10.03.2014

Postales de India: un viaje por las rutas del té

El distrito de Darjeeling atesora garden teas, shops, plantaciones y una de las denominaciones de origen más prestigiosas del mundo. De allí proviene lo que se estila llamar "el champagne de las infusiones", una excusa para adentrarse en sus parajes de fantasía.


Al poner un pie en la India, el turista de Occidente puede certificar que se halla en el extranjero. El paisaje empieza a competir con el registro previo del viajero, trazado por el imaginario pop de noticiero y la mitología sentimental de Hollywood. Cada paso desmiente cualquier evocación, otras veces las exagera.

La órbita que imagina el peregrino incluye a los maharishis, la resistencia pasiva o los yoguis de toda pezuña que irradian lecciones de escéptica sabiduría más allá o más acá del chantunaje y las cuatro verdades.

Eso por decirlo con delicadeza. Cualquier invocación de la India se sobreimprime sobre las calles atestadas de Bombay, los mendigos sin consuelo, el homenaje a la contaminación del Río Ganges. Una polimorfa diversidad de una nación de 1200 millones habitantes a los que les toca entenderse en alguna de las 1700 lenguas censadas. Entre tanta propensión a la desmesura, una certeza es ley: su té es uno de los mejores del mundo, suficiente excusa para adentrarse en los parajes de fantasía donde florecen sus hojas.

DARJEELING, EL CHAMPAGNE DE LOS TÉS

La primera parada del itinerario es Siliguri, ciudad situada en el distrito de Darjeeling, en el estado de Bengala Occidental. Llegar a estos andurriales al pie del Himalaya requiere de aventura y paciencia en rodajas similares. Hay que atravesar unas 28 horas de vuelo, pero el esfuerzo lo merece.

La ruta del té permite descubrir exuberantes paisajes cuyas fragancias abrigan promesas de dicha. El camino hacia Darjeeling está tapizado de plantaciones de té que la vista no alcanza a abarcar en su totalidad. La primera impresión es que la ciudad no es una reproducción servil de la India imaginaria. De hecho, luce suficientemente pulcra para ser la real. La presencia budista, hay que reconocerlo, le concede una plusvalía de serenidad de espíritu. “Recomiendo siempre ser viajero antes que turista. Los habitantes de Darjeeling son muy amigables y dispuestos a brindar un servicio por demás hospitalario”, atestigua Estela Menéndez, sommelier egresada del Irimi Centro Argentino de Té, que pasó por allí y aún se relame del gusto.
 
“Toda la India es imprevisible, nada de lo que pensás que va a ocurrir desde nuestra óptica occidental ocurre como lo concebíamos previamente. Simplemente sucede como tiene que suceder. Es decir, indian way. Todo fluye, nada se resiste”, sentencia. La especialista participó en una cata “a lo hindú”, sin protocolos ni oropeles. Sobre una mesa de chapa con porcelana inglesa, una galletitas saladas y el té. Con eso basta. “Probar un té negro de Darjeeling es una de mis mejores y más preciadas experiencias gastronómicas”, avisa Menéndez. “Un verdadero lujo de sabores y complejidad en boca. Tiene tantos descriptores aromáticos que resultarían difíciles de nombrar. Sinceramente el mejor té que degusté hasta ahora”, asegura.

Al té de Darjeeling se lo menta como el champagne de los tés. Sus atributos lo han consagrado como denominación de origen, probablemente la de mayor prestigio del mundo, en competencia solo con algunos tés de sus vecinos chinos.

Las plantaciones se remontan a mediados del siglo XIX como parte del desarrollo de la Corona británica de la zona. Los cultivadores desarrollaron híbridos especiales de té negro y técnicas de fermentación que dieron lugar  al desarrollo de la región como una de las principales productoras, por detrás de la mayor, la de Assam, en el nordeste del país.

En su terroir confluyen suelo, clima, geografía –se encuentra a una altitud de 2134 metros– y el factor humano, ya que la producción es artesanal desde mediados del siglo XIX, cuando los colonos de la Unión impulsaron la industria y pergeñaron la tradición que se convertiría en santo y seña de la britanidad. La recolección de hojas está a cargo, en su mayoría, de mujeres, se hace en forma manual, en un ritual que atraviesa generaciones dentro de la misma familia. Todo el negocio, por cierto, está en manos de indios, sin tercerizaciones fuera del terruño.
 
Todas las variedades que produce Darjeeling, cuyo nombre significa “tierra del rayo”, llevan la marca de la casa a la hora de seducir el  paladar. En las catas de sus jardines el viajero puede testear de primera mano, por ejemplo, un Arya Ruby o un Arya Pearl (té blanco), ambos de Thunder Bolt Tea.

El primero es de color rubí, muy complejo en nariz con aromas florales, frutas secas, cítricos y terrosos. “Es un té en el que vas redescubriendo nuevos aromas. En boca es súper amable y elegante. Para mí fue absolutamente diferente a lo que había probado antes”, señala Menéndez.

Por su parte, el segundo, de la variante que conserva todas las propiedades y nutrientes de la camellia sinensis, es de color amarillo pálido, aromas dulces y florales. “Me recordó a los lychees y me sorprendió que en Darjeeling elaboraran un té blanco de tanta calidad y de dos hojas y un brote”, revive la sommelier.

ILAM, TEA TOWN
Uno de los volantazos en el itinerario de la ruta del té conduce a los viajeros hacia Ilam, una ciudad recostada a los pies del monte Kanchanjunga (el tercer pico más alto del mundo), al este de Nepal. El distrito también es famoso por su producción de té, de calidad de exportación similar al de Darjeeling. La llaman, de hecho, Tea Town. Sus suaves colinas están cubiertas con hojas de té que invitan al sosiego. Cuando la niebla desciende desde la montaña, los jardines desaparecen por arte de magia, llevándose consigo de la panorámica a los cientos de recolectores que surcan sus laderas.

Uno de sus productos dilectos es el Nepal Fikkal Ilam, que ofrece una dulzura de mermelada con reminiscencias de pimienta, caramelo y almendras, sabores que permanecen adosados a la lengua durante un rato. Si uno siguiera la cuesta hacia arriba, a los 6000 metros se toparía con las plantaciones de Kanyam, famosas por su té oscuro y ahumado hermanado con el de Darjeeling.

De vuelta en Siliguri, a 40 kilómetros se ubica Kurseong, comarca en la que se impone la visita al Tea Estate Makaibari, uno de los jardines de té más antiguos de la zona, que atesora el mérito de haberse convertido en la primera fábrica de té de Darjelling, en 1859. Ya han pasado cuatro generaciones y la propiedad aún es mantenida por la familia de los fundadores bajo el precepto de cimentar una agricultura orgánica. Aquí se pueden degustar tés de cosecha propia, acompañados de momos, empanadillas vegetales tibetanas. Se puede encontrar, por ejemplo, uno de los tés más caros del mundo: el Silver Tips Imperial, que cotizó a 555 dólares el kilo en una subasta en Pekín en 2007. También producen el Second Flush Muscatel, al que promueven como una infusión ligada a la vitalidad del verano, y también un té blanco, el Bal-mu-dan, que según pontificaban los antiguos maestros chinos, asegura la eterna juventud.

AMBOOTIA: LOS PIONEROS

La siguiente parada es la finca Ambootia, con el prestigio que concede pertenecer a la casta de los pioneros. Establecida en 1861, produce actualmente la totalidad de sus tés mediante prácticas de agricultura orgánica y biodinámica. Su Darjeeling Premium Ambootia Estate Organic es un blend de tés otoñales de gran cuerpo, brillantes, con un delicado y ligeramente dulce regusto a champagne.

De regreso en Darjelling, otro cambio de timón encamina al viajero a Tiger Hill. Desde allí, a 13 kilómetros de la ciudad, podrá divisar a primera hora el amanecer sobre el Himalaya, con el foco en los picos de Kanchenjnga y el Monte Everest en uno de los paisajes canónicos de catálogo de la región.  
 
La ronda continúa hacia el Happy Valley Tea Estate, una de las fábricas de té más grandes del mundo, de 435 hectáreas, abierta en 1854 y que desde hace cinco años abrió sus puertas a los turistas. Una de las atracciones es el Museo del Té, en el que se detalla todo el proceso de fabricación: secado, procesamiento, laminación, clasificación y envasado con las maquinarias originales de la época. La Happy Valley Experience ofrece la interacción con guías de las familias de los empleados para vivenciar su modus operandi de primera mano.

El Nathmull’s Tea Lounge cierra el telón con su ronda de degustaciones de té negro, blanco y verde, acompañados de tentempiés y sándwiches que refrescan el espíritu. El viaje de regreso es largo, pero con el paladar  atiborrado de estímulos se convierte en una mera tertulia de sobremesa.

CÓMO LLEGAR

Hay vuelos programados a Nueva Delhi de Qatar Airways y Turkish Airlines vía Doha o vía Dubai, respectivamente. Si buscás un paquete turístico, una buena opción es el programa Rutas del Té, que ofrece la agencia Sunrise & Sunquest Travel, con 7 días y 6 noches, y guía de habla hispana. El tour contempla visitas a las ciudades de Nueva Delhi, Silliguri, Ilam (Nepal) y Kursoeng. Para más información, podés ingresar a www.sunrise-sunquest.com.ar o llamar al 5217-9407.


Por Aníbal Mendoza

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