19.09.2012

Los mejores restaurantes para comer en la barra

Poco a poco, los porteños vencen el prejuicio y eligen comer en la barra. Cómodas y con mucha onda, estas son algunas de las más recomendables de Buenos Aires.


Por tradición, el porteño promedio se sienta a comer en la barra sólo si todas las mesas del restaurante están ocupadas y no le queda otra opción. Prefiere las cosas servidas comme il faut, que nada salga de su lugar. El preconcepto es que la barra es un plan B, un terreno para solitarios.

Sin embargo, estos prejuicios comienzan a desaparecer. En los últimos años los restaurantes se esmeraron en armar barras de tragos de calidad y les sumaron buenas butacas, más la comodidad para que los clientes puedan comer los mismos platos que en el resto del salón, pero viviendo una experiencia diferente, tanto en lo visual, como en el servicio que reciben, mucho más expeditivo y, al mismo tiempo, personalizado.

Para ir en pareja de noche, para almorzar rápido al mediodía, te recomendamos algunas de las barras con más onda de Buenos Aires.

OSAKA MADERO: fusión y elegancia
La flamante sede de Osaka en Puerto Madero tiene un marco que impacta: el muy trendy Faena Arts Center, dentro de Los Molinos Building. Con 500 metros cuadrados y capacidad para 140 cubiertos, el restaurante tiene dos barras. En una de ellas está Mona Gallosi con sus tragos. Pero en la otra, al otro extremo del salón, te podés sentar a ver la cocina semi abierta y los pescados frescos que el sushiman corta frente a vos para armar algunas de las piezas más preciadas de la ciudad. Mientras tanto, un camarero se ocupará de acercarte los sofisticados platos de la carta que, con el respaldo de un equipo made in Perú, consuma un imperdible mix de cocina peruana nikkei. ¿Quién se sentará a tu lado? Al mediodía, ejecutivos high-end. Por la noche, tu pareja. Ojo: es de lo más caro de Buenos Aires: no gastarás menos de 250 pesos. Pero valdrá la pena.
(Juana Manso 1164, Puerto Madero / T. 5352-0404)

TANCAT: Catalunya en San Isidro
En 1990, Tancat (“cerrado”, en catalán) inició su tradición en el centro porteño con su ya clásico local de la calle Paraguay y desde 2010 replica parte de su magia en San Isidro. Rica cocina española y un ambiente acogedor sin perder distinción: rojo intenso, boxes y una gran barra, con cálidas lámparas amarillas y butacas cómodas. A diferencia del local del centro, donde se juntan ejecutivos y oficinistas, en San Isidro verás grupitos de amigos en un clima más decontracté. ¿Lo mejor? El Tapeo Hour (domingos a jueves de 17 a 20hs), con tapas a buen precio, como papas bravas ($6), gambas al ajillo ($13), chipirones fritos ($10), junto a una sidra tirada (on the rocks, $7) o una caña de Isenbeck ($ 5,50).
(Av. del Libertador 14850, San Isidro / T. 4798-7100 / 7500)

DILL AND DRINKS: oasis céntrico
Hace poco más de un año, en pleno Retiro, Dill & Drinks asentó su propuesta de “bistró elegante sport” en un escenario art decó, con pisos de pinotea, lámparas Sputnik, sillones de cuero, buena música y la gran protagonista del lugar: una gran barra de mármol, rodeada de banquetas Bertoia (de varillas de acero soldadas y cromadas). ¿El plan? Al mediodía pedir el menú del día ($70 aproximadamente) y almorzar solo o con algún compañero de trabajo. Por la noche, las luces bajas le dan más intimidad a la barra y se convierte en apta para parejas. Se comen tapas o los platos de aire mediterráneo que propone cada día el chef Leandro Leyell. Y allí, frente a vos, estará el barman Sebastián Gálvez Bunge, atento a recomendarte cocktails clásicos y propios.
(San Martín 986, Retiro / T. 4515-0675)

GRAN BAR DANZON: clásico moderno
Comer en la barra del Danzón es un programa en sí mismo. Clásico de la noche urbana y una de las grandes barras modernas de Buenos Aires, en 14 años este lugar se hizo famoso por tener una de las primeras barras de alta coctelería y promover el concepto de wine bar. Si bien hay mesas, el que va a comer al Danzón se sienta frente a la cava (300 etiquetas, en su mayoría nacionales), donde hay una mesada baja, ideal para disfrutar desde un gigot de cordero hasta lingüini con calamaretti: la comodidad de la mesa se fusiona con la onda de la barra. La otra parte de la barra, donde se preparan los tragos, es más convencional: alta, con banquetas, ideal para pedir appetizers como ostras frescas, ceviche y piezas de sushi. Todo esto en un ambiente relajado, con buen jazz de fondo y una onda que jamás dejó de ser, a su estilo, muy moderna.
(Libertad 1161, Barrio Norte / T. 4811-1108)

SUCRE: porteño y contemporáneo

Cinco años después de inaugurar el Danzón, Luis Morandi abrió Sucre (espacio de aires industriales aunque acogedor en los detalles), que también le dio un papel trascendente a su barra: imponente, de casi 14 metros y cubierta de estaño, única en Buenos Aires por su calidad y dimensión. Es el lugar perfecto para cenar mientras apreciás la estantería de botellas de siete niveles, que llega casi hasta el techo. ¿Qué se come? La propuesta es cocina argentina contemporánea: excelentes carnes al grill y buena variedad de pastas y risottos. ¿Quién va? Un público glamoroso, de entre 30 y 40 años, dispuesto a gastar unos $200 por persona. Excelente carta de vinos.
(Sucre 676, Belgrano / T. 4782-9082)

TO: sushi en trencito
En 2009, la propuesta del galo-libanés Toufic Reda causó sensación entre los foodies locales y no sólo por su original propuesta de comida frapanese (mix de ingredientes y técnicas francesas y japonesas). Lo que llamó la atención fue su kaiten, cinta transportadora (muy típica en Oriente) que recorre la barra llevando cual trencito platitos con piezas de sushi, que uno se sirve a gusto. El kaitén ocupaba el centro del salón y se movía en forma casi circular alrededor del sushi bar. Hoy la barra (más corta) se ubica a un costado, aunque sin dejar de ser el alma de este refinado local, con buen servicio y mejor música. Infalible para ir en pareja y pasar una velada romántica, saboreando exquisito sushi clásico o fusión, como el Special To, roll relleno de kobe, palta y rúcula envuelto en jamón crudo con salsa de Cabernet Sauvignon. Eso sí, sigue siendo caro: $250 por barba.
(Costa Rica 6000, Palermo / T. 4772-8569)

LA ESPERANZA DE LOS ASCURRA: bueno y breve
En Villa Crespo, a pocas cuadras de los outlets que atraen a turistas brasileños, aparece este bodegón moderno, informal y chiquitín, con una mesa grande hecha con restos de puertas, manteles cuadriculados y una vistosa barra-mostrador de madera para beber y comer. Se empieza con vermouths y tragos porteños como el Coloradito y cañas de cerveza (típico de Madrid) y luego se piden platillos que vienen en tres tamaños: ración, media ración o tapa. El listado está escrito ahí, de detrás de la barra, sobre la pared de azulejos. Cuestión de mirar y elegir: morrones asados, berenjenas escabechadas, jamón crudo, tortilla de papas, burrata y variantes varias. Los precios son razonables (entre 80 y 90 pesos por cabeza), el ambiente muy cálido y el servicio amable.
(Aguirre 526, Villa Crespo / T. 2058-8313)

KANSAS: tragos, grill y appetizers  
Este baluarte de la cocina norteamericana tiene, en su éxito, una contra: casi siempre está lleno y, en cualquiera de sus tres sucursales, en horarios pico, hay hasta una hora y media de espera. Pero a no desesperar: en la barra podés ir picando algo (después te suman todo en la cuenta) o directamente cenar. Tiene medio centenar de butacas de madera con respaldo alrededor de una amplia barra circular (ovalada, en rigor), con un equipo de bartenders que trabajan a todo motor brindando un servicio velocísimo. Se empieza con tragos (margarita on the rocks, un clásico) y algún appetizer como las tradicionales potatoe skins. De principal, nada nuevo bajo el sol: la carta no cambia desde hace años, pero no le hace falta; las Houston barbecue ribs con salsa barbacoa siguen siendo un favorito. Se gasta entre 100 y 150 pesos por persona.
(Av. Del Libertador 4625, Las Cañitas / T. 4776-4100 y sucursales en Pilar y Martínez)

CAFE PAULIN: adrenalina céntrica

Gritos, acción, comensales (oficinistas, ejecutivos y afines) que vienen y van y apuran alguno de los espectaculares sanguches, entre empujones, roces, apoyadas y codazos. El ritmo frenético del mediodía porteño y céntrico se ve plenamente reflejado en Paulín. Su barra en forma de U con escaparate de vidrio es la pista de aterrizaje de sándwiches de milanesa, de tortilla, de cantimpalo y queso, de peceto, y muchos más, que se deslizan desde la cocina por su pulida superficie junto a suculentas tartas y empanadas, abundantes y a precios módicos (entre 35 y 40 pesos por cabeza). Como en el fútbol, uno no va a buscar relax sino energía y hasta cierto vértigo. Ideal para llenar la panza y cargar las pilas antes de retomar el resto de la jornada. Café Paulín está en el Microcentro porteño, en Sarmiento 635.
 
Por Frank Blumetti

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