El sábado fui con mi amiga Eliana a desayunar a Muu Lechería, una suerte de diner americano con aires retro, que queda en Armenia 1810, Palermo. Enseguida nos impresionaron sus bizarros desayunos, que ofrecían combinaciones pantagruélicas de pancakes con cupcakes, medialunas con tostadas, y huevos revueltos con muffins y tostadas con queso y dulce de leche. Sonaba mal, ya sé. Pero parece que yo no aprendo, así que pedí uno de pancakes y ella uno de yogur con granola y carrot cake.


Nos trajeron el café y el jugo de naranja (de cartón, no exprimido) rapidísimo, pero cuarenta y cinco minutos después del desayuno ni noticias. Le preguntamos a la moza qué pasaba con la comida y nos explicó algo increíble: “ah, es que nos quedamos sin granola y una moza fue a comprar al chino”. Mi cara, les juro, era el horror hecho mueca. “¿Al chino? ¿Treinta pesos por granola del chino? pregunté. “Ay, al chino o a la feria, no sé”, respondió muerta de vergüenza.

Cinco minutos después vimos a la moza-cadeta llegar con una bolsita de residuos llena de granola suelta, que se adivinaba extraordinariamente berreta a través del nylon. Deberíamos habernos ido entonces (de hecho lo pensamos) pero nos quedamos por vagas y para que después no digan que juzgo la calidad de un lugar sólo por un solo productito rancio.

Grave error. Porque en vez de traerme unos pancakes tibios y esponjosos como estos:


Me trajeron estos dos discos de bizcochuelo grasiento.

Yo les juro que nunca, pero nunca, pero nunca, probé un desayuno más feo que en Muu Lechería. Creo que en la foto se nota que mis pancakes eran duros como discos de tejo, que el muffin (¡eso no es un cupcake, es un muffin!) era viejísimo y parecía de gomaespuma, que la vajilla estaba toda rotosa, que el yogur común tenía esa granola horrible de dietética berreta, y la carrot cake era una torta exquisita con zanahoria rallada adentro.  Pero igual tengo que decirlo: tiene que ser a propósito. Hasta un mono puede cocinar un par de pancakes mejor.

Cuando nos quejamos (agarramos los pancakes y se los golpeábamos contra el plato para que los viera duros, le tirábamos pedazos de muffin desde el aire para que fuera testigo de cómo caían como plomo) el mozo se puso colorado y nos dijo que iba a hablar con el encargado. Nos descontaron $12, aunque casi no habíamos tocado la comida. Y con ese descuento pagamos $51, aunque no habíamos comido nada.

Las demás mesas tampoco la habían pasado mejor. Tostadas viejas, huevos revueltos secos, muffins que nadie comía, dos discusiones con otros clientes al mismo tiempo. Incluso en twitter cuando lo conté, todos me dijeron lo mismo: todos ellos fueron y nunca van a volver tampoco.