27.05.2011

Sunday brunch: 15 lugares para ponerle onda al domingo

El brunch mezcla huevos, café y delicias varias. Aquí 15 recomendados para disfrutarlo en Buenos Aires.


Al principio, fue el huevo. Liso, perfecto, la obra maestra de la naturaleza, milenios antes de que Apple patentara la soberbia en el diseño sin costuras. El huevo. Si Cristóbal Colón construyó una parábola al ponerlo de pie y la retórica se hace la misma pregunta desde hace siglos (¿qué fue primero: el huevo o la gallina?), acá se ofrece una respuesta: el huevo.

Revuelto o a la benedictina, con dos mitades de un muffin, panceta y salsa holandesa, como síntesis de los irregulares hábitos alimenticios de los periodistas. Siempre corriendo, acaso confundidos entre lo urgente y lo importante, comiendo de parados en ese tiempo de nadie que se extiende desde el mediodía hasta la primera tarde, antes de entrar en las redacciones. En el apuro, ¿quién puede dudar de la practicidad del huevo? Y en ese limbo revuelto nació el brunch, como acrónimo de breakfast y lunch, un híbrido de desayuno-almuerzo bautizado por un periodista del diario New York Morning Sun a fines del siglo XIX, que años después dejó de ser patrimonio exclusivo del gremio de prensa y se extendió a los cosmopolitas de todas las profesiones, pero con un homenaje a sus creadores: el brunch no sería brunch sin la lectura demorada de los voluminosos diarios del domingo.

Consagrado como mito gastronómico en Londres y Nueva York, no tardó en cruzar fronteras cuando los urbanistas de todas partes reclamaron para sí los derechos de pertenecer a un mundo conectado: como embajadas no asumidas del huevo revuelto, los hoteles internacionales instalaron la costumbre en las periferias, hasta que los locales la hicieron propia. Ya en 1992 el Hotel Alvear servía el brunch más paquete de Buenos Aires y, con el cambio de milenio, se extendió a los barrios y a los suburbios.

Hoy, alrededor de cien bares y restaurantes de la capital y sus aledaños escriben la palabrita de seis letras en sus menús y muchísimos otros también la ofrecen, sin anunciarlo y acaso sin saberlo: ahí donde un sándwich se acompañe de un café, y una medialuna se baje con una copa de champagne, y mientras el reloj marque entre las 11 y las 16 de un fin de semana cualquiera, el brunch habrá sido servido, y su misión estará cumplida: desordenar la rutina alimenticia con el hábito que desafía la santísima trinidad entrada/plato/postre y prolongar el remoloneo de la sobremesa, a puro huevo.

1. B.BLUE
Mondo arándano: mientras los frutos rojos conquistan postres y helados (y hasta bautizan una marca de teléfonos inteligentes), en Palermo se levanta el primer bar temático dedicado al blueberry: los dueños tienen una finca que produce arándanos en los Esteros del Iberá, provincia de Corrientes, y los traen a Capital, como garantía de salubridad y sabor. Conocedores del filón, levantan la fórmula del “natural deli” para el brunch que enriquece la infusión tradicional con una carta de espirulinas, wheatgrass o ginseng. En versiones hipercalóricas o desintoxicantes, se prometen “los mejores jugos de la ciudad”, con leche de coco, mandarina, jengibre o polen. Y para el brunch dominguero, los menúes en versión “healthy” (yogurt, granola, frutas) o “strong” (huevos revueltos, pan de campo, salmón ahumado) redefinen la idea de “energizante”.
(Armenia 1692, Palermo / T.4831-7024)

2. CAFE CRESPIN
En una poco notable esquina de Villa Crespo, el café con diminutivo denuncia una voluntad por el espíritu lúdico: en Crespín, el mural de colores o el hombrecito de jengibre aportan un tono ligero de jardín de infantes, que contrasta con el gris promedio de la cuadra. Con especialidad en la pastelería americana, la cocina a la vista inunda de olores el salón (¡incluso cuando pican cebolla!) y, los fines de semana, los comensales se acomodan en las mesitas para el brunch en promoción: por $ 75, tostada francesa con frutos rojos y crema fresca, huevos revueltos, gravlax de salmón o panceta, papas doradas, café o té y la bebida Mimosa: como preludio para la siesta, champagne con jugo de naranja.
(Vera 699, Villa Crespo / T. 4855-3771)

3. BELINDA
El blanco inmaculado desafía la roña del Puerto de Frutos. En el Mercado del Delta, la parte nueva del Tigre, ahí donde los locales de decoración le roban a Palermo la soberanía del objetito, Belinda ofrece una barra que invita a compartir el almuerzo e impone una noción de fetichismo urbano en el entorno acuático. Bien regado por un café Nespresso, tónico y cremoso, el brunch se magnifica con el sanguchón Italo, de jamón crudo, queso gouda, tomates secos, rúcula y manteca. Diseñada para la edición 2008 de Casa FOA, la cafetería heredó la bendición de la deco profesionalizada: con las ventanas que se abren amplísimas sobre el río Luján, irrumpe con la madera noble, el metal cromado y la fórmica blanquísima en el paraíso del mimbre y la caña. Para el final, el postre que reconcilia pastelería y entorno: isla flotante.
(Los Sauces y Eucalipto, local 37, Puerto de frutos, Tigre / T. 4749-1795)

4. CROQUE MADAME
Una tradición heredada de las mejores salas de Europa y Estados Unidos: el “restaurante del museo”, casi una categoría propia para la gastronomía, por entorno artístico y menú de qualité. En el maravilloso jardín del Museo de Arte Decorativo, con adoquines en el piso y arbustos podados con la simetría de un Joven Manos de Tijera, Croque Madame es menos pretencioso que su nombre y sus aspiraciones, de indudable alcurnia francesa: el Palacio Errázuriz permite que los plebeyos ocupemos sus jardines para probar el equivalente galo a nuestro tostado: el croque. Estrella indiscutida del brunch bajo los árboles, un pan dorado en manteca con jamón cocido, queso gruyere y huevo a la plancha. Elegir únicamente las mesas al aire libre y entregarse al devaneo de un domingo para decir “oh la lá, París”.
(Av. Libertador 1902, Barrio Norte / T. 4806-8639)

5. FELICIDAD
En estricta versión animalista (apenas, madera terciada), la cabeza de ciervo se cuelga como trofeo en la pared y marca el tono general del lugar: lúdico y acaso autoparódico, con los platitos de postre abrochados a los muros y los individuales de papel con estampado pie de pull, casi un catálogo del espíritu infanto-chic que se impuso en la decoración internacional de la última época. Frente a La Stampa, el último bastión de La Imprenta que se resiste a la torre con amenities, Felicidad abunda en florcitas y firuletes, con un brunch únicamente dominguero (bruschetas de salmón, quesadillas, sándwich de pollo grillado, a $155) y un espíritu Wallpaper: en colorcitos, las letras que forman la palabra “L-O-V-E” cuelgan sobre la mesa, en la puerta del baño un bigotón señala que detrás se esconde el mingitorio (para ellas, pestañas rizadas) y, con la taza floreadísima en la que sirven el café con leche, uno se siente bienvenido en el país jardín de infantes.
(Migueletes 887, La Imprenta / T. 4773-9346)

6. HOTEL HOME
Con premios internacionales, la buena vista al jardín con piscina y la posibilidad de cruzarse con un huésped famoso (el mismísimo Bono durmió en estas habitaciones), el Hotel Home propone un paraíso para los “gafapasteros”, como les dicen a los bohemios modernos de anteojos de marco grueso, que se eternizarán en las mesas del bar durante las cuatro horas del brunch, en abierto repudio al lujo rancio que prometa cualquier hotel de etiqueta tradicional. Por $42, el desayuno inglés ofrece café, té o mate, panceta, salchicha parrillera, hongos, papas salteadas, huevos, tomates grillados y porotos. Se sabe: los bohemios valoran la informalidad y la calidad, gozan de las experiencias cosmopolitas y jamás se fijan en el precio, pero reclaman el derecho de almorzar en ojotas.
(Honduras 5860, Palermo Hollywood / T. 4778-1008)

7. LE BLE
Un paraíso en la Tierra para el que tuvo la desgracia de nacer farináceo. Con panadería a la vista, la promesa de boulangerie-patisserie se multiplica en las mil y una formas de la tentación calórica, con pan de campo blanco, de nuez, de sésamo y de salvado, baguetines, muffins salados, gloriosos conitos de coco y la perdición para el goloso: pain au chocolat. Cierta desprolijidad “europea” recrea la informalidad del bistró, con mucha madera, los diarios tirados por las mesas, el despacho de productos y los supertazones de loza, que sirven casi medio litro de café con leche y se hacen acompañar por trufitas de chocolate. Para el remolón, el brunch incluye un canastón con muestrario de delicias y la cocina no escatima horarios: abierta todo el día, una inyección de energías para aquel que viene de resaca y, en síndrome de abstinencia, le debe al cuerpo una buena dosis de harina.
(Álvarez Thomas 899, Colegiales / T. 4554-5350)

8. L’ORANGERIE
Con la pompa y la circunstancia del ambiente diplomático (los lectores de Graham Greene o John Le Carré saben que las intrigas internacionales nunca se discuten en las embajadas o en las reparticiones públicas, siempre en los bares de los grandes hoteles), el salón del Alvear Palace sirve el brunch más tradicional de Buenos Aires. A $380 por comensal (ojo, se reserva con seña del 50% y se pide una tarjeta de crédito), aquí mandan las divisas fuertes y el muestrario de nacionalidades: caviar ruso, salmón japonés, panceta estadounidense, ñandú pampeano o café brasileño, todos en un “menú de estaciones”, como dice el chef, “para saborear mariscos, frutos de mar, carnes de caza y los más exquisitos postres”. En el estricto dress code se adivina la clase genuina: se exige vestuario “formal o elegante sport” aun en el mediodía del domingo, porque en el afrancesado salón los cubiertos de plata se empuñan con el protocolo que delata toda una vida de agasajos en las recepciones del embajador.
(Alvear 1891, Recoleta / T. 4808-2100)

9. MALVON
Espíritu PH: de los tiempos en que Villa Crespo no era Palermo Outlet, una casona con “patio de abuela”, horno casero, panadería propia y deliberado estilo barrial porteño, aunque en la puerta el cartelito prohíba: “Restrooms for customers use only” (sic). La carta anuncia que los fines de semana se sirve brunch, “con un menú que va desde el clásico sabor neoyorquino de huevos y popovers hasta la exquisita particularidad de algunos platos tradicionales de la cocina cajún”. Huevos benedictos, pollo barbecue, fritatta con salchicha parrillera. Hay, hay, hay. Acompañado por un cóctel del día, infusiones y pancakes, el brunch ($55) se musicaliza con un soundtrack de tango instrumental para turistas que, entre las sillas de mercado de pulgas, las publicidades vintage y las molduras afrancesadas, subraya una idea de porteñidad anclada en los primeros treinta años del siglo XX, aunque el barrio salga de remate con las ofertas de “¡sale, sale, sale!”.
(Serrano 789, Villa Crespo / T. 3971-2018)

10. NUCHA
Una mitología gastronómica porteña cuenta la historia de la vecina que empezó a preparar pastelería (Reginucha, de Belgrano) y, desde el garage de su casa, conquistó la ciudad: primero, con porciones de torta; después, con sus recoletos salones de té. Tienda ancla de Palermo for export, el local de Nucha en la calle Armenia deslumbra con sus maderas crudas, aplaca los ánimos en el barrio tomado por la histeria consumista y cumple con lo que el desenfreno inmobiliario no puede prometer: espacio. Entre las mesas, en el patio, en la vereda. Y si los salones son ocupados por familias en toda su extensión, el menú de brunch ($200 por pareja) parece diseñado para alimentar al batallón: quesadillas, tartas, locatellis, tostadas, yogures y la maravilla del lugar, los dulces. Como la torta africana, chocolatosa, húmeda, con crema de chocolate con leche y cobertura blanda, sí… de chocolate.
(Armenia 1540, Palermo Viejo, y sucursales / T. 4833-9345)

11. OLSEN
Si la cadena sueca de muebles IKEA impuso un canon internacional de diseño escandinavo, con lo “liso” como sinónimo de lo “perfecto”, Olsen se distingue por la ausencia de aristas: no hay bordes filosos ni salientes puntiagudas en la recreación de un mundo ideal donde los países nórdicos nos convidan con una ración de su orden y progreso. En el mediodía del domingo, las reposeritas del jardín eternizan la lectura de los diarios y el menú del brunch propone las calorías de un invierno largo: según el día, la bondiola ahumada o el arenque se combinan con el espresso fuerte (los países nórdicos son los mayores consumidores de café en el mundo, con 15 kilos per cápita por año) o con el vodka: la agüita rusa circula por las mesas domingueras con la fruición de un sábado a la noche, en peculiar tratamiento de desintoxicación.
(Gorriti 5870, Palermo Hollywood  / T. 4776-7677)

12. OUI OUI
No digas ‘sí, sí’, di ‘oui oui’. Pionero en la creación de un polo gastronómico neo chic (el de la calle Nicaragua, entre Dorrego y Ravignani), Oui Oui acomodó mesas de madera (des)pintadas de rosa viejo para que los productores de cine y tevé discutan sus proyectos ajenos al pico de estrés (y el pico de rating). Cuando el huevo apenas se comía frito en Buenos Aires, aquí se jactaron de preparar el mejor revuelto de la ciudad, y es cierto. En el punto justo de consistencia, ni muy babé ni muy seco, es una declaración de amor al noble producto de la gallina. Y el brunch a medida (promedio, $50) deslumbra con las especialidades de la casa: camembert tibio con pan de nuez, hummus, pochitos de humita o locatellis de pavita. ¡Sí, sí!
(Nicaragua 6068, Palermo Hollywood  / T. 4778-9614)

13. PANI
“Pájaro que comió, se quedó”: en ambiente rococó-rosado, Pani convoca con ese lema y, en su local shabby-chic, deleita con la infinidad de las formas de lo dulce. Si la serie Sex & the City siguiera en la grilla del cable con episodios estreno, la magia de la televisión permitiría imaginar a Carrie Bradhaw y sus amigas en estas mesas, adornadas por las múltiples manifestaciones de lo femenino: retazos, telitas, lanas, hilos, muñecotes y un espíritu general de informal desaliño, el de las chicas modernas que discuten sus asuntos sin traumas ni complejos. El menú de brunch ($80 por persona) mezcla lo foráneo con lo criollo, y trae huevos revueltos, bruschetta con mascarpone y salmón ahumado, scon relleno de jamón crudo y palta, pinchos de ave y panceta, miniwaffles de jamón y queso, y con dulce de leche, y más, más, más… pero el premio mayor se lo lleva la delicia bautizada como “Martín Fierro”: un cheesecake de dulce de batata que toma lo mejor de la tradición criolla… para recrearlo. Una maravilla.
(Nicaragua 6044, Palermo Hollywood / T. 4772-6420)

14. SIROP FOLIE
Una ilusión parisina perdura en los fondos del Pasaje del Correo: la necesidad de adentrarse unos metros en la manzana recrea la imaginería europea de “la cortada” en una ciudad dominada por la cuadrícula. Con profusión de telas, Sirop Folie sostiene una ilusión de mundo mullido, donde los comensales podrán hundirse en los sillones y las conversaciones se discutirán a media voz. ¡Libertad, igualdad, fraternidad! Pionero en el desayuno-almuerzo, el de Sirop Folie ahora también se sirve los sábados: regado con té, café o dos copas de espumante, el menú del brunch ($180 por pareja) celebra el afrancesamiento, con jalea de champagne (¡soberbia!), gravlax, quesos de toda clase y una patisserie que nos empuja a salir al pasaje con una baguette debajo del brazo y la nostalgia de cuando París era una fiesta.
(Vicente López 1661, Recoleta / T. 4813-5900)

15. VILLA OCAMPO
Viva Victoria: fue la quinta de fin de semana de la escritora Ocampo y ahora se abre, democrática, a los visitantes que exprimen las increíbles vistas sobre las Barrancas de San Isidro. La casona-museo recibió a Walter Gropius, Aldous Huxley, Le Corbusier, Albert Camus y muchísimos otros en los primeros cuarenta años de un siglo XX donde Buenos Aires se proponía como un faro cultural en el fin del mundo. Ahora, la Villa abre las salas con los recuerdos de una oligarquía palaciega, multiplica el dibujito de los anteojos oscuros de Victoria como ícono de época y la cafetería sirve el brunch: por $60, tarta dulce, tarta salada, sándwich, muffin, degustación de tortas y bebida, para ver pasar los fantasmas de los que se hospedaron aquí, los monstruos sagrados de paso por el Sur.
(Elortondo 1837, Béccar  / T. 15 5 048-7534 )

Por Nicolás Artusi

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