28.11.2010

El General: el pionero de los restaurantes temáticos dedicados a Perón

El restaurante temático de Perón cerró sus puertas el año pasado, pero fue salvado por una cooperativa de mozos. Atrás quedó la feróz interna entre duhaldistas y kirchneristas que lo llevó a la ruina.


La puerta del baño de hombres tiene un dibujo de Perón y la leyenda: “Cumple”. El de mujeres, muestra el rostro de Evita y el mensaje: “Dignifica”. Imposible confundirse (y no sentirse un poquito intimidado por el matrimonio). En el salón, fotos del General por todos lados, objetos, banderas, dedicatorias de los compañeros de las 62 organizaciones, Evita haciéndose las manos con un caniche en la falda y una declaración de amor suya que vigila todo desde el segundo piso: “Todos en la vida tenemos un día maravilloso. Para mí fue el día en que mi vida coincidió con Perón”.

Reina la paz en el nuevo restaurante El General, en la avenida Belgrano 350, a sólo dos cuadras de su ubicación original, donde ocurrió la hecatombe. Ya no se ven camperas de cuero, ni bigotes, ni caras largas entre compañeros enfrentados. Ahora hay familias, jubilados, curiosos y, si acaso aparece algún político, pide una mesa alejada para no levantar la perdiz.

Nadie quiere recordar lo que pasó en el primer boliche, el de Belgrano 561, que terminó cerrando por una feroz interna entre sus socios -uno duhaldista, el otro kirchnerista-, la misma que quebró al propio partido en los últimos años. Mejor no acordarse de que volaron sillas por el aire, que el contador salió corriendo con el libro de actas bajo el brazo, que los dueños de ese entonces dejaron un tendal de deudas y se fueron por la puerta de atrás. Lo de “Todos unidos triunfaremos” fue un fiasco, como casi siempre.

Aunque suene trillado, a este General lo salvó el pueblo, o más bien la autogestión de diez mozos que se organizaron en una cooperativa y sacaron a flote el restaurante.

DE NARVAEZ NO PAGABA EL CHAMPAN
La historia de El General parece una metáfora burda del peronismo o, quizá, de la Argentina. En 2005, un grupo de socios se reunió para abrir el primer restaurante temático de Perón. El lugar era impactante y más de 500 fotografías en blanco y negro recordaban a la Argentina de oro, en tiempos de la primera y segunda presidencia de Juan Domingo (1946-1955). Llamaba la atención una moto Puma (la preferida de Perón), de fabricación nacional, entre decenas de objetos alusivos del folklore peronacho. Era un archivo digno de ser visitado.

El asunto se puso espinoso cuando recrudecieron las internas del partido a nivel nacional. La disposición de las mesas y los comensales lo decía todo: a la izquierda se ubicaban los kirchneristas, con Carlos Kunkel, Ginés González García y Enrique Albistur; a la derecha estaban los viejos menemistas, como Alberto Kohan y Fernando Galmarini; en el medio del salón paraban los duhaldistas, con Francisco De Narváez a la cabeza, conocido por pedir varias botellas del champagne más caro y no pagarlo nunca. También había espacio para los sindicalistas, al fondo del restaurante, y hasta los ex montos tenían una mesa reservada para ellos.

Aunque un comensal inocente quiso bautizar el lugar como “la Suiza del peronismo” -por su supuesta neutralidad-, lo cierto es que sobrevolaba un clima tenso y de las mesas llegaban murmullos. Pese a la inminencia del desastre, cada mediodía se daba un momento de falsa unión: todos cantaban la marcha peronista. No era emotivo, era más bien el preludio nefasto de lo que vendría.
No hay una versión única de lo que sucedió, pero algunos dicen que el día clave fue un 9 de enero de 2006, cuando almorzaron allí De Narváez, Jorge Sarghini y Eduardo Camaño, en una suerte de “cumbre anti K”. Uno de los ex dueños, Jorge Biondo, duhaldista declarado, lamentó que a partir de ese momento El General quedara posicionado como lugar de encuentro de la oposición, ante la bronca del resto de los socios kirchneristas.

Otro de los antiguos propietarios, Javier Puértolas, de filiación K, acusó a Biondo de hacer política con el restaurante y olvidarse del negocio. Resultado: los kirchneristas dejaron de ir porque iban los duhaldistas y, entre tanto lío, las cuentas dejaron de cerrar. Estalló la tormenta: juicios laborales, acusaciones de compra y venta de mercadería clandestina y denuncias por robo de documentos.

En agosto de 2008 se debían $60.000 en sueldos y la misma cifra a los proveedores. El restaurante había sido vaciado y no quedó nadie, ni dueños ni clientes. Hasta desapareció el “libro de oro” en el que alguna vez habían firmado los comensales más famosos, desde Carlos Menem hasta Chiche Duhalde, Felipe Solá y Alberto Rodríguez Sáa. Sólo los mozos permanecieron de pie.

VINO ALICIA KIRCHNER
“Los dueños anteriores debían alquileres y tenían una deuda grande con los proveedores. Lo primero que hicimos fue ponernos al día. Casi no cobrábamos sueldos y faltaban los insumos, pero queríamos seguir atendiendo a la gente”, explica hoy Luis Peralta, presidente de la cooperativa El General. Después de la huída de los socios originales, una decena de mozos tomó el restaurante a mediados de 2008, en defensa de sus puestos de trabajo. Armaron una cooperativa y se transformaron en una “empresa recuperada”.

“Fueron meses duros, pero nos mantuvimos unidos y repartimos la escasa ganancia entre los que más lo necesitaban”. Los muchachos recibieron un espaldarazo cuando la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, se acercó un día a almorzar junto al secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli.

Cuando la cosa parecía encaminarse, el contrato de alquiler del local de Belgrano 561 expiró y, a principios de 2009, la cooperativa enfrentó un nuevo dilema: ¿Bajar los brazos y buscar un nuevo trabajo? ¿Mudarse a un nuevo lugar? ¿Con qué plata? Los mozos eligieron el camino difícil.

“Conseguimos un local en la zona, a dos cuadras de donde estaba el otro. Pusimos plata de nuestro bolsillo y unas 12 cooperativas de la construcción, de madera, pintura y otros rubros nos ayudaron a remodelar el nuevo restaurante”, explica Peralta. También recibieron aportes de tres federaciones de cooperativas y el Ministerio de Trabajo se involucró para asistir a los trabajadores. La movida fue articulada por el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (Inaes), dependiente del Ministerio de Desarrollo Social. “Esto era una pizzería. Le cambiamos la cara, laqueamos el piso, hicimos la instalación de luz, cambiamos los vidrios, pusimos la barra y los aires acondicionados”, precisa.

Así, el nuevo General abrió sus puertas en la esquina de Belgrano 350. Es una versión resumida de su antecesor y tiene menos objetos (la cooperativa no pudo rescatar todo lo que había en el otro local), pero conserva muy buenas fotografías.

El restaurante mantiene los clásicos su vieja carta, como la “parrilla al parquet”, término que usaban los antiperonistas para mofarse de los planes sociales de Perón y Evita (en tono de burla, decían que los humildes hacían el asado con la madera de los chalets). Es muy bueno el bife de chorizo El General, con reducción de Malbec perfumado al romero, panceta crocante y papines. Y la estrella es el pastel de papas El General, plato preferido de Perón.

Peralta no quiere saber nada de internas. “Acá somos todos peronistas, pero el peronismo de Perón, el del 45 al 55. Esto es un restaurante temático cultural con muy buenos platos y un servicio de calidad”, aclara. Efectivamente en el nuevo General es frecuente ver turistas y grupos de jubilados o alumnos de colegios porteños, que se acercan para escuchar charlas de historiadores. “Recibimos más de 400 chicos por semana y jubilados de todo el país”, se enorgullece Peralta. Eso sí, la marcha peronista se sigue cantando todos los mediodías.

De Narváez no volvió a pisar El General y los kirchneristas tampoco parecen desesperados por plantar bandera aquí. Entre los comensales se cuentan funcionarios desconocidos, sindicalistas de ATE y UPCN y empleados del Banco Provincia, por un convenio que la entidad tiene con el restaurante. Las últimas visitas importantes fueron la hermana del presidente, el sindicalista Julio Piumato y Pablo Moyano, hermano de Hugo y secretario adjunto del gremio de Camioneros.

Hoy se ingresa al restaurante por “la Puerta de Hierro”, como se llamaba el refugio de Perón en su exilio en Madrid. Pero ya no pasan por allí políticos, ni periodistas, ni nadie que busque besar su mano. A lo sumo entra un turista japonés, un poco confundido, que no entiende quién es, ni qué hizo ese tipo peinado con gomina al que todos llaman El General.

Por José Totah / Fotos: Pablo Mehana

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