08.01.2010

Las 7 metamorfosis del vino, según Alejandro Rozitchner

El filósofo y escritor Alejandro Rozitchner vuelve a llenar la copa de la reflexión. Aquí nos cuenta porqué el vino se transforma en alegría, confianza, ideas, libertad, violencia, poesía y trabajo.


En el baño del bar Downtown Matías de Belgrano R hay un cartelito que dice: “Departamento de cerveza usada”. Es un buen chiste, o al menos a mi me hace siempre mucha gracia (tal vez porque llego un poco entusiasmado ya por lo consumido), pero también sugiere la idea de que las bebidas que uno ingiere transmutan, no sólo en lo que nuestro cuerpo elimina, sino en muchas otras cosas. Aquí una lista parcial de las cosas en las que el vino se transforma:

1. Alegría.
El vino agrega contento a nuestras vidas, inyecta felicidad a la existencia, dándole brillo a la vida cotidiana. Allí donde veíamos poco o nada, de repente aparecen sentidos felices, afirmables. La experiencia se pasa en limpio, se asume, se comprende. El vino es una especie de sangre de uva y alcohol que se mete en nuestra propia sangre y le contagia una felicidad de existir, como si nosotros adoptáramos por un momento la perspectiva de ser una planta tranquila cerca de alguna montaña, y pudiéramos sentir las estaciones, la luna, la rotación de la tierra, de un modo tranquilo y simple. El vino se transforma en alegría de ser.

2. Confianza.
O densidad: el vino se hace consistencia, da relieve a nuestras miradas y sentimientos, los hace más enteros, más plenos. Al fortalecer una especie de autoestima esencial produce un debilitamiento de las dudas, de los temores, de nuestras zonas indefinidas. El vino se hace espesor de emociones que ocupan su espacio sintiéndose ahora legítimas. Conscientes. Aceptadas.

3. Ideas.
El líquido se vuelve idea, ocurrencia, enfoque nuevo de cosas viejas o da lugar a un asomarse a lo desconocido seguro de encontrar algo. Al entrar en la corriente sanguínea la uva fermentada fermenta también en formaciones imaginarias, en esas apariciones fantasmáticas o espirituales a las que llamamos ideas, objetos de mente, chispas de conocimiento, pasos en el camino evolutivo existencial. Se nos ocurren cosas al beber, y creemos que son cosas nuestras: mentira, es lo que el vino nos puso adentro. Ese es el mítico genio de la botella: el vino son dosis de pensamiento.

4. Libertad.
Movimiento espontáneo, soltura, gracia. Solemos decir que el alcohol desinhibe. Otra vez presentando la versión de que somos nosotros los que hacemos brotar tanto donde parecía no haber nada. No es así: el vino es libertad líquida, libertad apresada en vidrio que se libera en los cuerpos que la ingieren. Hay libertades claras y libertades rojizas. Libertades frías o más cálidas. Libertades que potencian y libertades que atragantan o hacen doler la cabeza. La ingesta del vino es una experiencia fisiológica de libertad.

5. Violencia.

A veces el vino trae irritabilidad, intolerancia, transmuta en agresividad. Hace pelear cuando no habría en realidad tanto motivo. Se hace rispidez, comentario ácido, intolerancia. Nos ceba. Su alma es lábil, su benignidad de base puede trocarse en deseo de venganza y ajuste de cuentas. En temas pendientes abordados destempladamente, para evacuar bronca y no para solucionar nada. Y no hay método para evitar estas metamorfosis poco convenientes: los caminos del vino son en parte insondables, hace lo que quiere. ¿Cómo íbamos a pensar que esa botella que tan dignamente nos miraba en el supermercado ahora depositó en nosotros su mala onda tanto tiempo encerrada?

6. Poesía.
El líquido se hace también a veces verso, sutileza, percepción oculta de figuras trascendentales, abarcativas, se derrama en una estetización que produce embriaguez poética aunque no garantiza, por supuesto, su calidad. ¿Es necesario tomar vinos caros para hacer poesía de alto vuelo? ¿Acaso no se puede plasmar el alma del mundo en palabras con una botella barata? El arte no acepta la determinación económica con facilidad: las mejores obras no provienen de las situaciones más descansadas. La poesía del vino a veces viene en forma de canto, de grito y de abrazo compañero. Minimalista no es.

7. Trabajo.
Sí, aunque suene raro. El vino se hace tarea realizada, energía para seguir y para intuir nuevos pasos, para poner las ganas de hacer en marcha y desatar los nudos en los que la producción se traba. El vino es, a veces, y tal vez no para todos, productivo. Sí, claro que el alcoholismo destruye la vida laboral, pero estamos hablando del vino, no de la patología que se sirve de él para anular sus posibles rumbos. El vino trae riqueza, obra, proyecto: se transforma en camino de elaboración y crecimiento. Crecieron esas uvas en una tierra lejana: crecemos ahora nosotros regados por su energía creativa. El vino nos trae ganas de hacer y de crecer, permite que abordemos con una osadía nueva decisiones productivas muchas veces postergadas.

La lista sería interminable. Las metamorfosis del vino deberían ser observadas con mayor detalle en el contexto de cada vida particular. Esta investigación debe continuar. Superemos la mirada estrecha que nos hace creer que lo que es líquido sólo puede seguir siendo líquido. El vino bebido se transforma en otras cosas. Beba con devoción, respete las transmutaciones potenciales.

Por Alejandro Rozitchner

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