El sábado pasado nos tocó ir al teatro a Timbre 4, un teatro que queda entre Boedo y Balvanera. Como esa zona no es precisamente un polo gastronómico, mientras corríamos para llegar a la función, fuimos mirando qué restaurantes había cerca. A pesar de que caminamos como diez cuadras no vimos nada decente salvo por este bodegón que tenía 20 parejas esperando en la puerta y nos llamó la atención.

Así que a la vuelta, alentados por tamaña concurrencia, con mi marido decidimos que, a pesar de la ambientación, los carteles de la vidriera y los jamones colgando del techo, Spiagge di Napoli (Independencia, Av. 3527) tenía que ser un buen lugar para comer. Ahora sé que fue un grave error. Spiagge di Nápoli no sólo no es bueno para comer, sino que tampoco es bueno para estar, beber, hacer pis o salir con la ropa limpia.
Quiero aclarar antes de contarles qué comimos,  que para mí lo bizarro del menú y la decoración suman puntos. Cuando entramos y vimos parejas comiendo pescados con cabeza, rabas y ravioles en la misma cena nos pusimos un poco contentos. Nos divertía pedir esas copas llenas de obleas o unos jamones decorados con flores de rabanito y zanahoria.


Ni hablar cuando empezamos a revisar el menú y vimos que las pastas se pedían por kilo o que había un cuadro de doble entrada con salsas y tipo de pastas para que pudieras calcular el precio. Llorabamos de risa con lágrimas de verdad, de esas que te mojan el cuello.


Hasta ese momento, estábamos convencidos de que era de esos bodegones que se quedaron en el tiempo y todavía siguen con un menú antiguo, larguísimo y ultracalórico lleno de crema y frituras,  pero que dentro de su estilo, hacen las cosas bien. Una suerte de Albamonte más feo, por ejemplo.


Justamente por eso dejamos pasar la picada de la casa (¡una bandeja de chapa enorme llena de ensalada rusa, croquetas, fiambres y albóndigas!), la extensa oferta de pescados con salsas pesadas y de frituras, y pedimos las dos especialidades de la casa. Simple y rapidito. Fusiles al fierrito con pesto y ravioles caseros de pavita con filetto.

Mis ravioles estaban buenos, pero vinieron con estofado en vez de filetto y estaban fríos. Los fusiles de Martín eran macizos, pesados, y el pesto parecía de perejil más que de albahaca. El queso rallado era de mala calidad (tenía gusto a cáscara, además) y el mozo atendió con cara de culo toda la noche. El olor a fritura es otro plus importante junto a los baños mugrientos y el mostrador lleno de comida tirada en el piso. Es decir, un desastre en todos los aspectos.

Ya sé, ya sé, ustedes me dirán como se me ocurre entrar a un lugar con esa pinta, pero veinte personas esperando afuera me convencieron. Piensen que a las doce de la noche todavía estaba lleno. ¿Por qué? Para mí es un misterio. La comida es imposible  el lugar es horrendo. Hay que decir que al menos es barato. Por $70 por persona se puede comer…ehm ¿bien?

 

 

Etiquetas