04.11.2014

Foodie travel: 20 destinos imperdibles

Desde los puestitos callejeros de Bangkok hasta los restaurantes premiados del País Vasco, el mundo está repleto de sabores y experiencias que cualquier sibarita anhela probar. En esta nota, 20 escalas ineludibles para que prepares la valija y el paladar.


Imaginá un viaje a México. ¿En qué pensás? ¿En las playas de Cancún y su atardecer, o en el DF y una cochinita pibil en Polanco? ¿Sudáfrica es para ver monos en un safari, o para ir a Ciudad del Cabo y hacer la ruta del vino de Stellenbosch? ¿En Estambul vas a conocer mezquitas, o a visitar el Bazar de las Especias? Si elegís siempre la segunda opción, se puede decir que sos un turista gourmet, de esos que deciden el lugar de sus vacaciones de acuerdo a la oferta gastronómica que encontrarán en destino. Y si estás pensando en tu próximo viaje y todavía no sabés para dónde enfilar, acá vas a encontrar una guía que te va a ayudar a decidir y también a sumar más destinos a tu lista de pendientes: cada uno de estos 20 lugares da ganas de sacar un pasaje sin escalas.

1. St. Martin, capital foodie del Caribe. Para quien busca un destino con gastronomía estelar, pero sin renunciar a las mejores playas del mundo, está St. Martin / Sint Maarten, pequeña isla caribeña dividida en dos mitades, una francesa y otra holandesa, cada una con capital, idioma, moneda, patente de auto y hasta voltaje eléctrico diferenciado. Las infalibles playas abundan en ambos lados. En la comida, los francófonos se imponen. Particularmente, en Grand Case, área por la que la isla es mentada como “la Capital Gourmet del Caribe”, debido, primero, a los tradicionales “lolos”, unos carritos de comida rápida (pescado y mariscos a la parrilla), perdición de Anthony Bourdain. Segundo, por la absurda concentración (medio centenar en un par de kilómetros de costa) de encantadores bistrós y barcitos con vista al mar, propiedad de emprendedores franceses en busca de una vida mejor en tan promisorias latitudes. De Buenos Aires a St. Martin vuela Copa, vía Panamá. En plan gourmet, lo ideal es parar en Grand Case o la diminuta capital francesa, Marigot.

2. Estrellas de San Sebastián. Famosa por su festival de cine, San Sebastián (en vasco, Donostia) puede jactarse también de una de las mayores concentraciones de estrellas Michelin en el mundo. Multipremiados restaurantes en esta señorial ciudad, como Akelarre (de Pedro Subijana), Arzak, Martín Berasategui y Mugaritz (pocos kilómetros a las afueras) tienen menos prensa que los experimentos del catalán Ferran Adrià, pero marcan el paso de la rejuvenecida gastronomía ibérica. Además de estas sofisticadas cocinas con menús de una docena de pasos, la Perla del Cantábrico es célebre por los bares de pintxos. Así es como los vascos llaman a las tapas, las “pequeñas porciones” que van probando en distintas barras del Casco Viejo donostiarra, siempre con cerveza o txakolí, típico vino blanco de Euskadi. Imperdible: en el primer piso del Kursaal, sede del festival de cine, Ni Neu es un restaurante-escuela para iniciarse en el arte de los pintxos.

3. Napa Valley en bici. La archifamosa región vitivinícola de California, a menos de cien kilómetros de San Francisco, impuso el modelo de “ruta del vino” turística como la conocemos. Popularizado entre el público neófito por la película “Entre Copas” (de 2004), el circuito de 50 kilómetros ofrece 120 bodegas abiertas al público entre verdes colinas y villas de casitas bajas, como la pintoresca Yountville, fuera del estereotipo del paisaje yankee. Aceitadísimo producto vacacional, se lo cruza en auto, por supuesto, pero también en bicicleta, tren y hasta globo aerostático (en serio), siempre copa en mano, parando en no solo bodegas sino también galerías de arte, wine spa o conciertos de música clásica. No por nada ocho millones de turistas visitan el valle cada año, con tours de apenas un día o una semana. Consejo: reservar al menos una jornada para el Napa Valley Bike Tour, paseo en bici guiado con paradas de degustación en varias bodegas.

4. Lo que importa es Bruselas. Alemania tiene Oktoberfest; Irlanda, San Patricio, pero el país más divertido para tomar cerveza es Bélgica, sin necesidad de fiestas hypeadas. Bruselas brinda algunos de los bares mejor surtidos en notable birra local e importada y, a la vez, descontracturados y poblados de parroquianos simpáticos. En esta ciudad, que equivocadamente tanto argentino saltea en su gira europea, todo aficionado a la cebada debería chequear el Delirium Café, con más de 2000 cervezas de 60 países (récord Guinness). Queda a pocos metros de la Grand Place, corazón de Bruselas. Cerca, otro inevitable es A La Mort Subite, abierto en 1928 (sin mayores cambios desde entonces), con birra de elaboración propia bajo el mismo intrigante nombre. Si se sigue después por los pubs como A La Bécasse, Le Bier Circus y Moeder Lambic, el tour cervecero no puede fallar.

5. En Copenhague, el mejor restaurante del mundo. La capital danesa se reveló últimamente como una inesperada potencia gastronómica. En parte debido a Noma, según la revista Restaurant el mejor restaurante del mundo en 2010, 2011, 2012 y, vaya, también este año. Portador de dos estrellas Michelin, para sentarse en el boliche de René Redzepi, de cocina danesa recargada, toca reservar con meses de anticipación, estar dispuesto a un menú fijo y abonar 1600 coronas (215 euros, más bebida). Por supuesto que Noma es solo lo más conocido de una escena poco visible fuera de sus fronteras. Si se visita Copenhague, otros sitios para agendar, que están muy bien y cuestan un poco menos (en general por el elegante barrio Christianhavn) son Geranium, Studio, Relæ y Clou.

6. Ecléctica San Pablo. En la ciudad más grande de Sudamérica se puede salir a comer todos los días del año, mediodía y noche, sin repetir lugar ni bajar sensiblemente la calidad. Es que San Pablo, con sus 20 millones de habitantes, tiene una oferta gastronómica notable. Desde el prestigioso DOM, del tatuado Alex Atala, hasta las populares pizzerías del barrio de Bras, como la increíble Cantina Castelões; o Liberdade, gueto de restaurantes japoneses, karaokes con barra de sake y feria fast food dominguera; la comida libanesa, digna de una de las mayores colectividades fuera de su tierra; y las pastas de Fasano o Jardim Di Napoli, en Vila Buarque; o las “embajadas” de distintos rincones de Brasil, como los nordestinos Tordesilhas y Capim Santo, ambos en la recoleta zona de Jardins. Con mínima labor de inteligencia, es simple armar una contundente agenda para un fin de semana largo a solo dos horas de avión de Buenos Aires.

7. Triángulo del Café colombiano. Conocida también como el Eje Cafetero, es una región de larga cultura agrícola y reciente promoción turística. En el centro de Colombia, los departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda son los vértices de un Triángulo donde reina Juan Valdés, entre verdes montañas y haciendas productoras, muchas abiertas al turismo, habilitadas incluso como alojamientos de apreciable estándar. El destino se complementa con zoológicos, museos, jardines botánicos, actividades de aventura y el imponente Parque Nacional Los Nevados. El plato fuerte, obvio, son las degustaciones del mejor tinto (negro) o pintadito (con leche) y, como en cada vez más bodegas, la posibilidad de participar en la recolección y espiar todo el proceso del grano hasta llegar al pocillo.

8. Gran fiesta limeña. No hace falta insistir con el boom de la cocina peruana, pero acaso sí valga agendar su gran fiesta anual, inmejorable pretexto para visitar Lima y sumergirse en sus sabores. Los entusiastas más hardcore del ceviche y el anticucho harán bien en darse una vuelta por la capital peruana entre el 5 y el 14 de septiembre (¿ya es tarde? no hay problema, será el próximo año) y coincidir con la séptima edición de Mistura, feria con el sello de la Sociedad Peruana de Gastronomía, fundada por el movedizo Gastón Acurio. Tendrá lugar en un predio de la Costa Verde de Magdalena, en el litoral limeño, y contará con unos 240 expositores de todo el país para presentar platos y productos bajo el lema “Come rico, come sano, come peruano”, mientras que restaurantes por toda Lima tenderán sus mesas para la ocasión. El año pasado, Mistura recibió medio millón de visitantes y tuvo a Alain Ducasse como invitado de honor. 

9. Nueva Zelanda, más vinos del nuevo mundo. Es lejos, sí, pero para los “completistas” de las rutas del vino, el viaje definitivamente merece la pena: Nueva Zelanda es una de las regiones vitivinícolas más jóvenes, pero también emergentes. Si bien sus bodegas están distribuidas por las dos islas (Norte y Sur) que forman el país, y la principal región productora es Marlborough (cerca de la capital, Wellington), lo más sencillo para un viajero argentino es aprovechar los alrededores de Auckland, principal ciudad y aeropuerto internacional. Ahí, el gran programa es cruzar en ferry público a Waiheke, isla vecina que en los sesenta fue enclave contracultural y hoy se reinventó como un mini Napa Valley con bodegas boutique de Cabernet Sauvignon, Merlot y Cabernet Franc, cálidas hosterías y productores de aceite de oliva, como Rangihoua Estate. De vuelta en Auckland, la ciudad es el polo gastronómico excluyente del país, con su personal mezcla de influencias europeas, polinesias y del sudeste asiático, donde conviven todo tipo de pescados con ciervo y el mejor cordero del planeta, además del culto a la reina kumara (batata) y, claro, al kiwi.

10. Bodegas en Ciudad del Cabo. Johannesburgo, capital sudafricana, es ríspida, agitada, poco turística. Cape Town, segunda ciudad más poblada, es mucho más amable con propios y extraños. Se le suelen dedicar un par de jornadas antes del clásico tour de dos o tres días en auto por la Ruta Jardín, por la maravillosa costa sur del país. Cosmopolita, próspera y moderna, de clima ideal y al pie de la espectacular Table Mountain, Ciudad del Cabo concentra la mejor oferta gastronómica en Sudáfrica, particularmente en el Waterfront, harbour reciclado en restaurantes y bares “a la Puerto Madero”. A las afueras se encuentran algunas bodegas por las que el vino sudafricano ganó prestigio. Lo habitual es tomar un wine tour de un día para internarse por viñedos y sierras bajo el sol franco de los Cape Winelands. No es una ruta del vino sino varias: Stellenbosch, Franschhoek, Wellington y Paarl, con sus bodegas y pequeñas villas de raíz holandesa, del siglo XVII, pero con muy preparada infraestructura turística. Está también el circuito de Constantia Valley, con la joya de la corona: Groot Constantia, la bodega más antigua, con dos restaurantes y museo en un edificio de 1685, monumento nacional.

11. Mercados nocturnos de Bangkok. La capital de Tailandia es una ciudad shopping con modernos centros comerciales y boutiques de lujo, pero también antiquísimas ferias, como el mercado flotante, entre canales, botecitos y puestos de cualquier cosa. Dentro de la inabarcable oferta, una experiencia aparte son los night markets que, justamente abren de noche, aproximadamente de 6pm a 2am, para evitar el calor diurno. Khao San Road, Silom Road, Ratchayothin y Saphan Phut Night Bazaar son ferias de ropa, electrónicos, souvenirs berretas, antigüedades valiosas y la chuchería más bizarra. Pero, también, de puestos para cenar con un par de mesitas de plástico “al fresco” o largos tablones comunitarios bajo tinglados. Quienes despachan tan enigmáticos manjares callejeros no egresaron de ninguna escuela de restauración en Francia ni hablan inglés. Para el visitante occidental, salvo por los noodles y la cerveza Chang, es complicado saber qué se lleva a la boca (¿huevos de calamar? ¿pico de pato? ¿grillos fritos?), pero la sorpresa es la esencia de esta aventura gastronómica after hours.

12. Lisboa: 365 platos con bacalao. Se dice que en Portugal hay una manera de preparar bacalao por día del año. La capital lusa es un extraordinario lugar para comprobarlo. Los barrios antiguos de Alfama, Graça y el Alto, con sus callecitas empinadas, son pródigos en bares y restaurantes atendidos por sus dueños, para agasajarse con bacalhau á bras (revuelto con huevo, papas y aceitunas), pastel de bacalao, caldeirada (guiso) o pataniscas (buñuelos) de este pescado, después de un obligatorio caldo verde (repollo y papas), con precios módicos si se comparan con otras ciudades europeas. Todo foodie hará escala en el Monasterio de los Jerónimos, junto al cual queda la Casa Pastéis de Belém, que prepara a diario unas 20.000 unidades de estos pastelitos con crema que, a pesar de su fama internacional, se siguen haciendo según una receta secreta, por la misma familia desde hace más de dos siglos.

13. México DF: barrios modernos, comida tradicional. La mexicana es una de esas cocinas, como la italiana y la china, que al globalizarse se transforman en un remix no muy auténtico. No queda otra, entonces, que ir a las fuentes para acercarse al verdadero sabor de una gastronomía más “familiar” que realmente conocida. Quien va de vacaciones a alguno de los muchos destinos de playa mexicanos, puede detenerse dos o tres días en el gigantesco Distrito Federal para un programa gourmet. Ciudad de nueve millones, difícil entender por dónde empezar. Quizás valga la pena concentrarse en algunos barrios. El lector de JOY, por caso, podría apuntar a dos: Polanco y La Condesa. El primero es la zona más elegantona, upscale (con un cancherísimo hotel W). Allí brillan La Oveja Negra (de carnes), Los Almendros (la mejor cocina yucateca, con su famosa cochinita pibil) y el contundente Villa María, con sopecitos, chalupitas, tacos de huachinango al pastor y chile poblano. La Condesa, por su parte, suele ser comparada con Palermo Viejo y tiene buena oferta de hoteles boutique y restaurantes de comida autóctona, pero onderos, como la “antojería” chic La Gula de la Condesa, y Azul, del reconocido Ricardo Muñoz Zurita, el “antropólogo” de la cocina mexicana.

14. Whiskey y cerveza en Dublín. Para un buen bebedor, Dublín es Disney. La ciudad de los mil pubs, fuente inagotable de alegrías (y resacas), cuenta además con dos atracciones de alto contenido etílico: la Old Jameson Distillery, edificio de más de dos siglos donde catar el famoso Irish whiskey y conocer la historia de su padre fundador, John Jameson; y la Guinness House, parque temático para fans de la inconfundible cerveza. Luego, pubs para todos: el clásico de clásicos, Temple Bar; el más pequeño del mundo, The Dawson Lounge; los modernosos, como Lillie’s Bordello; los centenarios, como Brazen Head, y hasta uno sin nombre, apenas identificado por un caracol colgado en la puerta.

15. Châteaux de Burdeos. ¿Cómo elegir solo un destino gourmet en Francia? Es imposible, además de innecesario porque incluso en el último caserío fuera del mapa turístico, el viajero menos entrenado chocará con una panadería alucinante, un bistró para tapa de Food & Wine, un vino de colección. Sometidos al juego de apuntar a un único sitio, París garparía, obvio. Pero a la hora de algo menos previsible, se podría encarar hacia Burdeos, puerto no tan frecuente para el argentino. Quinta ciudad más poblada de Francia, queda en la región de Aquitania, sobre la costa suroeste y, se sabe, rodeada por los mejores viñedos de Cabernet Sauvignon, Merlot, Sauvignon Blanc, Semillón, Muscadelle y más. 9000 bodegas producen 700 millones de botellas cada año, con 57 denominaciones de origen controlado. Y, así y todo, les queda tiempo para el turismo. No pocos de los châteaux vitivinícolas ofrecen alojamiento en mansiones de película rodeadas de viñedos, como Chateau Cordeillan-Bages, Château Julie o el suntuoso Grand Barrail. Otra ventaja de Burdeos es su vecindad con otras dos regiones de alto poderío gastronómico: Cognac, por deductibles razones, y el Périgord, célebre por su foie-gras (el mejor, dicen), las trufas negras y los boletus, esos hongos que parecen tallados para escenografía de los Pitufos y alcanzan precios delirantes en los mercados de París. Imperdible: Roque Gageac, pueblito de postal sobre los acantilados del río Dordogne, otra meca de la buena mesa en Francia.

16. La Toscana es más que Chianti. Como en Francia, limitar el vasto menú italiano a solo una ciudad o región es irrisorio. Pero si hay que empezar por algún lado, qué mejor que la Toscana. En el noroeste-centro de la bota, es una de las más relevantes regiones italianas por patrimonio natural, cultural, histórico y económico. Y es también uno de los tesoros vitivinícolas del país que más vino produce (y consume) en el mundo. De Siena, una de las provincias toscanas, son tres famosísimos vinos tanos: Chianti Classico, Brunello di Montalcino e Il Vino Nobile di Motepulciano. Sin embargo, recorrer estos valles es un placer para el que no hace falta beber nada: las stradas panorámicas se internan entre bosques, vides intercaladas con olivos, típicas casas toscanas de piedra y ladrillo, antiguos castillos y ciudades-museo renacentistas, como la magnífica Montepulciano, que quitan el aliento.

17. Tokio: comiendo en las alturas. En Tokio no hay que explorar mucho para vivir una experiencia culinaria inédita. La aventura puede arrancar comprando chicles en el primer kiosco del aeropuerto de Narita. No obstante, para ponerle condimento extra a la capital nipona, vale largarse a descubrir sus restaurantes metidos en lo alto de grandes edificios. Como Tenmasa, en el piso 35 de la moderna torre Marunouchi, en el barrio business de Chiyoda, donde el chef Takayuki Nonaka fríe tempura en una combinación de cuatro aceites distintos para un puñado de comensales en el suelo. El ambiente en Tenmasa, en un living de cinco por cinco, sugiere que no existe un mundo fuera de sus cuatro paredes. Y, sin embargo, solo en el mismo piso funciona otra media docena de restaurantes de sushi o tepannyaki, con idéntica vista panorámica. Lo mismo que Fumio Kondo, en el noveno piso de un edificio de oficinas en Ginza, y Misono, el especialista en carnes Kobe del piso 51 (¡!) de la torre Shinjuku Sumitomo, en Shinjuku. No es fácil encontrarlos, pero la comida y las vistas compensan.

18. Marrakech: las mil y una cenas. Quizás por influencia de la literatura y el cine, las laberínticas callecitas de esta ciudad hacen que el forastero se sienta en una ficción romántica, misteriosa y exótica. Más aún cuando se traspasa alguna de esas austeras puertas que dan a un pasillo que conduce a un patio y una fuente, que derivan en, ¡sorpresa!, un restaurante oculto, pero impecable, de los que abundan en estos milenarios pagos. La cultura gastronómica (recordemos que Marruecos fue protectorado francés de 1912 a 1956), tanto por la cocina en sí como por el dedicado servicio y la delicada decoración de las casas, sorprende luego de la caótica primera impresión que genera la imperial urbe marroquí. Cuscús, tajine, kefta, kebab y la sopa harira son nombres que los turistas conocen desde sus países de origen, pero acá se redescubren, entre otras razones por las especias recién traídas de los mercados de la Medina.

19. Londres, siempre Londres. Pocos audaces recomendarían Londres por la comida estrictamente local, salvo el fanático del fish and chips o las salchichas con puré. Pero la capital británica sí es un gran destino gastronómico, aunque más no sea por lo que toma prestado de medio mundo. En Londres, plaza apetecible como pocas, con una clientela sofisticada, cosmopolita y pagadora, están algunos de los mejores restaurantes indios, japoneses (un Nobu, por ejemplo), de ostras, de carnes sudamericanas (como Gaucho, con Fernando Trocca como chef ejecutivo) y cualquier otra variante con la que se pueda fantasear. En muchos casos a precios estratosféricos; en otros, no tanto, como ocurre con las accesibles pero cumplidoras curry houses. Como si eso fuera poco, la clásica “comida de pub” vive un virtuoso revival. Aclaración: igual, Londres siempre vale la pena así sea con una dieta de pescadito y papas fritas durante una semana.    

20. Estambul está más cerca. Desde el año pasado, Turquía está un poco más cerca. Es que Turkish Airlines comenzó a volar Buenos Aires-Estambul y la nueva ruta causó un efecto inmediato: de pronto, Turquía se puso muy de moda entre los viajeros argentinos. Justo a tiempo, porque Estambul ya venía dando que hablar a nivel internacional, con el atractivo único de su privilegiada posición geográfica y cultural, un pie en Oriente y otro en Occidente. En la capital, el turista foodie no puede perderse el Bazar de las Especias, también llamado Bazar Egipcio, uno de los antiguos zocos, excelente para comprar especias, dulces y frutos secos, a pocos pasos del Puente de Gálata y la Nueva Mezquita.

Por Daniel Flores
PH: Gisela Filc

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