04.03.2010

¿Cómo hacen para seguir laburando los que toman vino al mediodía?

¿Es posible almorzar con vino y no quedarse dormido en el escritorio? Alejandro Rozitchner reflexiona sobre un verdadero misterio de nuestro tiempo.

restaurantes para ir con amigas

Se los ve tranquilos, almorzando, en las mesitas estrechas de los restaurantes o bares del centro, en la pausa laboral, comiendo un bife con ensalada, o una tortilla o una milanesa, y bajándose sin prisa y sin pausa una botella de blanco. Entera. Solos. Traguitos intercalados entre los bocados, con el despelote de la vida del microcentro haciendo de fondo social, ajustando cuentas sin hablar, poniéndose a tono con la existencia y sus vericuetos.

No siempre es así, claro, a veces son dos, o más, y a veces también la botella es de las chicas. Pero la cuestión, el misterio de los misterios, la pregunta fantasma, es: ¿cómo hacen después para seguir trabajando? ¿Qué cuerpo y qué mente tienen esas personas que pueden tomarse un tubo a  mediodía y luego seguir adelante con una tarde colmada de acontecimientos, tareas, imprevistos, conversaciones, rendimientos y demás?
Explicaciones posibles:
 
1. Son superheroes.
Su poder radica en tener un hígado de hierro, una digestión atómica, y el vino almorzado no los hace adormecerse ni siquiera un poquito. Se levantan, saludan al mozo, y parten a sus oficinas, a desempeñarse esmeradamente, como en cualquier otra circunstancia. Sí, me tomé un vino, ¿qué hay, está prohibido?

2. Hacen una siesta disimulada.
Apoyan la cabeza sobre los brazos cruzados, apoyados en el escritorio, y se pierden en el mundo de las cosas raras. Si suena el teléfono y no hay secretaria que filtre (no parecen tener secretarias, muchos de ellos, parecen más bien ser asistentes, o auxiliares de algo) tal vez atienden diciendo “no, no, estaba aquí, acomodando unos papeles”. ¿Qué pasa, no se puede uno tomar unos minutitos para resetear la mente?

3. Estar colocados los hace felices.
Y navegan la tarde con esa chispa etílica que tan bien conocemos y cultivamos todos los bebedores. Están colocados y trabajan colocados y tal vez hasta logran un mejor estilo en la resolución de problemas, o en las burocracias inevitables que tienen entre manos. Tal vez esa navegación espiritual los hace incluso trabajadores más eficaces, es como un bardhal del cerebro que saca a relucir sus mejores formas y sus más efectivas costumbres. Si se comprobara esta hipótesis, muchas empresas o bufetes deberían incorporar, en el pasillo, junto a la máquina de café, un expendedor de copas de sauvignon blanc, con un grado alcohólico limitado, gratis. ¿Me ves mal, eh, qué pasa, acaso no estoy haciendo mi trabajo, te molesta que me divierta un poco, es eso?

4. Continuum.
O sea: tienen un elevado nivel de alcohol en la sangre y ya ni lo notan. La botella del mediodía es una continuación de las de la noche anterior, y hasta tal vez son las mismas personas que se toman una ginebrita con el café, de parado en una barra de la estación, o una de esas bebidas alcohólicas raras que solemos ver en los estantes de los barcitos accidentales sin entender muy bien de qué bebidas se trata y quien las pide. Es como una diálisis, pero al revés: un constante flujo de estímulo para sobrellevar los hechos, un combustible espiritual (¡Hola, Ari!) que eleva al individuo hacia una existencia con vibraciones más intensas. ¿Qué, no tenés problemas, vos, por qué me mirás así, soy raro acaso?

El tema merece una investigación seria, profunda, sponsoreada. Mientras tanto, vayan estos apuntes como brief introductorio. Yo, a mediodía, una lata chica de cerveza. Y a veces. ¿Qué pasa, no puedo, está mal? ¿Por qué me mirás así?

 

Por Alejandro Rozitchner

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