16.06.2012

Miguel Reigosa, el rey del whisky

Su asociación Whisky Malt Argentina reúne a clientela de alta gama. Tiene un bar, un programa de tele, una revista y la colección de botellas más grande del mundo. ¡Esto es verdadero amor por el whisky!


Miguel Angel Reigosa asegura tener 2701 hijos. Uno de ellos es humano. Se llama Lorenzo y nació el 15 de febrero de este año. Los demás son botellas. Las botellas de whisky que conforman su colección personal que, jura, es la más grande del mundo y actualmente descansa en un depósito de Parque Patricios mientras espera salir a la luz para ser exhibida en un futuro Museo del Whisky. “Estamos buscando el predio por todos lados”, se entusiasma.

Porteño de 49 años, Reigosa pasó de simple amante del whisky a ser una referencia para los fanáticos argentinos del destilado escocés, particularmente de los single malts (ver recuadro). A principios de los años ’90 creó la asociación Whisky Malt Argentina que hoy reúne a 3100 socios, quienes tienen acceso a catas, degustaciones y la posibilidad de comprar algunas etiquetas que él importa exclusivamente. ¿Querés probar una curiosidad como Connemara irlandés, un Glenfarclas 15 años, un exótico Bruichladdich Sherry Classic, añejado en barricas de jerez? No los vas a ver en ninguna vinoteca, ni freeshop de la región: sólo los podés comprar si pagás 100 dólares anuales para sumarte al club, o pedir una medida en la barra del Café de los Incas, otra pata fundamental del proyecto de Reigosa.

Café de los Incas es el curioso establecimiento que regentea desde 1993. Situado en Belgrano R, en la esquina de Avenida de los Incas y Tronador, de afuera parece un café de barrio. Pero en su interior esconde una de las más importantes ofertas whiskeras del país: 240 etiquetas. Allí recibe a JOY Reigosa, de remera blanca, saco de pana azul. En su solapa izquierda brilla un prendedor dorado con el escudo de la Whisky Malt Argentina. “Al principio hacía apuestas con los clientes de acá: si me pedían una botella y yo no la tenía, les daba gratis el whisky que quisieran”.

¿Alguna vez perdiste?
Sí, varias veces. Pero perdí realmente con amor y con ganas, te digo la verdad. Para ser un ganador tenés que aprender a ser un buen perdedor.

¿Cómo empezaste? ¿Cuál fue tu primer whisky?
Empecé a los 14 años. Después de una borrachera importante con amiguitos, mi padre nos habló a todos y se encargó de llamar a los padres de cada uno de ellos. Les contó la verdad y nos citó para la noche siguiente en mi casa. Mi papá tenía la suerte de viajar mucho por el mundo. Le gustaba mucho el Old Parr. Y nos dijo a todos que cuando saliéramos (nunca nos faltaba el dinero para salir, gracias a Dios), buscáramos productos nobles. “Prueben cosas como ésta”, dijo. Y nos sirvió Old Parr. Dos de mis amiguitos dijeron “Uh, ¿qué es esto?”, pero a los demás nos gustó. Y empecé con el whisky.

¿Qué habían tomado la noche anterior?
Daiquiris, que no eran como los que hay ahora, que vas a cualquier lugar y te los preparan con productos de calidad. Antes te daban cualquier cosa. Jamás volví a tomar otra cosa que no fuera whisky. Puedo llegar a tomar un porroncito de cerveza, pero no tomo vino, no tomo nada: me gusta el whisky, nada más que el whisky. Es lo único que tomo, hasta para almorzar, para cenar. Es mi locura, es mi pasión.

¿A qué te dedicabas antes de hacer todo esto?
Soy maestro mayor de obras, pero trabajaba en una casa de deportes. Me tenían como modelo de Adidas. Tenía 18 años y tuve que hacer el servicio militar en la época de Malvinas.

¿Fuiste a Malvinas?
Sí, estuve yendo y viniendo transportando los helicópteros Bell UH 1H hasta el primero de mayo (de 1982). Me pegó mucho. A partir de ahí empecé a viajar. Importaba perfumes y relojes en esa época. Hasta que vi una vez al que era gerente general del grupo Codorniu. En esa época todavía no estaban ellos acá. Cuando vinieron a la Argentina no se conocía otra cosa que Glenfiddich. Nadie sabía que era un single malt. Y me regaló esa botella. La probé con él acá, como cliente del Café de Los Incas y me encantó. Después, empecé a traer botellas de los viajes. Esto fue en 1988.

¿Café de Los Incas ya existía en esa época?
Se inauguró en 1986, para el mundial de México. Yo lo compré en 1993. Cada vez que viajaba traía dos botellas: una la guardaba en una repisa y otra la quería compartir con todos mis amigos. Llegué a tener cien botellas. En 1993 cuando compro Café de Los Incas digo “bueno, voy a comprar las mismas botellas para el café”. Y empecé a llenar esta barra. Y era algo muy loco, porque eran todas marcas que nadie conocía.

Y seguías viajando.
Sí, siempre viajando. A mí me gustaba mucho la filatelia porque lo había heredado de mi padre, pero me di cuenta de que mi pasión era el whisky. Y empecé a buscar y a encontrarme con coleccionistas del mundo. Cada vez que estaba en un Duty Free de Londres o de Miami, o de cualquier lado, si encontraba un argentino mirando un single malt, le pedía los datos y le daba los míos. Después nos juntábamos y bueno…. así llegamos a juntarnos cuatro personas. Hoy quedé solo porque todos se fueron del país. Gente muy linda. Alquilábamos una casona en Belgrano R para degustar los whiskies. Y otra en Villa Devoto.

¿Se alquilaban una casa sólo para degustar whisky?
Sí, te alquilaban la casa por día.

¿Y por qué no lo hacían en un departamento?
Y no sé, porque estábamos re locos, cada uno con su botella, una valijita. En una casa no nos molestaba nadie. Era cuestión de hablar del producto y fumar habanos. La pasábamos realmente muy bien. Después salíamos a cenar. Se fueron ellos y me quedé solito. Entonces, al que hoy es mi socio del Café de Los Incas, le propuse armar un club de whisky.

Con franquicias en Córdoba, Venado Tuerto, Calafate, La Plata y Rosario, y planes de desembarcar en Salta y en otros países como Uruguay y Paraguay, Whisky Malt Argentina hoy cumple un rol fundamental en el mercado del whisky argentino. Sus socios son conocedores, curiosos y de buen poder adquisitivo. Es decir, el target que tienen en la mira las grandes distribuidoras para sus productos de alta gama. De hecho, Reigosa asegura que vende el 50% de los single malts que se comercializan en el país y que a través de la asociación se despachan 6000 botellas mensuales. Así es como empresas delegan en él la distribución de marcas que les cuesta mover en vinotecas o supermercados, como por ejemplo Whyte & Mackay o el codiciado single malt The Dalmore, cuyo representante local es Wine Supply.
    
Mientras tanto, viaja a Escocia dos o tres veces por año, contacta a las destilerías para importar productos directamente e invita al país Master Blenders y Master Distillers para dar charlas y degustaciones, como Collin Scott (de Chivas Regal) o Richard Paterson, de Whyte & Mackay, que tiene agendada su visita en septiembre.

Paralelamente, tiene otros proyectos: el programa de televisión Mundo Whisky que se transmite desde hace seis años en Canal Metro, una revista homónima, la Fiesta Nacional del Whisky que cada año convoca a unas 2000 personas y en 2012 tendrá su novena edición y el lanzamiento de productos propios como el agua William Wallace, elaborada en Venado Tuerto, ideal para beber maltas gracias a su bajo contenido de sodio (0,0003%): así se abre el sabor del whisky en boca y se suaviza el impacto alcohólico en la nariz.

En el imaginario popular hay dos estereotipos de consumidores de whisky. Por un lado está el prototipo sesentón como el Coco Basile. Y después está la gente que aparece en los eventos de las grandes marcas en Punta del Este, los jóvenes cool. ¿Quién es hoy el consumidor argentino?
El público de treinta años.

O sea, el tipo que está en la playa.
Sí. Es más similar al tipo que está en la playa en Punta del Este. ¿Sabés por qué? A nosotros nos ha llamado mucho la atención: en un lapso de cinco años ha bajado el promedio de edad entre diez y quince años (entre nuestros socios). Y eso es lo bueno, lo que queremos nosotros: que la gente joven se vaya sumando a la Whisky Malt y sobre todo las mujeres. Tenemos cursos para mujeres nada más. Dentro del padrón nuestro tenemos un 16% de mujeres, o sea que son casi 500.

¿Compran whiskies para beber o para coleccionar?
Te encontrás con muchos personajes. Hay gente que guarda para coleccionar y al rato viene y te pide otra botella porque dice: “no aguanté más y la tuve que abrir”. El 90% de los casos es así. Tengo, por ejemplo, un socio del club que hace asados para todos nosotros. Es fanático del Royal Salute (cuyo valor de mercado es de aproximadamente 800 pesos). Se compra cinco cajas por mes y hacemos el asado con Royal Salute. Te encontrás con locos así.

¿Es cierto que te divorciaste por el whisky?
Es que mi ex mujer no le prestaba mucha atención. Era abogada, qué sé yo… yo compraba botellas, venía de viaje y las dejaba detrás de una puerta, porque en esa época tenía la colección en la casa de mi madre, que tenía nueve ambientes. Le llené la casa. Entonces yo dejaba una botella y ella me decía (pone cara de asco): “¿Me hacés un favor? ¿No llevás esto a la casa de tu madre?”. No sentía mi pasión. Y cuando yo viajaba a Escocia me decía “siempre a Escocia, ¿no te aburrís?” Y la verdad que no. Eso fue fundamental para que me separara de mi mujer; no estaba de acuerdo con mi pasión. Las vueltas de la vida me dieron sus frutos, y me di cuenta de que no estaba equivocado en su momento. Seguí a muerte con esto.

¿Cuánto whisky tomás por día?
Hay días que ni tomo. Y cuando lo hago trato de disfrutarlo, no buscarle el efecto del alcohol, sino la pasión, el sabor, encontrarle cosas diferentes a cada producto. No pasa por embriagarte. Y la mayoría de los socios son así. Buscan el placer.

TOMAME Y DECIME MALTA
Quienes no son whiskeros entendidos tal vez no sepan qué son exactamente los single malts que busca propagar Reigosa en el país. Sintéticamente: los whiskies más vendidos del mundo, como Johnnie Walter o Chivas Regal, son blends elaborados con una mezcla de whiskies de malta y de grano, provenientes de diferentes destilerías. Esas destilerías, además, embotellan sus maltas puras. Esas son las exclusivas single malts, es decir: whiskies de una sola malta. Al beberlos, se perciben claramente las diferencias entre una y otra según su añejamiento y la región escocesa en la que fue elaborada. Nada tiene que ver, por ejemplo, una malta suave de Speyside, como el Glenlivet o el Glenfiddich, con una ahumada y salina de las islas, como el Caol Ila. Ese es el consumo refinado que apunta a difundir Reigosa. “Hoy se venden al público blends a $240, pero por ese precio podés conseguir un single malt como Tomatin, de 12 años. Podés traer productos de altísima calidad a precios más bajos. Las multinacionales traen casi todos blends porque es lo que más les conviene en este mercado en el que somos muy pocos los que realmente amamos el single malt”, argumenta.

Por Claudio Weissfeld

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