Creo que la mitad de las experiencias negativas que tuve en restaurantes fueron cuando tuve que comer algo rápido antes de entrar al Cinemark Palermo. Primero en Brasaviva (que está siempre semi-vacío), luego en Sensu, y ahora en uno que no los va a sorprender, pues su fama de nefasto lo precede: Il gatto. Yo, desde ahora y hasta que no encuentre un lugar digno para comer, lo voy a llamar el triángulo de la muerte gastronómica.

Sí, ya sé. Me la estoy buscando. Un fast food disfrazado, menemista, franquiciado, noventoso y con mala fama. Pero les juro que entré sin ninguna pretensión. Sólo tenía cuarenta minutos y quería comer unas pastas comunes e irme corriendo. No pudo ser, obviamente.

Yo comí unos creppes light de espinaca y ricotta con salsa filetto que según Il Gatto debían lucir así, pero que a mí me llegaron como estos, además de tener un relleno seco, soso, viejo y duro, con gusto a freezer compartido con pescado, y una salsa más desabrida que una lata de pomarola Marolio.

Mi marido, “en cambio”, pidió unos ravioles caseros que según il Gatto eran así pero que en realidad vinieron como en la foto, además de ser durísimos, de masa gruesa, y de tener el mismo relleno, y una salsa muy parecida a la mía.

De hecho, si miran bien el menú se van a dar cuenta que usan el mismo relleno en todas las pastas, la misma salsa con algún agregado en la mitad de las preparaciones y que todo tiene el mismo gusto a freezer compartido. Como si fuera poco, nos costó cien pesos con un agua mineral, sin ni siquiera un café. De más está decir que jamás volveremos.