igual era feo.


El supuesto “ensamble” era el anterior y este era el de toffee (ahí se ve la salsa) y el helado de mandarina.

El baklava estaba bien, el helado de queso era amarillo y flojo. No lo entendí.

Con gaseosas y limonada, gastamos $530. En promedio, la comida era cinco puntos. Mi sandwich era un desastre y el postre que me tocó era un horror, pero lo demás era aceptable. Sé que tengo que ponerlo acá, porque cuando me pregunto si volvería o no la respuesta es que no. Se come un sandwich mejor en miles de bares. Espero que sea sólo un mal día y vuelvan a ofrecer cosas ricas aunque yo ya no esté ahí para comprobarlo. Hay demasiados restaurantes en Argentina y mi presupuesto tiene límites, así que desgraciadamente, para mí, es un adiós.

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