03.01.2016

La última moda: vinos de alta gama sin madera

Aquel furor que nos obligó a llenarnos la boca de tintos recargados de roble, ahora cruzó de vereda. Vinos top, pero sin tanto maquillaje.


Hasta hace poco, lo escondían debajo de la alfombra. Un vino sin madera era un sacrilegio, pero un tinto de alta gama que prescindiese de ella rozaba el sinsentido. Así como en la cocina sofisticada se creía que jamás podía faltar caviar (huevas de salmónidos coloreadas incluidas), en el vino top, el roble fue siempre imprescindible.

Pero ahora cambia la moda y lo que más vale es la pureza. Así, vemos cómo salen airosamente del closet algunos Malbecs, Merlots y compañía que, orgullosos, revelan su pura fruta, su uva desnuda como llegó al mundo, sin esa purpurina francesa que tanto y tanto gusta a las multitudes.

La madera le da al vino un plus, eso lo sabemos. Es como la sal en la comida: su uso exacto es clave. Pero hasta ayer era inconcebible animarse a un vino que en precio superara las tres cifras y se declarara libre de roble. ¿Acaso eso les hace perder potencia? ¿Les serrucha el potencial de añejamiento, les recorta complejidad, los hace menos atractivos? Ahhhhh, nada de eso. Mirá estos 8 recomendados, cruzá a la góndola y descubrí lo lindo que les queda el naturismo maderero.

Colomé Auténtico 2013 ($380). Este cuento comenzó en 1998, cuando el magnate suizo Donald Hess llegó a tierras salteñas y descorchó un tinto que lo obnubiló. Era un Malbec puro que relataba en pocas palabras la esencia sanguínea de esa tierra roja de sol candente de verano a verano. Compró Colomé, revitalizó la bodega más antigua de la Argentina y, varios años después, quiso repetir aquel tinto que aún guardaba en la memoria. Hizo uno auténtico. Sin madera, sin levaduras de laboratorio, sin mayores intervenciones. Un Malbec negro como la noche, de viñedos viejísimos y un pasado traído a la realidad con contundencia y una historia deliciosa para contar.

De Ángeles Sin Roble Gran Cabernet Sauvignon 2014 ($290). La etiqueta lo cruza a los cuatros vientos: ‘Muchachos, acá a la madera la vemos desde lo lejos, y eso nos infla el pecho de orgullo’. 529 botellas es una producción, digamos, minúscula. Un escaso de verdad. Su enólogo, Juan Manuel González, primero sorprendió un tiempo atrás con un Malbec de este estilo que encantó a todos. Era la demostración palpable de que no siempre se necesita aliarse al roble para conseguir esa dosis extra de complejidad que hace volar los sesos después del descorche. Y ahora esta novedad que redobla la apuesta de la mano de la tensión del Cabernet, llevándolo a un nuevo escalón.

 

RD Cabernet-Malbec 2014 ($290). Bodega Tacuil fue pionera y que se entienda bien. No hablamos de “una de las pioneras”; Tacuil fue realmente la primera en todo esto. Hace aproximadamente una década, cuando por nuestros pagos nadie se animaba a lanzar un tinto adelgazador de billeteras sin roble, la bodega salteña hacía patria. Y tenía para contrarrestar: pocos tintos tan intensos como este blend de 15,2% de alcohol y ese perfil bestial del norte que alcanza complejidades asombrosas sin demandar madera. No hay clarificaciones, no hay filtrados, no hay tecnología de punta más que un know how que Raúl Dávalos maneja al dedillo desde hace añares. Un tinto puro, literal, que produce la mejor sensación y el mayor de los aprendizajes: descoloca.

Zorzal Eggo Filoso Pinot Noir 2014 ($265). Juampi Michelini es un tipo al que hay que conocer. Un acaramelado de lo propio, de las tierras de Tupungato, de la música que retumba sin paz entre las paredes de hormigón de Zorzal Wines, su casa. Esa filosofía despojada, entre lo austero y lo místico, la replica en cada una de sus etiquetas, creando blancos y tintos de carácter que siempre están en la vereda de enfrente a las reglas. Acá no hay madera, pero toda la historia por detrás es mucho más interesante. Racimos enteros que se meten directo dentro de (los tan de moda hoy) huevos de cemento para vinificar, haciendo primero una maceración carbónica y luego durmiendo un tiempo más entre el cemento. El roble, lejos. El Pinot, a flor de piel.

Vinilo Bonus Track Blend 2012 ($250). Tal vez nunca escuchaste hablar de ella. Se llama Underground, y es una bodega nuevísima comandada por el mendocino Marcelo Franchetti, administrador de empresas a punto de terminar la carrera de enología. Este tinto es una cofermentación de mayoría de Malbec y unos toquecitos de Cabernet Franc y Cabernet Sauvignon, de alcohol alto y los huevos de cemento al natural para reemplazar eso que otros buscan en la barrica. Eso sí: la producción es chiquita y las botellas se consiguen de a cuentagotas solo en www.ozonodrinks.com.ar

 

Diverso Syrah 2013 ($248). Cuando hablamos de botellas provocadoras, Matías Michelini lleva ventaja. Este vino, brotado de su proyecto Passionate Wine, es bellísimo por su concepto, pero no solo desde lo enológico. Que es un Syrah sin madera ya lo suponemos, pero lo lindo es lo que lo rodea; su estética naif garabateada por Nina Michelini, el papel reciclado de la etiqueta y el objetivo final: parte de lo recaudado por las ventas es donado a una escuelita de Tupungato. Huevos de hormigón, 14% de alcohol y lo salvaje del Syrah cuando se lo deja ser, sin tanta mano enológica intrusa que borre lo puro de una de las uvas más especiales (y tristemente menospreciadas) que existen por estas tierras.

Tempus Alba Merlot 2011 ($175). No es para el autoflagelo, pero vendría bien que al menos nos lo planteáramos a modo de mea culpa. ¿Por qué te tenemos tan abandonado, querido Merlot? Una uva tan noble, que evoluciona de forma tan paqueta… ¿Por qué hablamos tan poquitito de vos? En la góndola es difícil de vender y ya pocos lo piden en el restaurante. Pero cuando lo probás, difícilmente no quedes embelesado. Acá, Tempus Alba modela un varietal esculpido a la perfección, con los años que le sientan tan bien y se reflejan en esa nariz cubierta de hongos, de mermelada, de tierra mojada. Sin madera, claro, y sin escalar tan alto en los precios tampoco. Si hace tiempo venís esquivando al Merlot, con éste podés redescubrirlo.

JiJiJi Malbec-PinotNoir 2015 ($130). Dos cepas que difícilmente veas juntas y que, encima, desde el minuto cero se vinifican al unísono. ¿Qué vas a encontrar? El olor innegable a témpera de labrett (así es como los amigos le llamamos al hongo brettanomyces, un defecto –o no– que presente en su justa medida llena de complejidad).Un poquitín de burbuja. Alcohol de apenas 12%. Gerardo Michelini y Andrea Mufatto son las manos detrás de este tinto mendocino singular, lleno de desparpajo y con una vitalidad que la madera solo podría opacar. De aquí que se entienda a la perfección la elección de prescindir de ella, sin por eso restarle atractivo. No es fácil de encontrar, pero si por la web o en la vinoteca te topás con esta botella (de estética impecable, por cierto), no lo dudes un segundo. Descorcharla es aprender. Un vino distinto a todo lo que probaste antes.

¿CUESTIÓN DE MODAS?
Hoy estos vinos están candentes, pero la movida es reciente. En JOY hemos hablado muchas veces del vuelco que han dado las bodegas en el último tiempo para dejar de manufacturar tintos híper concentrados y llenos de roble y dejar que la uva hable por sí sola. Pero ese fin no solo se consigue timoneando al extremo de prescindir por completo de la mano maderera. Así es como hoy se consiguen cada vez más ejemplares de alta gama (esos que cuestan un Perú pero nos hacen quedar como duques en el mundo) en donde la barrica clásica bordelesa de 225 litros se reemplaza por toneles de mayores dimensiones, haciendo que la relación vino-roble sea mayor y, por ende, menor el impacto. Colonia Las Liebres Bonarda Reserve ($219) y Gran Enemigo Cabernet Franc Single Vineyard Gualtallary ($900) son dos de las decenas de ejemplos argentinos que dejan a un lado la barrica y la reemplazan por foudres por encima de los 2000 litros. El resultado es sutil, y probablemente imperceptible para el bebedor apurado, pero el fin es claro: desnudar al vino de madera o, al menos, hacer que eso parezca.

Por Mariano Braga

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