12.08.2013

La absurda idea de los restaurantes temáticos

Mikel López Iturriaga, a cargo del blog de El País "El Comidista" hizo un descargo en contra de los lugares en los que la comida se sirve de acuerdo a una decoración o idea muchas veces ridícula.


Personas con ideas de bombero hay miles, pero algunas, como Henry Mulyan, merecen un lugar especial en el altar de la estulticia humana. Por motivos que escapan a la razón -o, bueno, simplemente por dinero- este señor pensó en 2011 que abrir un restaurante de temática nazi en Bandung (Indonesia) era una idea guay.

Y allí que se lanzó: encontró un local, lo puso bien chulo decorándolo con esvásticas, carteles nazis, retratos gigantes de Hitler, recuerdos de la guerra y otras mierdas muestras de memorabilia fascista, y lo llamó SoldatenKaffe, en un precioso homenaje a las cantinas de los militronchos alemanes. Después disfrazó a los camareros de soldados y se puso a servir maravillas como "nachos alemanes", "curry wurst", "espaguetis marinara" y "nidos de pájaro".

 

 

El uniforme y merchandising de SOLDATENKAFFE

 


Aparte del hecho de que haya sobrevivido dos años -ergo ha habido gente que ha comido allí y le ha parecido lo más normal del mundo-, lo más alucinante del caso es que no ha sido noticia hasta la semana pasada, después de que un periódico local en inglés hablara de su existencia y la indignación se extendiera en las redes sociales. Las autoridades se vieron obligadas a reaccionar y pedir explicaciones a Mulyan sobre "los motivos que le llevaron a abrir el restaurante", además de recordar la obviedad de que los emblemas nazis del local "son reconocidos internacionalmente como símbolos del racismo y la violencia".

Como si fuera un político español, el dueño del SoldatenKaffe ha culpado a los medios de manipulación en vez de asumir su responsabilidad. Mantiene que su restaurante no defiende ninguna idea política, que él no es pro nazi ni racista, y que simplemente quería atraer clientes nativos y turistas con los recuerditos hitlerianos. Por lo visto, lo de asumir que su local celebra el recuerdo de un régimen infame que exterminó a millones de personas no entra por ahora en sus prioridades.

Yo le recomendaría expandir su negocio abriendo el Killing Fields Café, decorado con calaveras del genocidio de los jemeres rojos en Camboya, o el Idi Amin Tapas Bar, donde podría servir pinchitos de carne humana traída de Uganda.

Por razones de cercanía con la tragedia del Tercer Reich, es difícil imaginar la existencia de un lugar como el SoldatenKaffe en Europa. Es como si en España tuviéramos un restaurante temático del franquismo. Ah, perdón, que sí lo tenemos: está en Despeñaperros y se llama Casa Pepe. Bueno, pues como si existieran bares que rindieran homenaje a ETA. ¿Aunque no eran eso las herriko tabernak? En fin, mejor no establecer comparaciones tan cercanas, que de sensibilidad hacia las víctimas de barbaridades parece que por aquí no andamos muy sobrados.

Quizá el engendro de Bandung sea la manifestación más aberrante de un concepto ya de por sí bastante satánico: el de los restaurantes temáticos. Los ejemplos macabros no faltan por todo el mundo, desde el fallido Buns & Guns de Beirut, donde se servían sandwiches M16, hamburguesas-mortero y un "menú del terrorista" (vegetariano), hasta el Eternity de Truskavets (Ucrania), con forma de ataúd gigante y dedicado a la muerte, pasando por los más claros antecedentes del SoldatenKaffe, el Hitler's Cross de Bombay y el Adolf Hitler Techno Bar & Cocktail Show en Busan (Corea del Sur).

Otros no menos imposibles se tiran a lo escatológico o a lo sexual, como los restaurantes-retrete Modern Toilet de Taiwán, o el Cabbage & Condoms de Pattaya (Tailandia), único establecimiento gastronómico del mundo centrado en la anticoncepción. Por extremos y definitivamente casposos, algunos de ellos pueden tener su gracia: no me atrevería a jurar que si paso por Fargo, Dakota del Norte, no iría a visitar el Space Aliens Grill Bar.

 


 

Sin embargo, la inmensa mayoría de los restaurantes temáticos son lugares tristes, de perdedores, en los que sabes que vas a hacer el primo comiendo mal y pagando una pasta por ver cuatro monigotes colgados de las paredes. Por causas que se me escapan, en España molan los eróticos, los medievales y los de terror: cada veo anunciados sitios del estilo El Castillo de las Tinieblas o El Templo del Placer, me pregunto de dónde surge esa necesidad de cenar en una cutrez de cartón piedra en vez de hacerlo en un restaurante normal y después irte a ver una peli de miedo o una porno.

Supongo que podemos culpar de la existencia de los theme restaurants a los estadounidenses, inventores del concepto con los tiki bars en los años treinta y máximos exportadores desde los setenta a los noventa a través de cadenas como Planet Hollywood o Hard Rock Cafe. Para mí esta última resume a la perfección la maldad intrínseca de todo restaurante temático: su capacidad para juntar dos cosas potencialmente placenteras -en este caso, la comida y el rock- para producir con ellas una experiencia infernal.

He estado un par de veces en las sucursales de Madrid y Barcelona, y ahora mismo no se me ocurre peor suplicio que comer una hamburguesa con los grandes éxitos de Aerosmith, Extreme y Santana sonando a todo volumen. Bueno, sí, comerla con los grandes éxitos de Phil Collins.

 


 

La buena noticia es que los grandes restaurantes temáticos entraron en declive con el cambio de siglo. Al menos en Occidente, porque en Asia su friquismo sigue gustando mucho. La tendencia a la baja pudo tener como precursor al Fashion Cafe, aquel despropósito de restaurante sobre la moda -como si la gente de la moda comiera- impulsado por Naomi Campbell, Claudia Schiffer y Elle McPherson que acabó como el rosario de la aurora. Dive!, el comedor-submarino de Steven Spielberg, no corrió mejor suerte, y Planet Hollywood ha quedado reducido a seis restaurantes en EEUU, uno en Londres y otro en Disneyland Paris.

Y es que superada la novedad, ningún ciudadano local en su sano juicio parece dispuesto a malgastar dinero en establecimientos en los que la comida es vulgar y el servicio arrabalero, por lo que sólo funcionan en lugares con gran afluencia de purria turística. Yo, desde luego, no los piso ni en el mayor de mis colocones, y a no ser que me abran una réplica exacta de la cantina de Mos Eisley debajo de casa, continuaré así hasta el final de mis días.

Vía El Comidista- El País

 

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