31.08.2009

Engaño y mal gusto: 9 motivos para putear mientras comemos

Estas son algunas de los peores catástrofes de nuestra gastronomía cotidiana.


1. QUE LAS PANADERIAS VENDAN COMIDA. Sabiendo que los restaurantes están cada vez más caros, y aprovechándose de un público ahorrativo que entra a sus locales para comprar sánguches de miga a la hora del almuerzo, en los últimos años las panaderías comenzaron a vender comida para llevar. Ponen un pizarrón en la entrada en donde anuncian “el plato del día” y cocinan un par de comidas “caseras” (que tienen mucho arroz, mucha salsa de tomate y mucha carne picada) para vendérselas recalentadas en un microondas a los oficinistas de la zona. Pocas veces he visto cosa más desagradable que esas pastas a la boloñesa momificadas, esas tartas estiradas con litros de salsa blanca, y esas tortillas de papa frita marrón esperando como feas que nadie saca a bailar en los estantes de una heladera. Me cuesta entender cómo alguien puede pagar por una bandeja de ñoquis apelotonados con la salsa puesta encima desde el día anterior.

2. LA PROLIFERACION DE LOS JUGOS INSTANTANEOS. Yo no sé qué clase de producto manufacturan Tang, Clight y Livean. Desconozco sus ingredientes, sus procesos y mucho menos qué pretenden con sus productos, pero de algo estoy segura: son cualquier cosa menos un jugo. De hecho, están más cerca de ser jabón en polvo o pigmentos industriales que de ser jugos. Así como hay supuestas mieles que en el reverso de la etiqueta se confiesan como “alimento a base de miel” o aceites marca “Oliverio” que susurran en letras pequeñas que son 80% girasol, quizás estos productos deberían venderse como “saborizadores de agua” o cualquier término de fantasía. Y ni hablar de sus publicidades: es una vergüenza que usen las palabras “natural” o “saludable” para vender ese polvito lleno de colorante. Pongamos las cosas claras de una vez: el jugo sale de adentro de una fruta, no del camión de un laboratorio.

3. LA CREATIVIDAD DELIRANTE EN LOS NOMBRES DE LOS PRODUCTOS. Todos sabemos que esos nombres mentirosos como yogur sabor "delicia de manzana", el queso untable de “salmón del pacífico”, o cualquier producto con “frutos del bosque” son producto de la imaginación de algún pasante de marketing afiebrado. Nadie se salva de este bluff perezoso. Hasta los viejos snacks saborizados de jamón se transformaron en “jamón serrano y oliva”, los de queso son “a los cuatro quesos” y los de sabor original, en "mantequilla suave". Hasta el bizcochuelo en polvo pasó a tener sabor a “tentación de brownie”. A ver si la terminamos con esta campaña delirante. Si compramos esos productos es porque no existen otros, pero todos sabemos que el único jamón serrano que tienen los Twistos o las papas fritas está en el dibujito de la etiqueta.

4. EL DELIVERY. No tiene caso desmentirlo: el delivery de comidas ha sido una gran solución para todo el mundo. El problema es que ya estamos tan acostumbrados a la comodidad del servicio que no nos damos cuenta que sus trayectos, sus esperas y su packaging arruinan la comida. La pizza es un gran ejemplo; la masa que debiera ser crocante se humedece en la caja, la mozzarella chorrea sobre el cartón, y las empanadas vienen frías porque el motoquero reparte siete pedidos antes que el tuyo. Y ni hablar de pedir asado por teléfono. A no ser que vivas enfrente de la parrilla, las tiras de asado llegan asfixiadas en un sauna de vapor adentro del envoltorio, y las achuras gomosas y semi hervidas como bombitas de carnaval llenas de agua tibia. 

5. EL SUPLEMENTO OLLAS Y SARTENES DE CLARIN. ¿Existe algo más idiota que tratar convencer a la clase media de que puede emular la cocina de autor siguiendo una receta de algún chef por televisión? Sí, existe: ofrecer esas mismas recetas de autor resumidas en cuatro renglones en el suplemento de un diario. Según el diario Clarín, se puede hacer unas “muelas de cangrejo al ajillo sobre arco iris de maíces” con una sartencita de teflón berreta comprada en Falabella, una bandeja de mariscos congelados y una lata de choclo amarillo. ¡Simplísimo! Sólo son cinco pasitos y se hace en veinte minutos. ¿No se dan cuenta de que al alimentar las fantasías de chef de los lectores está produciendo el efecto inverso al deseado? Elida de Villa Luro no tiene fumet de pescado y lo termina reemplazando por un cubito de caldo de gallina y arruinando la receta.

6. LA ESTUPIDEZ DE LOS ALIMENTOS EN EDICION LIMITADA.
Yo puedo entender el concepto de edición limitada para una joya hecha a mano o unas zapatillas de diseñador, pero me cuesta entender para qué sirve lanzar un nuevo sabor de yogur o de gaseosa sólo por tres meses. Hacen una inversión descomunal en publicidad, desarrollan campañas virales para posicionar el producto, contratan una actriz para que lo coma en cámara, lo venden a un precio promoción 25% más barato durante el primer mes y cuando efectivamente logran que yo lo compre y me fidelice como cliente, lo sacan del mercado. ¿Alguien me puede explicar qué es esta estrategia morbosa de frustrar a sus nuevos consumidores? Es como ir hasta la avenida para tomarse un taxi y bajarse a las dos cuadras ¿Para qué me instigan a subir?

7. LAS MONSTRUOSAS CREACIONES DE UTILISIMA SATELITAL. La última vez que puse Utilísima satelital, vi que estaban haciendo un pan de carne relleno de morcilla y huevo duro en el microondas, y sentí lo mismo que cuando prendí la tele y se estaban cayendo las torres gemelas: pánico. Antes de Utilísima satelital, la gente que no sabía cocinar se las tenía que arreglar comiendo algo a la plancha o pidiendo empanadas por teléfono. Sin embargo, desde hace unos años y alentadas por las ecónomas del canal femenino, son muchas las amas de casa que se empeñan en “jugar con su imaginación” y crean engendros como torre de miga de pan tricolor, vigilantes hechos de tapas de empanadas, y tiramisú de pionono, Mendicrim y café Arlistán con Nesquick. Por favor, que alguien les apague la televisión.

8. LAS SALSAS DE TOMATE LISTAS PARA COMER. Es impresionante la oferta que hay de salsas listas para comer: Pomarola, Basilicata, Arrabiata, Portuguesa, Filetto, Scarparo, Bolognesa. Pero más impresionante es que todas tengan el mismo gusto a chapa. Creo que hay sólo dos cosas más feas para arruinar un plato: el edulcorante líquido y el jugo de limón Minerva. Serán fáciles de abrir, pero hay generaciones enteras cuyo paladar ha sido aniquilado desde la más tierna infancia por haber comido estas salsas. ¿Tan difícil es picar una cebolla, un morrón y dos tomates, o exprimir un limón? ¿O es que a la gente le gusta comer mal?  

9. LOS VERDULEROS CHANTAS. Ni voy a mencionar la verdulería de los supermercados porque lo que venden está más cerca de los repollos pateados que tiran en la puerta del mercado central que de la verdura. Sin embargo, los verduleros de barrio tampoco se salvan. Aunque seas un cliente fiel y le compres tres veces por semana, tienen una compulsión por meterte manzanas golpeadas en el fondo de la bolsa o decirte que esas naranjas secas como una esponja son dulcísimas. No dar ticket, tocar la balanza para que marque más peso y cobrar veinte pesos por cuatro zapallitos medianos “porque esa semana subió mucho” son otros de sus numeritos predilectos. Si al menos la verdura y fruta orgánica fuese más fácil uno podría escaparles de vez en cuando; pero hoy y aquí comprar un vegetal que no haya pasado por pesticidas implica ir un sábado a la mañana a la feria de Lacroze en Chacarita, o dejar que empresas como Quinta Fresca te violen con los precios.

Por Carolina Aguirre / Ilustración: María Laura Morales 

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