24.06.2015

¿Qué pasó con las bodegas boutique?

Eran la promesa de renovación del vino argentino hace diez años. Con el tiempo algunas crecieron, pero otras siguen firmes en sus pequeñas convicciones. Un repaso por la actualidad de aquellos vinos de garaje recomendados.


El debate fue largo y relativamente estéril: ¿de qué hablábamos hace una década cuando hablábamos de bodegas boutique? Nunca quedó del todo claro. Estaban los que depositaban en ellas la esperanza de la renovación y los que observaban con sospecha una dinámica en la que los pequeños tenían la voz cantante. Como todo, con el diario del lunes, hoy es fácil saber qué pasó.

Transcurrido el furor de principios de la década pasada, la mayoría de las bodegas boutique se dio cuenta de que el negocio del vino, para ser sustentable, debía crecer en escala y se fugaron hacia otras categorías sin levantar la perdiz. Otras, unas pocas, permanecieron en el espacio boutique. Lo curioso, sin embargo, es que nacieron también nuevos proyectos chicos, aunque con un perfil diferente. Es que el negocio del vino permite arrancar con escalas acotadas pero solo funciona bien cuando llega a nivel de empresa.

Una cosa quedó clara en este tiempo: a mayor cantidad de novedades, el consumidor gana oportunidades de conocer y siempre aparecerá uno con ansias de algo diferente. A ellos se dirigen actualmente muchos de los vinos de pequeña escala, como Mundo Revés, Equilibrista, Finca Blousson y Polos Opuestos. Productores de uno o dos tanques al año que, desde ya lo saben, tienen diez años por delante antes de llegar a ocupar algún lugar en la góndola fuera de ese nicho.

Y al escribir nicho, volvemos a la pregunta inicial: ¿qué significa ser boutique? En la Argentina, una bodega mediana elabora entre 200.000 y 500.000 botellas, mientras que una bodega chica debería estar entre las 5000 y 150.000 botellas. Un ejemplo: Pulenta Estate –que nació con un plan original de 5000 cajas de vino en 2003– era una bodega pequeña que, diez años después, ronda el medio millón de botellas y ya es una de mediana escala.

¿Y las boutique? Nuestro medio tiene lugar para las bodegas chicas. En especial para aquellas que tienen un concepto del vino elaborado con detalle. No necesariamente tienen la mejor relación calidad precio –como se argumentaba hace una década, apuntando más que nada a un tema de distribución–, sino que pueden ofrecer diversidad e identidad. Y esos dos valores, hoy muy ponderables y difíciles de obtener, son los que las mantienen con vida. A ellas nos referiremos a continuación.

Domaine Saint Diego. El enólogo Ángel Mendoza tiene una larga carrera. A fines de los años ochenta estaba en Trapiche y venía de crear su línea Medalla. Sin embargo, tenía un plan en mente. Por aquellos años compró un viñedo de tres hectáreas en Lunlunta, al que acondicionó con primor y donde construyó, con los años, una bodega pequeña. Allí dio vida a un vino que sigue siendo icónico de la movida boutique o “garajista”, como prefiere llamarla Mendoza: Pura Sangre (2010, $110 en bodega). Corte de Cabernet y Malbec, este tinto ofrece un estilo elegante y frutado, con paso envolvente, que muchos quisieron copiar. En 1998, cuando dejó el trabajo en Peñaflor, se dedicó con sus hijos a la elaboración de unas 30.000 botellas por año, completando su oferta con Paradigma y Nueve Lunas, además de un espumante natural Cuvée Dogma. Podés comprar sus vinos en forma directa llamando al (0261) 524-3762.

Antucura. Establecida en la vendimia 2003, en Vista Flores, la bodega de la editora Anne-Caroline Biancheri lleva una docena de cosechas bajo el sol. Arrancó con una dupla de vinos top, que con el tiempo convirtió en un solo vino Antucura Gran Vin y al que sumó la línea Barrandica, con una estética bien atractiva. Emblema de su reinvención, esta pequeña bodega se enfocó en la producción de vinos de mediana gama y estilo destacable, a fin de poder sostenerse en el tiempo. Sobresale Barrandica Pinot Noir (2012, $98), elaborado por el enólogo Hervé Chagneau, un tinto frutado y terroso, de paladar amable y andar ligero. 

Mendel. Creada por Annabelle Sielecki y el enólogo Roberto de la Mota, esta bodega realizó su décima vendimia en 2015. Ubicada en Mayor Drumond, Mendoza, es una pequeña casa destinada a grandes vinos, de los que la línea Mendel está entre las más reconocidas. Abrieron el juego, sin embargo, con otras marcas, como Lunta, Unus y Finca Remota. Lunta Malbec, de taninos finos; Unus, un blend aromático de buena estructura y profundidad; y Finca Remota Malbec, con base en viñedos de Uco. Entre sus vinos, Mendel Semillón (2013, $190) es el más sorprendente. Un blanco elegante y delicado, con crianza en roble, emblema de la casa.

CarinaE. Brigitte y Philippe Subra, una pareja de franceses, establecieron en 2003 esta bodega que era el sueño de sus vidas. Entonces adquirieron una vieja casa en Cruz de Piedra, Maipú, rodeada de Malbec antiguo. Con buena atención personalizada en materia de turismo –ellos mismos son la cara visible del proyecto– y vinos honestos y potentes, se abrieron paso en el mercado. Al cabo de doce años de estar en el ruedo, algunos de sus vinos ganaron fama, como CarinaE Hommage Syrah (2009, $301): un tinto fragante y con estructura, perfecto para paladares curiosos. 

Finca las Nubes. Ubicada en las afueras de Cafayate, al pie del cerro Colorado, esta es la bodega de uno de los enólogos más reputados del terruño Calchaquí: José Luis Mounier. El plan arrancó en 1995, cuando adquirieron las 25 hectáreas que plantaron a partir de 1999. En 2001 largó la elaboración propia, con uvas compradas, que desde 2004 reemplazaron con material propio. Hoy elaboran unas 50.000 botellas al año, entre las que se destaca Finca Las Nubes, un blend de Cabernet Malbec que sintetiza el espíritu de Mounier: tintos profundos y potentes, pero a la vez muy amigables. Otros dos buenos ejemplos son José L. Mounier Torrontés y Finca Las Nubes Rosado (2014, $145), jovial y aromático, perfecto para esta media estación.

Poesía. Si los franceses saben sobre algo, es sobre la escala del vino. Y los dueños de Poesía, oriundos de Burdeos, donde tienen varios chateaux de primera línea, conocen el negocio de la exclusividad. Así, el matrimonio de Hélene Garcin y Patrice Lévêque decidió tomarse con calma el asunto y, desde 2002 cuando comenzaron, desarrollaron seis vinos en su pequeña propiedad de Mayor Drummond, Luján de Cuyo, donde tienen 13 hectáreas plantadas con Cabernet Sauvignon y Malbec. Entre ellos, sobresale Clos des Andes Malbec (2007, $160), tinto jugoso y de estructura, clásico en su factura y estilo. Hay que buscarlo: se consigue en algunas vinotecas.

Chacra. Establecida en Río Negro, en 2004, por Piero Incisa della Rocchetta, italiano de larga tradición bodeguera en su país –donde su familia es dueña de Sassicaia–, Chacra es una pequeña casa enfocada en grandes vinos. Elaboran unas 100.000 botellas, con foco en Pinot Noir y Merlot. Con un trabajo artesanal y orgánico, emplean uvas de viñedos viejos. Barda Pinot Noir (2013, $355), un tinto frutal, delgado y de textura tersa que enamora, es el más accesible del trío de Pinot que forma con Chacra 32 y Chacra 55. Recientemente lanzaron Amor Seco Merlot (2012, $240), una desclasificación del viñedo de Merlot en Mainque (un pueblo situado al norte de la provincia), que ofrece un perfil apretado y refrescante, en la antípoda del mercado. Sus vinos están a la venta en algunas vinotecas y restaurantes.

Krontiras. El empresario griego Constantino Krontiras y su esposa argentina Silvina Macipe compraron, en 2003, una finca de diez hectáreas con viñedos viejos en Luján de Cuyo. Abocados a la producción biodinámica, se enfocaron en lograr vinos exclusivos con la enología del griego Panos Zouboulis, básicamente de Malbec y en menor medida de otras variedades. Inauguraron la bodega propia en 2011, pero sus vinos están en el mercado desde la cosecha 2005. Nos gusta su Doña Silvina Malbec (2009, $130), redondo en taninos y de caudal, con un largo final frutal. Una rica curiosidad para buscadores de rarezas. Hacen venta directa en www.bodegaskrontiras.com; también se consigue en vinotecas.

Giménez Riili. Esta bodega, a diferencia del resto, fue establecida una vez pasado el furor de las bodegas boutique, en 2011. Sin embargo, su plan es la pequeña escala, porque el negocio está en otro lado: es inmobiliario. Ubicada en Chacayes, Tunuyán, producen 125.000 litros. Se destacan sus Malbec herbales y con cuerpo. Llama la atención, sin embargo, el Gran Familia Syrah (2012, $545): apretado y jugoso, es un ejemplar de zona fría para enamorarse.

VINOS DISTINTOS, LA CLAVE
Para que una bodega pueda sobrevivir es importante que ofrezca un vino diferente. Eso lo tiene claro, desde la década del sesenta, Bodega Cecchin, que elabora vinos naturales con variedades poco conocidas y en un estilo radicalmente diferente al resto del mercado. Así, en su pequeña bodega de Mendoza, ofrecen tintos curiosos como Graciana (2008, $104), una variedad tinta española, con la que producen un vino ligero y fragante, que se disfruta por su delicadeza. O bien su Malbec sin sulfitos, del que elaboran partidas limitadas. Conocidos por su apego a la naturaleza, sus productos llevan la menor intervención posible del hombre. Y eso los hizo sobrevivir y crecer en la última década.

Por Joaquín Hidalgo 

 

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