22.03.2013

10 cosas que nos fastidian de pedir delivery en el trabajo

¿En tu oficina no hay cubiertos? ¿El tiempo es escaso? ¿Te molesta esperar? Pedir comida puede convertir tu día laboral en una tragedia. Aquí, una recopilación de las peores cosas que pueden pasar.


¿Detestás pedir comida en el trabajo? ¿Ya es bastante insoportable tener que almorzar ahí como para que, encima, tengas que comer los platos que otros quieren y en el tiempo en que otros quiere entregarte el pedido? Pero claro, no siempre llegás a prepararte una vianda a tu gusto.

A lo largo de años de trabajo, compañeros y comida telefónica, recopilamos cuáles son las cosas que más suelen fastidiar de los deliveries laborales.

1. Que acopien pedidos para el edificio y demoren más de una hora
Entiendo la situación. Si vos tenés una casa de comidas en zona de oficinas, te conviene juntar los pedidos de un mismo radio: así el chico del delivery pierde menos tiempo y se ahorra la espera abajo que –bien sabemos– puede ser larga cuando el empleado está en la mitad de una tarea. Pero cuando pasa esto, el hambre se vuelve insoportable. Una hora pasado el mediodía, cuesta encontrar el hueco para ir a comer porque ya volvió tu jefe y empiezan a darte tareas. Así, bien lejos de comer tranquilo, terminás digiriendo todo en 15 minutos. Lo peor es, sin dudas, cuando llamás para reclamar y te responden: “Ya sale”.

2. Que no manden cubiertos
Después de la larga espera, bajás a recibir el pedido, pagás, dejás la propina, subís, abrís el paquete. Separás el pan, la sal, los condimentos, sacás la comida… ¡y los  tipos se olvidaron los cubiertos! Llamás por teléfono y te contestan: “No me avisaste que querías cubiertos”. A ver, amigos… ¿por qué no me dijeron ustedes que el envío de cubiertos era optativo? Por supuesto, cuando empezás a buscar si a alguien le sobra algún cubierto, todos miran con cara de yo no fui. Terminás comiendo con algún tenedor descartable usado y con gusto a aceite viejo.

3. Los envases descartables
¿Y ahora sobre qué como? La vida moderna hizo que nos acostumbremos a comer sobre todo tipo de superficies: tuppers, tapas de tuppers, una servilleta, lo que sea. Claro, cuando uno pide delivery en el trabajo, muy pocas veces recibe el recipiente adecuado para comer. Te mandan una milanesa napolitana sobre una finísima bandeja de cartón que se tajea al primer intento de cortar la carne, o una porción gigante de arroz con pollo en una cajita de plástico diminuta que hace que el arroz se empiece a caer por los costados en cuanto hincás el tenedor. Para estos casos, señores, sugiero tener a mano una esponjita, limpiar bien la mesa y proceder a almorzar sobre la misma.

4. Porciones demasiado chicas
Estás trabajando, venís de horas de desgaste de energía y todavía te queda medio días más. ¡Necesitás alimentarte bien! Llamás a la rotisería de la esquina y pedís una carne con papas. Cuando llega, resulta ser literalteramente “una” carne (o, más precisamente, una feta) con tres papas al horno. No sólo te quedás con hambre, sino que ya nadie te saca el malhumor.
 
5. Porciones demasiado grandes
Por eso, odiamos el delivery. Porque manden lo que manden, nunca estaremos conformes. Las porciones demasiado chicas te ponen de mal humor. Pero si el plato es demasiado grande, también es un problema, especialmente si venís de una familia en la que no se tira la comida. Así, terminás engordando y acumulando dentro de tu cuerpo esas grasitas que le dan más sabor a los platos de la rotisería. Obviamente, después de tremenda porción, imposible seguir laburando.

6. Que se acabe el plato del día

Cada rotisería o restaurante tiene su plato, ese que a veces estás deseando desde la mañana porque el día anterior lo pidió un compañero. Pero casi siempre, cuando uno llama, “no queda más”. No importa la hora: la ley de pedir comida en el trabajo dice que la especialidad del lugar siempre está agotada. En general, terminás pidiendo otra cosa en ese mismo lugar, que pagás caro y viene en porción escasa.

7. Que venga sin el condimento “clave”
Las papas fritas van con sal, las pastas con queso, las milanesas con limón y la ensalada condimentada a gusto. Cuando uno está en el trabajo, los aderezos no se pueden sacar de la alacena (al menos en la mayoría de los trabajos). Ese concepto no lo entienden todos los deliveries. La frustración es inmensa cuando abrís el paquetito y registrás que, otra vez, tu comida no tendrá el sabor que esperabas.

8. Que haya hora límite para pedir
Otra vez. Toda la mañana deseando comer los fideos con tuco y pesto de la fábrica de pastas de la vuelta, pero cuando estás agarrando el teléfono, aparece tu jefe con algo urgente. Lo resolvés en 20 minutos, pero ya son las 14.01. Llamás y… “No, los pedidos son hasta las 14, sin excepciones”.

9. Que no traigan cambio
Hiciste tu pedido, tardó dos horas en llegar, bajás y cuando intentás abonar la cuenta de 30 pesos, el buen hombre no tiene cambio de 50. Preguntás a tus compañeros, silencio. Terminás recorriendo cajeros automáticos con la inestimable compañía del chico del delivery y comés a cualquier hora.

10. Que toda la comida tenga el mismo gusto
No sé por qué pasa esto, pero la comida de rotiserías y restaurantes “especializados en delivery” tiene toda el mismo sabor. ¿Será el sinsabor del trabajo lo que daña temporalmente las papilas gustativas? Sin desmerecer al sinsabor del trabajo, creemos que la culpa la tiene alguna suerte de caldo o menjunje. Para todo, el mismo.


Por Pablo Winokur

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