03.07.2014

Old fashioned wines: los clásicos, más vigentes que nunca

Mientras las bodegas se desviven por hallar nuevos estilos e identidades, los consumidores siguen prefiriendo los vinos más tradicionales. ¿Cuáles son los consagrados?


Al leer libros clásicos, como Cien años de soledad o incluso La Ilíada, uno se siente a gusto: hay algo en la comodidad de conocerlos de antemano que nos hace sentir en una casa confortable y codiciada a la vez. Lo mismo sucede con las películas de Hitchcock o Fellini, por ejemplo. Y también con los vinos más tradicionales, aunque con una diferencia: mientras en el mundo de la literatura y del cine las nuevas obras conviven pacíficamente con las viejas, en la góndola vínica los tintos clásicos como Enzo o San Felipe Caramañola se juegan el prestigio a diario frente a ejemplares jóvenes y dispuestos a desbancarlos.

No obstante, los nuevos vinos no ganan la batalla. La razón es simple: es muy difícil conseguir que una marca sea conocida y que, una vez aceptada por una mayoría, se sostenga en el imaginario popular por largo tiempo. Así es que, mientras muchas bodegas invierten grandes fortunas en vender, las etiquetas clásicas se venden solas. Cepa Tradicional, de La Rural, coloca 1200 cajas por mes –sobre todo, en vinotecas y restaurantes– sin recibir un solo elogio de la prensa. Bodegas López elabora 120.000 botellas por año de su clásico Montchenot y siempre agota su stock. La pregunta se cae de madura: ¿qué precisa un vino para ser un clásico con eterna vigencia?

ANTIGUOS Y ÚNICOS
Dos cualidades definen a un vino clásico. La primera es la permanencia en el tiempo: de la infinidad de vinos elaborados en las últimas décadas, solo unos pocos lograron atravesar la barrera de los diez años. La de los veinte, muchos menos. Montchenot es un ejemplo positivo: fue lanzado en 1966 al mercado como un tinto de alta gama y hoy lo sigue siendo, a pesar de que el segmento trepó a ciertas estratósferas de precio. Pero no hay consumidor, ni catador profesional, que no sepa a qué sabe un tinto viejo como este. En eso se establece el otro mérito indiscutido de todo clásico: ofrecer un sabor propio.

Estos dos elementos, permanencia y gusto, son la base sobre la que se construye lo más complejo de un vino: la marca. Muchos pretenden ingeniar un nombre que cautive a los consumidores por su audacia, pero elegir uno que luego la gente recuerde, gracias a cierto respeto ganado en la mesa, es muy diferente. Ninguno de los grandes clásicos locales tuvo ni tiene un nombre prometedor: Arnaldo B o Enzo Bianchi no son hallazgos brillantes. Pero el tiempo les dio la razón y los consolidó más allá de cualquier descripción organoléptica o reseñas destalladas de anécdotas e historias.

VETERANOS LOCALES
Los vinos old fashioned son referencia en el mercado nacional: tienen todo lo que busca la vanguardia comercial y emotiva del negocio. Aún cuando son considerados algo vetustos por la crítica, nadie puede negar que siguen ocupando un lugar único en la góndola. A continuación, un recorrido por las etiquetas clásicas de la escena local, yendo desde los vinos más antiguos hacia los más recientes, aunque todos cumplieron al menos 20 años desde su primera cosecha.





Cepa Tradicional 2011 ($46). Bodega La Rural, mucho antes de ser conocida por sus vinos Rutini, supo construir un mundo que hoy tiene vida propia con la marca San Felipe. Como un alta gama de esta línea, Cepa Tradicional vio la luz en 1945, primero con el nombre de Cepa Borgoña San Felipe (lo que explica que todavía se comercialice con una botella borgoña). Luego, en 1950, fue rebautizado como Cepa Tradicional de la Viña San Felipe y, por una cuestión de síntesis, quedó establecido el nombre corto. Es un blend de Cabernet Suavignon, Malbec y Merlot que ahora está a la venta en su cosecha 2011. Tinto de perfil elegante y criado en toneles, es el elegido de los conocedores, quienes lo consideran un diamante escondido en el gigantesco mundo de La Rural.

 

Montchenot Gran Reserva 2003 ($140). Mientras que el mercado del vino colocó a la modernidad como su punto de fuga, hay una bodega que permanece anclada en el pasado y que consiguió, con el tiempo, un valor difícil de igualar: que la tradición sea la vanguardia. En tanto el resto de los productores y empresarios se pelean por obtener el vino más innovador y se imitan a sí mismos, la tradicional bodega López elabora Montchenot, un tinto con sabor propio lanzado en 1956, corte de Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec. Es criado en toneles grandes durante nueve años hasta dejarlo sedoso y delgado, y luego pasa al menos seis más en botella. Con bajo alcohol, consigue un típico color caoba, aromas de cuero y regaliz, junto a un paladar suave y carente de taninos vivos. A la fecha, se consigue su cosecha 2003.

 

Saint Felicien Cabernet Sauvignon 2011 ($130). Nació en 1964 como vino ícono de Bodega Esmeralda; por ese entonces no llevaba nomenclatura varietal, pero siempre fue Cabernet Sauvignon. Con pequeñas variaciones, la finca que desde el primer momento dio origen a este vino –según afirman desde la bodega– se llama Angélica y está en Lunlunta, Mendoza. Cuando comenzó a dejarse ver en la góndola, una de sus características más llamativas era su diseño: un cuadro del artista Carlos Alonso obligaba a que la etiqueta envolviera a toda la botella. Fue uno de sus detalles distintivos hasta 1985, cuando aggiornó su imagen hacia una más limpia. Pero la cualidad más importante de Saint Felicien es que, a lo largo de las décadas,  supo ubicarse en el top of mind de los consumidores de clase media acomodada y ganó en los restaurantes. De ricos perfumes frutales, en la actualidad propone un paladar elegante y moderado, menos intenso y más delicado que sus pares del mercado.

 

Trapiche Medalla 2009 ($220). Cuando las bodegas argentinas empezaron a cumplir 100 años, desarrollaron una serie de vinos de alta gama que constituyeron una segunda ola de clásicos. Este Trapiche es parte de esa camada. Lanzado en su cosecha 1983, siempre fue un tinto mayoritariamente Cabernet Sauvignon. El nombre alude a la medalla que lleva desde la primera vendimia y que, hoy por hoy, sigue vigente gracias a los numerosos premios acopiados. ¿Por qué tanto aspaviento? Porque este tinto supuso un upgrade en el panorama local: fue elaborado como uno de los primeros vinos modernos del país. La cosecha en circulación es la 2008 y respeta ese espíritu, siendo un ejemplar profundo, aromático y complejo, que suma pizcas de Malbec y Merlot. Elegante y sostenido.

 

Arnaldo B 2011 ($171). Una etiqueta bisagra. Concebido por Arnaldo Etchart en la década del 80 con la asesoría de Michel Rolland, es el primer tinto que el famoso enólogo francés elaboró en la Argentina (más precisamente, en Cafayate, Salta). Abanderado de una nueva forma de hacer vino, con los años se convirtió en un clásico por derecho propio y, aunque tradicionalmente era un corte de base Cabernet, en el último tiempo mutó a Malbec, Cabernet Sauvignon y Tannat. En su vendimia 2010, es un Gran Reserva al día con las tendencias gustativas, potente, refinado y envolvente, bebido por conocedores y especialistas.


Luigi Bosca D.O.C 2011 ($200). Con su cosecha 1991, el primer Malbec D.O.C. de la Argentina fue puesto en el mercado por la familia Arizu, uno de los impulsores de la Denominación Luján de Cuyo. La misma establece que todas las uvas provienen de la región, con rendimientos menores a 10 toneladas por hectárea, con una crianza de un año en barricas de roble y uno más en botella. Posteriormente, otras bodegas siguieron el ejemplo de Luigi que, 23 añadas más tarde, sigue dando un tinto que marca la cancha. Con perfume frutal y ligeramente ahumado, boca carnosa y de taninos redondos, es el mejor exponente de la variedad en la zona.

Perdriel Centenario 2007 ($360). Finca Perdriel fue plantada al sur del río Mendoza en 1895. Al cumplir un siglo de vida, decidió crear un vino que fuera el modelo perfecto de lo que se podía elaborar en con esas uvas. Así, con la vendimia 1992 llegó el primer Perdriel Centenario, que marcaría un antes y un después en los vinos de alta gama locales. Pensado y desarrollado como un tinto de terroir y, a la vez, moderno, su cosecha 2010 ofrece un gusto clásico: corte de Cabernet Sauvignon, Malbec y Merlot, de profundo color, rico en aromas frutales y especiados, con taninos finos y cuerpo algo descarnado.

Lagarde Guarda 2011 ($196). Es el más joven de la lista y un caso paradójico, pues a mitad de su vida adquirió una nueva identidad. Cuando la bodega lo lanzó al mercado en 1994 se llamaba Lagarde Crianza; en esos años, comenzaba a cambiar la manera de hacer vinos en nuestro país y Lagarde, que marchaba a la vanguardia, desarrolló un tinto de corte de base Cabernet y Malbec. Con su filosofía de elaboración tradicional, este tinto consiguió ser emblema de una generación de vinos únicos, en los que se perfiló un criterio de elegancia. Hoy, Guarda se distingue por ese trazo, al que suma complejidad y una textura firme y carnosa.

UN MUST DE LA ALTA GAMA
Hijo dilecto de Casa Bianchi, Enzo Bianchi Grand Cru 2009 ($615) es un blend que homenajea a Don Enzo Bianchi, quien fuera enólogo de la bodega durante medio siglo. Es el primer gran vino de la casa. Elaborado a caballo de dos tradiciones, la clásica y la moderna –una representada en el corte y la otra, en la crianza en barricas de roble–, cada añada tiene el corazón de Cabernet Sauvignon, con aportes de Malbec y Merlot. La cosecha 2009 suma, además, un touch de Petit Verdot, que le aporta frescura, nervio y apertura aromática al vino.

Por Joaquín Hidalgo / fotos: Santiago Ciuffo

 

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