22.05.2014

Barracas: gastronomía de arrabal

Ex pulperías que hoy son bodegones, cafés, pizzerías y parrillas: en sus pintorescas calles, el barrio sureño reúne lo más tradicional de la culinaria porteña. Una hoja de ruta para volver a descubrir sabores de antaño.


Barracas es un barrio bien porteño, en el sentido estricto de la palabra. Se siente el puerto: no solo por su cercanía al Riachuelo, sino por los grandes depósitos y camiones que circulan por sus calles adoquinadas, herencia de la época en que los galpones de la zona se utilizaban para almacenar productos destinados a la exportación (carnes saladas, cueros, lanas de oveja), cuando la Argentina era todavía “el granero del mundo”. A la hora de comer, el público obliga: bolichones, parrillas al paso y cantinas donde se paga poco, solo en efectivo, y se comen platos auténticos: sabores que nos transportan en un bocado al pasado, a la infancia, a la casa de la abuela.

Comer en Barracas es comer en esquinas en ochava con ventanas guillotina que se abren de día y cortinas metálicas que se bajan de noche. Nunca falta el televisor para ver el partido, la máquina de cortar fiambre, la heladera de madera y la gaseosa de litro sobre la mesa, al lado de la panera con miñoncitos y grisines. A continuación, un recorrido por algunos de sus rincones más valiosos.

Los Laureles
Abierto en 1893, fue el punto de encuentro de personalidades de la época: el tanguero Enrique Cadícamo, el pintor Benito Quinquela Martín y los boxeadores Ringo Bonavena y el Mono Gatica, quien –luego de su decadencia profesional– fue maître del restaurante y supo recibir a los comensales con su célebre “buenas noches, buen provecho”. Incluso Leonardo Favio filmó aquí escenas de su película “Gatica, el Mono”. Hoy en día conserva su encanto de antaño y una propuesta gastronómica de bodegón. Al mediodía hay ocho pizarrones con platos del día: arroz con calamares, polenta a la bolognesa, suprema a la Kiev. También hay chivitos uruguayos y picadas para acompañar con un Fernet con coca. El dato: a partir del jueves y durante el fin de semana por la noche, se corren las mesas y se arma milonga con discos de pasta.
Av. Iriarte 2290 / T. 4303-3393

Tres esquinas
El mito urbano dice que fue un popular cabaret. De la vida ligera le quedó apenas un gusto por el mundo del espectáculo: en las paredes hay fotos de películas de todos los tiempos, desde Chaplin y “Lo que el viento se llevó” hasta las de Olmedo y Susana. Del menú, el hit es la empanada de carne cortada a cuchillo y frita. También se pueden pedir pastas caseras (especiales los ravioles de verdura) con un tuco que despierta la argentinidad ancestral. El pollo se prepara de 14 formas diferentes, en cuartos o medio, y la parrilla es buena. La propuesta gastronómica se completa con algunos platos mitológicos, como los riñoncitos al marsala con papas noisette.
Osvaldo Cruz 2302 / T. 4302-8571

Bar el Progreso
Funciona desde 1942 y se ganó el título de bar notable. Es un lugar entre mítico y mágico, ideal para sentarse a filosofar con amigos y disfrutar los placeres estéticos del viejo Buenos Aires: canilla de cisne, sifones, carteles esmaltados, barra de madera con espejos romboidales, fiambrera en el mostrador y toldos metálicos. Hay, además, un pequeño museo con objetos antiguos y fotos de personajes célebres que lo visitaron. Para comer (al mediodía; no abren para la cena), hay minutas, sándwiches, ensaladas y platos del día. A la tardecita, andá por una grappa y una picada de ocho platitos. Los jueves hay concurso de Scrabble.
Av. Montes de Oca 1702 / T. 4301-0671

Heladería Verona
Nombrada como la ciudad de Romeo y Julieta, Verona es una de las heladerías clásicas del barrio, en parte por su antigüedad (se fundó hace más de 45 años), pero también por su calidad y su ubicación (en la esquina de dos de las avenidas principales). Ofrece siete tipos de sambayón, la especialidad de la casa. Es único: cremosísimo, con la cantidad justa de licor y de color más claro que el de las heladerías premium. También hay gran variedad de chocolates y dulces de leche, además de gustos en extinción como sambayón con cerezas, chocolate al whisky y crema rusa, entre muchos otros. Los cucuruchos son bien crocantes. Un plus valioso en los tiempos que corren: los heladeros que atienden son expertos que honran su profesión.
Av. Montes de Oca esq. Suárez / T. 4301-2500

Parrilla Santa María
Para guapos y fanáticos del asado, una dignísima parrilla al paso donde comer bondiola, vacío, morcilla, chorizo y chinchulín, todo al pan y sentados en la barra. También hay tortillas (muy buena la de acelga) y empanadas. Sorprenden las bolas de fraile rellenas con dulce de leche. La nota de color, sin embargo, la da el parrillero: un rasta auténtico con dreadlocks escondidos adentro de un gorro. Si es un lindo día, el plan ideal es llevarse el botín parrillero a la plaza Díaz Vélez, a dos cuadras.
Santa María del Buen Ayre y Santo Domingo / T. 4301-6754

El Puentecito
A principios del siglo XIX, este local a un paso del Riachuelo era una pulpería. En 1873 se convirtió formalmente en El Puentencito y, desde entonces, fue mutando junto con el barrio. Hoy conserva lo pintoresco del bodegón pero suma habitués gourmet y ofrece “figuritas difíciles”: dos buenos ejemplos son las ranas a la provenzal y los caracoles a la bordalesa (saltados con tomate, ajo y panceta), una de sus especialidades. También se preparan mariscos (cornalitos, calamarettis, mejillones y cazuela) y su hit es el pollo al Puentecito: saltado con ajo y perejil, dorado por fuera y tierno adentro, acompañado con papas. Otro manjar para curiosos: la milanesa de bife de chorizo. Buena carta de vinos y mozos de estirpe porteña. Está abierto las 24 horas.
Vieytes 1895 / T. 4301-1794

Pizzería California
Un local modesto pero gauchito, donde siempre hay una buena porción de muzza esperando. La pizza es media masa, crocante abajo, tirando a gruesa pero bien esponjosa, recién salida del horno y con abundante queso. Sus especialidades son la “criolla”, con morrón y cebolla, y la “española” con chorizo colorado. Una recomendación: pedir media con salsa de tomate y anchoas y otra media de mozzarella con aceitunas. Como todo bolichito que se precie, tiene bebidas de litro, el infaltable televisor con soporte de pared. Es el punto de reunión de muchos trabajadores del barrio, que van a tomarse un respiro con una cerveza bien helada en mano.
California 2435 / T. 4303-4273

La Flor de Barracas
Abierto en 1897, este restaurante –que tuvo diversos nombres, como Tarzán y La Puñalada– pasa desapercibido injustamente. Conserva la barra, el piso, las mesas y sillas originales de un siglo atrás. Tiene un kiosco al frente y un lindo patio trasero con plantas. El cafecito se sirve en vaso, con buena espuma, y se ofrecen licuados de fruta fresca. Para el mediodía, opciones del día económicas además de los clásicos porteños de plantel estable: pastel de papas, guiso de mondongo, lengua a la vinagreta y tomates rellenos. A la hora del vermú, Amargo Obrero con pomelo y picada de fiambres. Y a la noche, cualquier propuesta de la carta cumple: buñuelos de acelga, ñoquis de sémola, carne a la masa o locro, entre una multitud de platos.
Av. Suárez 2095 / T. 4302-7924

Campo porteño en el CMD
Madera, mosaicos y neón se integran con la impronta del Centro Metropolitano de Diseño, pero conservando el espíritu de bar popular de la zona. Tiene buena cafetería y pastelería (destacadas la torta de ricotta, la pasta frola y las facturas frescas), junto con sándwiches y tostados. Al mediodía, la oferta de platos del día es simple, apetitosa y propia de la cocina casera: pollo al horno con puré, lomo al champignon, hamburguesas y ensaladas completas. Lo mejor es sentarse en las mesitas de afuera, rodeado de plantas y apreciar la arquitectura del lugar, donde supo funcionar el Mercado de Pescado, un referente de la memoria barrial de Barracas. Es el espacio perfecto para mezclarse con colegas, café o aperitivo de por medio.
Centro Metropolitano de Diseño, Algarrobo 1041 / T. 4301-9988

Eclair
Parte del edificio Barracas Central, Eclair es una joyita decorada con reliquias familiares: teteras, muebles y objetos de diseño de los años sesenta, reciclados por sus dueños. Un oasis algo parisino ubicado en el Pasaje Lanín, la calle intervenida por el artista plástico Marino Santa María, con fachadas coloridas y dibujos en azulejos. La cocina es buena, simple y más saludable que en el resto del barrio: ensaladas completas, pastas en preparaciones sencillas, tartas de espinaca y ricotta con masa casera. Para la hora del té hay lemon pie, crumble de manzana (con nueces y pasas), torta alfajor (de chocolate y dulce de leche), brownies y otras delicias. Buen café y selección de tés saborizados.
Pasaje Lanín 168 / T. 4301-4729

Iriarte Verde
Paraíso de vegetarianos y partidarios del consumo consciente, Iriarte Verde es un almacén orgánico que nuclea a pequeños productores de todo el país y distribuye alimento sin agrotóxicos y artesanales. Tiene un gran radio de entrega y sus canastos de verduras y frutas a domicilio son célebres entre los green, pero una vez en el barrio, vale la pena conocer el mercado en vivo y en directo. Hay de todo: miel, quesos, dulces, harinas, aceite de oliva, yerba, huevos, pollos de campo, cervezas y vino, además de cremas y artesanías. Un buen programa es comprar alguna tarta, quesos y frutas y hacer un picnic en el Parque Leonardo Pereyra, que queda a la vuelta. La dirección es Río Limay 1233. En facebook.com/iriarteverde se puede consultar por talleres de huerta y clases de yoga.


Por Cayetana Vidal Buzzi

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