Hace algunas semanas me tocó cenar  en uno de los tantos espacios que tiene el Park Hyatt, el restaurante y vinoteca del Palacio Duhau, un restaurante lindísimo, de alta gama, con una carta que si bien es muy sofisticada, tiene toques autóctonos, bien de campo. El ambiente es elegante y sobrio, como es de esperar, pero no hay nadie vestido de traje ni mucho menos. Es más relajado de lo que parece, aunque cueste creerlo. Incluso había extranjeros comiéndose una milanesa en jean y zapatillas en el salón.

La cocina es un poco más pesada a lo que pueden estar acostumbrados porque como todo restaurante de fine dining, aquí no se ahorra en manteca ni en crema, señores. No, no, no. En este restaurante es muy difícil cuidar la línea y el nivel de colesterol. Si están en ese tren, ni se molesten, porque no hay un solo plato light en toda la carta, salvo alguna ensalada que tampoco ahorra en ingredientes.


De entrada yo elegí una terrina de pato ahumado con escabeche casero de hongos, mermelada de higos y crema de cebollas al rescoldo. Un manjar pero super contundente. Acá yo debería haber terminado de comer, pero seguí sumándole centímetros a mis caderas obstinadamente. A ustedes les recomiendo que compartan una entrada entre dos.

Mi marido, en cambio, optó por algo más liviano y fue por unos langostinos con buñuelos de espinaca y quinoa salteados con cedrón, salsa de naranjas y tomates de quinta deliciosos. La naranja y los langostinos quedaban geniales y los buñuelos eran más parecidos a un gnocci soufflé, bien suavecito, que se derretían en el paladar. Una delicia.


Después pedimos dos principales para probar: una codorniz de campo rellena de hongos y piñones con un milhojas de papas, hierbas y panceta en salsa de rosa mosqueta y chutney de manzana. Fabulosa. Yo le sacaría la panceta porque el sabor es un poco violento y compite con la codorniz (tierna, de carne oscura, muy parecida a la carne oscura de pavo pero con un sabor más salvaje) pero así y todo era un manjar.


Y por último, mi preferido, una merluza negra con una ensalada de hinojos laminados bien bien finitos con eneldo y puré de coliflor ahumado con salsa de naranjas y cardamomo. Riquísimo, en especial la merluza de carne firme y blanca, que era un trozo de cielo.

No contentos con todo esto, sucumbimos a los postres, que están al mismo nivel que el resto de la cocina, y pedimos un sabayon con frutas y un helado casero de moras, mango y crema. Ambos espectaculares.

Ya sé, merecemos el infierno o hacer un terremoto en la balanza, pero cada tanto, un pecado no viene mal. ¿El precio? Unos $400 por persona aunque la verdad es que comimos de más. Como son platos de autor, suculentos, con ingredientes susanciosos, yo les recomiendo ser más medidos. Con la cantidad y por extensión, lo serán con el precio. Quizás una entrada entre dos, dos principales y un postre sería una buena medida. Como fuere, poco o mucho, muy pero muy recomendado para una ocasión especial o una cena de negocios.

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