27.02.2011

¿Toda mujer tiene la obligación de saber cocinar?

No importa que sean físicas nucleares, madres perfectas, o neurólogas. Si no saben cocinar... son un desastre.


Vengo de una familia italiana en la que el acto de cocinar y comer están entramados con el cariño. Recuerdo que mi abuelo tenía una fábrica al lado de su casa y que al mediodía también los empleados más antiguos de la empresa se sentaban a la mesa de mi abuela. Para ella era insoportable pensar que había hombres indefensos, abandonados, haciéndose un sanguchito en un escritorio de la oficina. De haberlo visto, se hubiera puesto a llorar de pena y hubiese matado a escobazos a la esposa que lo obligaba a almorzar en condiciones tan indignas.

Hasta el día de hoy, mi madre y yo compartimos el hábito de la burla gastronómica. Nos encanta reírnos de las mujeres que llegan a la cena de Navidad con una fuente de tomates rellenos o que cuentan, al borde del colapso nervioso, como hicieron, paso a paso, un bizcochuelo de cajita. Es tanto el escozor que nos provocan, que lejos de rechazarlas las buscamos para tirarles de la lengua. Queremos que nos cuenten su odisea culinaria para poder llorar de risa y preguntarles, con detalle morboso y violento, cómo hicieron para cortar la torta al medio, rellenarla con dulce de leche y espolvorearla con esas granitas de colores nauseabundas que usan las mujeres ineptas.

Relacionar a las mujeres de forma tan íntima con la comida es, en parte, un pensamiento retrógrado y machista. Pero no es una elección. Para nosotras, la mujer que no sabe cocinar es una inválida emocional. Abrir una lata de viandada (aparte de ser una afrenta contra la gastronomía) es un gesto de profundo desamor por la familia. Cocinar para otros es una prueba de amor y quien no cocina, para nosotras no quiere a nadie más que a sí mismo. Aunque sea a través de una ensalada rica o de una buena milanesa, la comida es afecto. Y el que lo niega, es porque se crió comiendo chikenitos y patynesa.

La vaga, por ejemplo, no piensa cocinar. Te lo dice clarito: no agarra una batidora ni en pedo. Prefiere ver la tele, pintarse las uñas, dormir la siesta, o hablar por teléfono con una amiga. Es la reina del congelado. Sus hijos no conocen otra comida que no sean patitas de pollo y los Giacomo Capelettini con salsa de lata. Jamás tuvieron una torta casera ni vieron en vivo y en directo un plato de pastas frescas. Si llegan a ver un pollo al horno entero, se tiran debajo de la mesa para protegerse porque piensan que es un alien o un perro muerto. Y si llegás a sugerirle que hacer una tarta o amasar una pizza "es una pavada" ella exclama que eso es muy difícil y se ríe como si le estuvieramos planteando un delirio. O incluso se pone de malhumor, porque las tres veces que se animó a cocinar una salchicha le salió mal, se quemó las manos y terminó revoleando todo, indignada.

Hace un tiempo, vino una conocida a un grupo de dieta en el que nos intercambiamos recetas, pidiendo ayuda para poder adelgazar. Le dijimos que tenía que comer cuatro porciones de vegetales, dos de carnes magras y nos interrumpió, indignada: “Pero yo vine acá a que me ayuden y al final es como todas las dietas, hay que lavar y pelar verdura también. Yo tengo un nene, no puedo ponerme a hervir acelga...”. En ese momento miramos a su hijo, inocente, con el semblante gris como Jorge Corona, atiborrado de azúcar refinada y harina blanca y entendimos todo. Ese nene a los cuatro años, lo más verde que se había llevado a la boca eran sus mocos.

Después está la bruta que, como la anterior, no entiende nada de cocina, pero no se resigna. Cada vez que ve una comida por la tele o que va a una reunión, anota la receta monomaníacamente en un cuadernito, como si fuese una pócima mágica. Sin embargo, es tal su ineptitud que ante la duda, no puede razonar, ni aplicar el sentido común. Cree que si pone un gramo más de manteca, la comida puede explotar en el horno. Si la receta dice un "chorrito" de aceite de oliva enloquece. ¿Cuánto es un chorrito? ¿Aceite de girasol es lo mismo? ¿Manteca da igual? ¿Crema también? ¿Lo pongo antes o después de que hierva el agua? ¿Lo “revuelvo todo” o “así nomás”? Necesita indicaciones, cantidades y medidas tan precisas que finalmente le terminás dictando mientras cocina por teléfono. Y si no hay teléfono es peor. Verla cocinar es un suplicio. Agarra los utensilios de la puntita, incómoda y miedosa, como si tuviese en sus manos un bisturí o un arma de fuego y apenas si mezcla la superficie de la preparación por miedo a arruinarlo todo con la cuchara de madera.

La chancha es otra que no tiene sentido común, sólo que no se da cuenta y no puede contolar su pasión por cocinar mezclas macabras. Para el cumpleaños de su hijo hace una torta rellena con mermelada de rosa mosqueta y cubierta con dulce de leche porque es lo que tenía en la heladera, y si le decís que eso no pega se encoge de hombros y dice que a ella le parece que sí.  Por algún motivo que desconozco, como si fuera un gualicho de pueblo, la chancha siempre tiene lo mismo debajo de la pileta de la cocina: un botellón de cinco litros de aceite mezcla, una botella de vinagre de alcohol en envase de vidrio y un paquete de sal gruesa. Es desprolija y la comida siempre le chorrea, se le abre, se le desarma al desmoldar. Los bordes de sus platos están siempre sucios con salsa, al igual que sus delantales. Además, hace su propia cocina fusión: le pone calditos saborizadores a las pastas (y te los recomienda, porque "queda riquísimo"), hace un rogel con tapas de empanada, sazona con adobo para pizza cualquier cosa (es la reina del orégano seco y del puré de tomate), sirve las ensaladas todas revueltas como si fueran basura, mezcla la salsa con las pastas en una fuente y ofrece tortas mal desmoldadas porque total “es rico lo mismo” y “en la panza, todo se mezcla”.

La bocona está tan convencida de su destreza para la cocina que ni siquiera cuando está en una cena, comiendo un plato elaborado por otra persona, puede dejar de alabar sus dotes culinarias.  “Cuando pruebes el matambre que yo hago...”, “los panqueques son mi especialidad”, “yo también hago empanadas árabes, pero con la masa original”, “tenés que mojar el molde para que no te pase eso, yo la hago siempre así y me sale perfecta”. Incluso tiene adiestrada a su familia para que corrobore, con idéntico entusiasmo, su expertise culinaria en público. Sin embargo, tarde o temprano siempre pasa, que luego de un tiempo escuchando sobre sus deliciosos platos, por fin tenemos ocasión de probarlos y comprobar, no sin asombro, que son un cachivache amateur. Matambres sin relleno (a cualquiera le queda impecable un matambre si está vacío), tortas comunes (qué genia, hiciste una chocotorta), panqueques gruesos como piononos (que si se llegan a caer son tan pesados que abren una escotilla en el piso) y empanadas árabes con masa gomosa de pan lactal (que ella describe como esponjosa y suavecita). Cosas que son una pequeña maravilla para su familia y sus amigos (unos ignorantes de paladar perruno que compran sandwiches en La Fábrica y facturas de esas franquicias baratija con nombre de familiar mayor), pero para uno, que sabe hacer un delicado y finísimo panqueque de un milímetro de espesor, sus platos son un vulgar festival de harina.

La durita no supo por dónde se agarraba una sartén hasta que se casó y trató de ser la esposa perfecta. Ese día se compró varios libros de cocina y memorizó cuatro recetas pavas que todavía hace, temblorosa y alerta, como si fueran cirugías a corazón abierto. Su esposo -que no quiere asumir que se casó con una mujer a la que hacer un canelón la supera- se cree que por no haber incendiado la casa con el hornito eléctrico, su mujer es Savarin. Cada vez que hace un budín de vainilla, el señor aclara que “lo hizo todo ella” como si nosotros fuéramos a hacer la ola porque la mamerta por fin pudo sacar algo del horno sin prender fuego el edificio. Sirve un flan común de lo más nerviosa, mientras le avisa a la gente que es la primera vez que lo hace y que no sabe como saldrá. Y si cometés la imprudencia de elogiar semejante esperpento infantil te ofrece la receta. ¡La receta! ¿Para qué voy a querer una receta de un flan? ¿Cómo mierda va a salir mal si sólo es leche con huevo? ¿No querés pasarme la receta del huevo frito y de la ensalada mixta también? ¿Tendrás idea cómo se hacen las tostadas, de cómo se unta mermelada y cómo se bate un poco de crema? Haceme el favor y no me des ninguna receta. O mejor sí: guardalas todas en un cuadernito así mi abuela, mi mamá y yo tenemos de qué reírnos esta Navidad.

por Carolina Aguirre / Fotos: Daniela Edburg

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