30.08.2013

10 cosas que nos fastidian de los vegetarianos

Nuestro cronista "veg friendly" se infiltró en las células más radicales del veganismo y nos trajo este inventario de pecados capitales de los enemigos de la carne y los lácteos.


Los vegetarianos son como los boy scouts: no tienen maldad. Se preocupan por su salud, pero también por el bienestar de los animales y por el medio ambiente. Hay poco que criticarles. Pero hay. No a todos, claro. Incluso entre quienes llevan al extremo su rechazo a ingerir productos de origen animal prevalecen la comprensión y la tolerancia y una búsqueda genuina de convencernos sobre los beneficios de cambiar nuestra dieta.

De mostrarnos que existe otra forma de comer bien, rico, sano y en armonía con el entorno. Ellos son aliados de cualquier foodie, carnívoro o no: comparten ideas, recomiendan productos y nos acercan un panorama de sabores nuevos.

En la otra vereda están los insufribles. Los que se toman muy a pecho su rol de supuestos evangelizadores y caen en actitudes que, lejos de atraer más adeptos, espantan. Acá, desde las mismas entrañas de la movida veggie, compilamos algunas de ellas. Lo que nos molesta de los enemigos de los lácteos y la carne. Porque hay quienes no comen huevos, pero mantienen la costumbre de romperlos.

QUE NOS PARANOIQUEEN
Todo tiene pesticidas, químicos, ingredientes animales, transgénicos, tóxicos. Todo es veneno. Todo enferma. La cocción mata los nutrientes. No se puede comer nada procesado, nada que no sea fresco, de origen conocido, 100% natural, orgánico. Esa obsesión patológica por la alimentación saludable se llama ortorexia y, llevada al extremo, puede provocar un efecto búmeran: problemas nutricionales severos. Además de impracticable, se trata de una posición que distorsiona evidencias científicas y atribuye cualquier problema físico a la dieta. Informarse y concientizarse está genial, pero para fanatismos ya tenemos al fútbol.

QUE MEZCLEN PERAS CON MANZANAS (O TOFU CON MEDITACIÓN ZEN)
Sí, quiero comer más sano, fresco y natural. Sí, quiero dejar la carne (o reducir su ingesta). No, gracias: no quiero recitar mantras, ni volverme budista, ni hacer meditación con cuencos de cuarzo, constelaciones familiares, técnicas de respiración, etc. Todo bien con las terapias alternativas, pero por el momento no me interesan. ¿Por qué algunos gurúes (y restaurantes) veggie insisten en “vendernos” estas prácticas? ¿Acaso vienen con el combo de hamburguesa de aduki y ensalada de brotes? ¿Son la sorpresa de su “cajita feliz”?

QUE NADA DE LO QUE HAGAMOS SEA SUFICIENTE
Ya dejaste la carne y pensás que con un puñado diario de legumbres basta para reemplazarla. Le entrás y le entrás a la lenteja a más no poder hasta que alguien te advierte que tanto sacrificio resulta en vano si no las acompañás con vitamina C y arroz o algún cereal integral para que tu organismo asimile bien el hierro.

¿Incorporaste semillas y frutos secos? ¿Cómo? ¿No los dejás en remojo una noche para que se activen? ¡Así nunca vas a “despertar el potencial” de las almendras! Siempre faltan cinco para el peso: si sos ovolacto, por qué no te hacés vegano. Y después crudívoro, macrobiótico. Cuando completes todos los casilleros, alguien te hará notar que tu dieta debería incluir más alimentos alcalinos y menos ácidos. Entonces, lo vas a mandar al diablo y te internarás en Siga la Vaca a rehabilitarte.    

QUE PEQUEN EN SECRETO
Te estamos mirando. Sí, a vos, que en una fiesta “confundiste” la empanadita de pollo con un bocadito de acelga y dijiste “bueno, ya que estamos la liquido” (confesalo, te gustó). A vos, que te pintó el bajón a las 5 de la mañana volviendo del boliche y pasaste de incógnito por el AutoMac que tanto denostás en público. A vos, que abriste la heladera de tus viejos, miraste a los costados y —ya seguro de que nadie espiaba— le hincaste el diente a ese tupper con pastel de papas que te devolvió el sabor de la infancia.

Que pediste el combinado vegetariano de sushi pero te tentaste con un roll de palta y salmón de la bandejita de tu novio. Que sos foodie antes que veggie y si viajás a Nueva York no te privás de mordisquear el pastrami de Katz. Que sacás el jamón del revuelto gramajo pero algo siempre queda. Dale, blanqueá tus permitidos y herejías. Aflojá el nudo del dogma. Si sos de los que necesitan aferrarse a alguna etiqueta, podés definirte como flexitariano.   

QUE SE CREAN SUPERIORES
Algunos activistas veganos están convencidos de integrar la casta más pura, noble y sabia de la raza humana. Desprecian por igual al carnívoro, al ovolacto, al cazador de jabalíes y al que usa un champú de una marca acusada de testear sus productos en ratones: a sus ojos, todos somos moralmente inferiores, criminales de lesa humanidad, asesinos, bárbaros, torturadores y causantes de sufrimiento animal. No parece la estrategia más conciliadora y efectiva para entablar un diálogo fructífero y menos aún para persuadir a otros de que adhieran a su causa.

QUE LLAMEN “CARNE” O “QUESO” A CUALQUIER COSA
El recurso es válido para que la transición de la dieta animal a la vegetal resulte menos traumática: apelar a denominaciones que nos resultan familiares está bien en ciertos casos, inspira confianza y nos remite a lo ya conocido. Pero puede convertirse en un arma de doble filo, al generar expectativas acaso demasiado altas que la realidad derrumba al primer bocado. La soja texturizada, a.k.a. “carne vegetal”, de carne solo tiene el nombre.

El queso de cajú sabe muy rico pero no esperes que tu paladar lo confunda con cuartirolo o pategrás: las comparaciones se agotan en la apariencia y en algunas propiedades nutricionales compartidas. “Hamburguesas” de legumbres, “bifecitos” de seitán: el léxico carnívoro ha copado el vocabulario veggie. Quizás vaya siendo hora de sustituirlo por una jerga propia.

QUE EXIJAN MENÚ ESPECIAL
Aplauso, medalla y beso para el anfitrión considerado y atento que contempla las necesidades gastronómicas de su invitado veggie: el que sirve por separado el pollo o la panceta de una salsa o guarnición; el que deja espacio en la parrilla para los morrones, choclos, cebollas y batatas al plomo; el que les prepara un plato especial o directamente adapta el menú con el fin de hacerlo apto para todos los comensales.

Ahora, de ahí a creer que tenemos derecho a demandar ese trato en cada evento o reunión a los que nos invitan, hay un largo trecho. Las alternativas son arriesgarse a que “algo de lo que sirvan sea sin carne” o llevar vianda propia. Pero exigir, de antemano, un catering a medida suena a capricho de estrella pop.

QUE NOS QUIERAN ENSARTAR CON FIASCOS
El hecho de que algo sea orgánico, artesanal, excéntrico (¿ya pasó la moda del jugo de pasto?) o elaborado por una cooperativa indígena de Santiago del Estero no lo convierte en digno de ser ingerido. Después de un par de meses en el circuito de la alimentación verde uno deja, afortunadamente, de cometer errores de principiante como clavarse con la yerba “agroecológica” (después de probarla van a odiar un poco menos a los pesticidas) o llevarse ese incomible dulce de leche de cabra solo porque la etiqueta lo define como “producto de la lucha campesina” y nos hace sentir muy revolucionarios.

Otro punto: para qué seguir engañando(nos) y haciendo pasar por exquisito lo que nunca lo será. Aunque al seitán lo vistamos de seda, seitán queda. Asumamos que hay cosas que comemos por sus beneficios nutricionales y dejemos de disfrazarlas de manjares.

QUE INSISTAN CON EL VIDEO DEL NENE QUE NO QUIERE COMER PULPO
Listo, ya fue, lo vimos 500 veces. Conmueve, te deja reflexionando, refuerza las convicciones del vegetariano e invade al carnívoro de sentimientos culpógenos. Pero después de que lo compartió medio Facebook y lo colgaron todos los portales de noticias, corre el riesgo de terminar como cualquier viral, hartando. Dejemos en paz, entonces, al tierno Luiz Antonio con sus dilemas morales y sus preguntas incómodas.

Con tal de no seguir escuchándolo interrogar con inocencia por la cabeza del malogrado molusco, preferimos que vuelvan a bombardearnos a spam con artículos de Peter Singer, a mostrarnos videos de mataderos, a recomendarnos The China Study y otras publicaciones pro-veg, a citar a Einstein y demás vegetarianos ilustres e incluso a reproducir en loop las propagandas protagonizadas por Nicolás Pauls o Axel (“cada vez que los veo me dan ganas de asar un perro”, admite un colega sin intenciones de renunciar al asado dominical).

QUE LE PONGAN VEGGIE A TODO  
El vegano ultra reniega de todo producto industrializado —no solo en el rubro alimenticio— y extiende el consumo de ingredientes de la alacena veggie a cualquier ámbito de la vida cotidiana, hasta el más impensado. Así, en vez de desodorante (al que demoniza por contaminante y testeado en animales) se protege de la transpiración salpicando sus axilas con unas gotas de limón; en lugar de usar Blem, friega los pisos con vinagre; y a la hora de cepillarse los dientes elabora su propio dentífrico a base de sal marina, bicarbonato de sodio, menta y canela, mientras nos advierte que, de seguir usando ese maldito veneno llamado flúor, arderemos en el infierno.

 


Por Ariel Duer

Ilustración: Laura Morales

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