El viernes a la noche, fui con mi amiga Natalia a comer a The Food Factory (Nicaragua 6065, Palermo), uno de los restaurantes nuevos que más ruido está haciendo en Palermo. La propuesta es rara. Muy “Manhattan-Sex and the city´s fantasy”, con comida muy sencilla (mac and cheese premium, hamburguesas, ensaladas) pero en un ambiente muy top. Tan top, que tiene hasta seguridad en la puerta y toda la cocina hecha de vidrio para que veas como hacen tu comida.

Para empezar, nos trajeron un pan de nueces con manteca, sal y pimienta, con una copa de champagne. Ya nos extrañó la propuesta porque la verdad es que pan con manteca y champagne es un poco raro, pero bueno. Somos chicas flexibles.

Después vino un amuse-bouche de ensalada de cordero, que tampoco tenía nada que ver con la carta de diner americano top que teníamos en la mano, ni con el pan con manteca ni con nada. Pero de nuevo: les seguimos la corriente, mansas como ovejitas.


Para comer pedimos (ahora me entero que tiene dos cartas. Una de deli y otra de restaurante. Yo sólo vi o recibí, quién sabe, la de deli. Una pena), pedimos una hamburguesa con papas y un sandwich de salmón. La hamburguesa no era fea, pero era floja. Los pepinos eran de frasco (podría apostar que son los Mamminger de Jumbo), el queso cheddar parecía reconstituído (de ese que venden en fetas en el supermercado), el pan (que lo amasan ellos) tampoco era gran cosa. Las papas (hervidas y luego fritas) estaban bien, pero la salsa era mayonesa mezclada con mostaza y algo más. O sea, MOSTANEZA, chicos. La hamburguesa tenía textura “meatloafy”, de pan de carne, cosa que tampoco me cerró. Y para peor: salía $60 + 11 de cubierto. Es decir, SETENTA Y UN PESOS.


El sandwich de mi amiga era rico, muy parecido a los que venden en Natural Deli, Oui Oui y diez mil bolichitos más por la mitad: $28. Pan, queso philadelpia, salmón ahumado, un poco de verdes. Más común no podía ser. La cuenta de esos dos sandwiches más dos limonadas (bastante ácidas, nada recomendables) fue de más de $200.


Estuvimos una horita y nos fuimos, porque el dolor de cabeza era insoportable. Al ser todo vidriado como una pecera, el ambiente es ruidoso como un boliche, y no se puede hablar. La gente se ríe y retumba, y además esa noche empezaron a cantar bossa nova con una guitarrita justo al lado nuestro. (Vayan haciendo la cuenta: champagne + pan con manteca + cordero + sanguches + bossa nova + ambientación de deli newyorkino) Y la banda (pobre) lejos de amenizar, hacía que estar ahí fuese realmente feo. Me arrepiento de no haber filmado un poquito para que lo vieran, era como estar en la popular de Huracán.


La atención, que quería ser buena, también terminó siendo muy molesta. Vinieron SEIS veces a preguntar si estaba todo bien, interrumpiendo la charla sin parar. SSEEEEEEIIIIIIIS. La última vez, creo que ya respondimos mal, porque era muy pero muy denso.  ¿Un datito más de color? Si llevan su botellita de vino, se cobra $42 el descorche. Yo, al menos, no voy a volver jamás. Si alguien lo recomienda, es porque fue como crítico y probablemente lo hayan atendido como tal. Pero yo fui como comensal, pagué cada pesito, y créanme: no vale la pena.