01.07.2009

9 razones para odiar las revistas de vino

Casi todas las revistas de vino y gastronomía de Argentina desprecian a la gente común y parecen hechas sólo para que las lean los bodegueros y empresarios. A continuación, buenos motivos para detestarlas.


1. Son ostentosas hasta la caricatura.  Por momentos es imposible distinguir la realidad de la parodia. En todas las revistas hay un montón de payasos disfrazados de Isidoro Cañones, sonriendo exageradamente con una copa la mano, e impostando a un bon vivant de los años cuarenta para opinar sobre cuál es el mejor vino del año. Tampoco falta el chef mediático que, inflado como una gallina ponedora, cuenta, por ejemplo: “Hace unos meses tuve el privilegio de tener en mi taller al Marqués Alberto Di Gressy, que produce su Gaiun Martinega 2003 en la zona de Barbaresco, lo cual es una rareza porque sólo 2 de las 12 hectáreas que se plantan producen esta uva. Lo probamos junto a un Formaggio di Fossa de la zona de Emilia Romagna”. ¿Por qué recomiendan vinos que ni siquiera están a la venta?  A los lectores no les interesa ver una competencia patética entre cincuentones para ver quién es el menos sudaca. Nos aburre y nos da pena.
 
2. Están mal escritas y son redundantes. La mayoría están escritas con un tono redundante, exagerado y grandilocuente, típico de pobres que sueñan con ser ricos. La revista Club del Vino tiene el record de adverbios terminados en ‘mente’ por párrafo. Se escribe “maravillosamente”, “vertiginosamente” y “deliciosamente” tantas veces que cuesta leerla. Otro de los vicios típicos es la sobreadjetivación. En casi todas las reseñas de vinos ponen 20 adjetivos, que además, son siempre los mismos pero barajados de forma diferente. Pareciera que tienen 50 palabras escritas en papelitos y que sortean una docena para cada vino. Casi todos los blancos dicen fresco, cítrico, aromático, joven, frutado, sutil y equilibrado. Y casi todos los tintos dicen aterciopelado, seductor, maduro, elegante, amable, persistente, intenso y de vez en cuando, untuoso o especiado. Y no hay más. La cuestión es mezclarlas y que no se note demasiado.
 
3. Hablan mucho para no decir nada. Otro detalle insoportable es la fascinación por construcciones abstractas que no tienen ningún fin informativo, ni crítico. Son pura masturbación verbal. ¿Qué es un vino franco e impetuoso que expresa toda su tipicidad  de forma solemne y distinguida sin dejar de ser complejo y embriagador? ¿Cómo son las notas de espárragos frescos? ¿Acaso hay otros vinos con notas a espárragos, pero de lata? Las opiniones y entrevistas siguen la misma línea editorial: subrayan afirmaciones como “Los vinos de hoy tienden a ser más amigables”, como si fueran grandes investigaciones cuando en realidad son sanatas u obviedades que al lector le suenan a relleno.
 
4. Ofrecen recetas de platos de autor como si el secreto estuviera la receta. El límite real de una receta es Blanca Cotta. Sus masitas de coco o sus ñoquis de un minuto le pueden salir bien a cualquier persona que sepa cocinar. Pero seamos realistas: no se puede apuntar más alto que eso. Los platos que vemos en las revistas involucran técnicas y materia prima que no domina ni consigue así nomás ningún lector amateur. Si efectivamente alcanzara con recetas para replicar el trabajo de artistas y profesionales, si de verdad el abogado que lee la revista pudiera preparar ese ragú de lagarto en su casa, la arquitectura se hubiera muerto con el nacimiento de Easy Home Center y todos podríamos ser Beethoven comprando sus partituras. ¿No sería más interesante ofrecer consejos para comprar buena materia prima? Yo estaría encantada de leer en dónde compra pescado Narda Lepes en vez de tratar de imitar, con torpe eficacia, alguno de sus platos.  
 
5. Son aburridas. Lo más triste de estas revistas es que son viejas y aburridas. Pero aburridas en serio, como una charla de oficina o un documental de seis horas sobre el futuro de la uva chinche. Tienen un desprecio absoluto por todo aquello que no está legitimado por esos próceres panzones y rojos de vino que opinan en sus páginas e ignoran por completo todas las tendencias que vienen de afuera y que se palpitan en la web dos años antes que en sus páginas.  “El reinado del Malbec”, “El paraíso del vino” o “La elegancia de los vinos espumantes” son algunos títulos que intentan, con grosera imprecisión, vender sus tediosos contenidos de gacetilla comercial. El lector se duerme intentando leer larguísimas peroratas sobre cómo es la vegetación de una nueva región vitivinícola o crónicas sobre el proceso que sigue alguna bodega mendocina desde la cosecha hasta la góndola del supermercado.
 
6. No piensan en el consumidor real. Hay un enfoque muy claro en casi todas las revistas: les interesa más el vino como industria que como moda o cultura. Las páginas están llenas de opiniones de CEOs y directores de marketing sobre niveles de exportación. Las revistas de vino no me hablan a la gente común, le hablan a un gerente de marketing. Termínenla con el mercado y el futuro de las bodegas y empiecen a contar qué vino puedo comprar por menos de veinte pesos. Compramos las revistas para ver qué hay de nuevo, no para leer las mismas discusiones de siempre.

7. Recomiendan vinos carísimos que nadie consume. En la mayoría de las revistas para vinos se nota una desesperación por ser elegantes. No les interesa ser modernas; lo que las desvive es pertenecer a cierta aristocracia que mira su viñedo desde el escritorio que trajo su tatarabuelo en barco desde Francia. Y es muy triste. Es en esta necesidad de aparentar o de captar a ese supuesto público millonario que hasta hace poco sólo recomendaban vinos demasiado caros para consumir regularmente. Pero eso, repito, fue hasta hace un tiempo. Ahora para disimular decidieron cambiar su política y empezaron a poner un vino barato en el medio de muchos caros. Algo así como los locales de comida rápida que contratan a un feo o a un discapacitado para dar una imagen socialmente responsable. Entonces tengo cincuenta vinos de $100 pesos y uno de $15 en el medio, que es igual al tarado que contrata Mc Donald´s para freír papas.
 
8. Son asexuadas.
Cuando pienso en vino, pienso en pintores perturbados, en chimeneas, en noches inolvidables, en cenas con amigos, en paseos por una villa italiana. No pienso en administradores de empresa, ni en viejas de trajecito. No puedo entender por qué, siendo el vino tan sexy, casi todas las revistas de vinos son tan frígidas. En vez de dirigirse al lector con un lenguaje y un diseño que transmita sensualidad y placer, le hablan con los mismos códigos que usa la revistita institucional de una empresa. Sus páginas están llenas de tipos con pinta de abogado y de mujeres de 30 años que parecen de 50. Todas iguales: trajecito, pelo tirante, chalina, poncho norteño top, zapatos Guido, cartera Lázaro. Mujeres que no tienen sexo, que no sonríen, que tienen arrugas en los labios desde los 25. No digo que tengan que salir desnudas. Pero me quieren vender como desafiantes y apasionadas a un montón de señoras iguales a las esposas cornudas que veo en Recoleta. No seamos ridículos. ¿Cuán apasionadas pueden ser si ni siquiera pueden soltarse el pelo?
 
9. Nunca se sabe qué es una recomendación en serio y qué es una pauta publicitaria. Salvo casos excepcionales (en donde el precio es bajo o en donde alguien firma la reseña) nunca sé si los vinos que describen como excelentes están ahí por mérito propio o porque dos páginas después hay una publicidad enorme de esa bodega. Entiendo que es parte del juego y tanto la marca como la revista se necesitan mutuamente. ¿Pero es necesario ser tan alevoso? ¿Hace falta copiar gacetillas enteras como si fuera la descripción de quien ha catado el vino? Una cosa es que me lo recomienden como una opción entre otras 50 y otra es que me digan que tiene notas de manzana asada y miel simplemente porque un empleado de la agencia de publicidad de la bodega así lo dispuso. ¿Y si buscaran el punto medio entre la verdad y el copy-paste?

LOS HORRIBLES CLICHES QUE NUNCA FALTAN
 
Ninguna revista berreta se olvida jamás de incluir lo siguiente:
 
Entrevista a una familia bodeguera con hijos polistas e hijas avejentadas que estudiaron administración de empresas.
 
Pequeñas pastillas sobre lanzamientos, nuevos productos y cambios de packaging íntegramente copiadas de una gacetilla.
 
Entrevista a un grupo aleatorio de especialistas (bodegueros, directores, sommeliers) para hablar de una tendencia de mercado abstracta, como “las bodegas deberán reinventarse”.
 
Informe sobre un evento sobre vinos lleno de lugares comunes y fotos genéricas de folleto berreta.
 
Crónica sobre un destino turístico insólito con de fotos de paisajes, cuartos de hotel, platos de comida, con 2 o 3 recetas pretenciosas.
 
Nota sobre un producto supuestamente novedoso que ya está en todos los restaurantitos de Palermo desde hace dos años, como por ejemplo: “Cardamomo: la nueva canela”.
 
Entrevista a un chef / sommelier / bon vivant joven apasionado (cara de rugbier y mirada libidinosa en la copa de vino), o trastornado con delirio de duque (de traje, con una copa de champagne en la mano). Títulos posibles: “Experiencias de un creador”, o “La intimidad de un sibarita”.
 
Reportaje a un chef nuevo (que siempre estudió en el exterior y trata de rescatar sabores de algún lado privilegiando las materias primas nobles).
 
Nota abstracta sobre alguna fusión delirante que se le ocurre al editor, por ejemplo "Arte y gastronomía", con inclusión de réplicas de cuadros con comida.
 
Nota ridícula sobre autos, relojes o alguna cosa parecida que según el editor contribuye al imaginario de status que quiere vender la revista.
 
Reseñas de vinos entre 70 y 200 pesos: una fotito de cada botella y una descripción genérica parecida al horóscopo, llena de lugares comunes.
 
Por Carolina Aguirre / Fotos: Sol Abadi

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