07.06.2010

¿Te sentás en una mesa o en la barra? Alejandro Rozitchner te cuenta porque la barra es mejor

El filósofo homenajea a las barras de los bares porteños y los que eligen beber en esos "bordes de la sociabilidad y la recreación".

Carnal Bar, Buenos Aires

César Fernández Moreno, escritor argentino subvaluado y genial, escribió que el hombre cuando está solo se acoda en la barra, pero cuando está con mujer, espera mesita. Como tantas otras cosas que dicen los hombres inteligentes, no siempre es cierto. Mi mujer y yo adoramos las barras, en las que nos sentamos a beber y a conocernos mejor. Y lo vamos logrando. Y la pasamos muy bien. (¿No es lindísimo pasarla bien con la mujer elegida, haber logrado sumar la aventura a la vida cotidiana?)

La barra es una situación particular, un borde desde el que nos asomamos al espíritu invocado alcohólicamente, y en el que tenemos un interlocutor, el bartender, que en la medida que avanza la ingesta se va transformando de persona sin atributos en amigo de las mejores horas. La relación suele empezar callada y utilitaria, y deriva hacia un conocimiento más profundo o hacia comentarios surtidos y libres. La libertad de la barra permite encontrarse con ese ser humano recluido detrás suyo, medio encarcelado en su mundo de vasos, vasitos y líquidos diversos.

En la barra uno se apoya, bebe y observa las botellas que beberá otro día, o las bebidas que otros toman o tomarán, lagos de futuras embriagueces. El panorama es el de una cromática e interesante oferta de drogas bebibles y por suerte legales, introducidas en hermosas botellas de formas raras e ingeniosas que hacen fantasear. ¿Y si un día me pido ese whisky de 18 años, piensa uno, mientras prueba su cerveza, o su Margarita, o su champagne?

¿PEDIR UNA GASEOSA EN LA BARRA?
¿Puede una persona tomar una gaseosa en una barra? ¿Es legítimo? La barra es el escenario natural del alcoholismo (con suerte leve), la posición de quien va sorbiendo sus soluciones lentamente, metamorfoseando su perspectiva, superando la cotidianidad en pos de nuevas visiones y contentos. La barra es la rampa del despegue de la personalidad hacia los horizontes de la noche, el campo de aceleración del ánimo que se prepara a zarpar. No dije “zarparse”.

Dicen los lacanianos que el sujeto barrado (S) representa a la persona que se sabe fallida, o sea normal, la que superó la posición de omnipotencia de los niños y no cae tampoco en la negación psicópata. Lo cuento para entender a la persona que está en la barra, en la de los bares o restaurantes, también aceptando o usando el límite de esa superficie, la barra, y bebiendo. Está haciéndose la idea de ser una persona limitada, y a su modo, bancándosela. Se está haciendo de abajo, y poniéndose contento con su circunstancia, que después de todo no es tan mala ni tan grave…

Claro que también la barra aloja personajes trágicos, desesperados, el alcohólico avanzado al que ya no le importa nada, para el que la bebida es un vicio sin salida, una expresión de su miseria a la que gusta creer –sin razón- expresión de una miseria humana generalizada. No lo es. Las barras podrían tener instrucciones de uso, una pedagogía del trato con el alcohol, para que los barristas que se inician entiendan la peligrosidad de la circunstancia.

Y en las barras se hacen amigos nuevos, o se renuevan amistades viejas o de siempre. Es un borde para la sociabilidad y la recreación. Las barras son hermosas, como somos hermosos nosotros cuando estamos en ellas.

Los dejo, me voy a la barra más cercana a tomarme la cerveza del mediodía. ¡Salud!


por Alejandro Rozitchner

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