09.05.2014

Realities de cocina: cómo son los concursos de TV que causan furor en el mundo

La fiebre por los gastro-realities arde como nunca: nuevas y variadas versiones de estos shows invaden las pantallas. Un género que combina millones de dólares, escándalos, dosis de maltrato guionado y una audiencia planetaria.


De este lado de la pantalla, seguro hay mucha gente que destina más horas de su semana a ver realities de cocina que a cocinar en sus casas. Que usa más el control remoto que la batidora y jamás sacó de su horno un bizcochuelo de chocolate perfectamente mullido y esponjoso como los que se suelen ver en el show de pasteleros amateurs de The Great British Bake (un exitazo en Inglaterra, hoy reproducido en casi 20 países, desde Francia hasta Estados Unidos) o cualquiera de los platos de MasterChef, la franquicia de realities más popular del mundo después de Gran Hermano, que acaba de sumar su versión local.

¿Cuál de todos es el ingrediente remolcador para que estos programas no paren de brotar de la tele? ¿Es la empatía que se siente con algunos de los competidores? ¿Es el filón voyeur de ver cómo Gordon Ramsay (o algún jurado que haga las veces de Ramsay) maltrata a los que no pegan una? ¿Es el estudiado vértigo del “¡faltan 10 segundos, chefs!”, cuando parece que ninguno va a terminar su plato pero, al final, siempre llegan todos? ¿Es lo bien que luce la comida, la cantidad de ingredientes, de posibilidades, de recetas? Es una mezcla de todo: funcionan porque lo más importante, siempre, es el good show.

“Está claro que esto es un programa de tele más que de cocina. Si no, estaría en ElGourmet y no en Telefe”, dicen desde Eyeworks, la productora de MasterChef Argentina, al aire todos los domingos en horario central desde el pasado 6 de abril y con Donato de Santis, Germán Martitegui y el francés Christophe Krywonis en el papel de jurados, cada uno con su perfil: el primero bonachón y simpático, el segundo exigente e implacable y el tercero, un “malo bueno” o un malo con matices. El programa, que consta de 17 episodios y 16 aspirantes a chefs (de toda índole: amas de casa, sibaritas y cocineros profesionales), empezó con escándalos desde el minuto cero: el casting para elegir a los competidores. Varias personas que acudieron a la convocatoria en el Hipódromo de Palermo –había que preparar un plato in situ– denunciaron que los competidores ya estaban elegidos de antemano y que ellos solo estaban para hacer bulto. También surgieron polémicas alrededor de la elección de los jurados: en el ambiente gastronómico molestó que dos de tres fueran extranjeros (Donato es italiano y Christophe, francés) y que, salvo Martitegui, chef del restaurante argentino Tegui #1 en la lista San Pellegrino, no tuvieran suficiente mérito para oficiar de jueces.

MASTERCHEF VS TOP CHEF
Más allá de las polémicas, la tele argentina está llegando bastante tarde a un género que hace 20 años comenzó a dar sus primeros pasos con MasterChef UK y que, hace casi diez, explotó a partir de la versión americana de Hell’s Kitchen, el primer programa en el que Ramsay –el chef inglés especialista en concursos televisivos– empezó a desplegar su signature de mal genio y que se convirtió en un rol: desde entonces, cualquier reality de cocina debe contar con alguien que cumpla el papel de villano simpático.

MasterChef es una especie de pulpo que lo va tomando todo: tiene su versión para chicos aspirantes a chefs y su versión para profesionales, se produce en 40 países y se transmite en alrededor de 200. Su edición australiana, una de las más exitosas, es el tercer show más visto de la historia en la televisión de ese país y tiene 180 millones de espectadores en todo el mundo. Y la española logró en 2013 algo que parecía imposible: contar con Ferran Adrià entre sus invitados especiales. Hasta entonces, el catalán se había negado a participar de este tipo de programas.

El principal contrincante de MasterChef es el show estadounidense Top Chef, conducido por la modelo india Padma Lakshmi, con Anthony Bourdain como frecuente jurado invitado y con 11 temporadas en su haber. La gran diferencia entre ambos es que el primero recluta aficionados (excepto en su versión para profesionales) y en el segundo los participantes son cocineros de oficio. Los desafíos varían de uno a otro: en Top Chef se les exige mostrar mayor técnica –rapidez y excelencia para cortar ingredientes, por ejemplo– y, divididos en grupos, deben crear restaurantes desde cero. En MasterChef los retos principales son “La caja misteriosa”, en el que deben elaborar un buen plato a partir de determinados ingredientes que descubren a último momento, y la “Prueba de eliminación”: el ganador de la “caja misteriosa” elige con qué alimento va a cocinar cada uno de sus competidores (naturalmente, a los más talentosos les dan los más complicados: pulpo, cangrejos, búfalo).

Top Chef, por otro lado, se muda a una ciudad nueva cada temporada. Y en cuanto a las retribuciones, estos certámenes también difieren un poco: MasterChef otorga una suma monetaria (que asciende a 250 mil dólares), el título de cocinero profesional y un contrato para publicar un libro de cocina, mientras que su oponente premia al ganador con 200 mil dólares, un viaje a los Alpes franceses, una nota en la revista Food & Wine Classics y la participación en el festival gastronómico anual realizado en Aspen (Colorado) por esa misma publicación. 

ESCALERA A LA FAMA
Entre los egresados de los realities hay de todo: los que se convirtieron en chefs o pasteleros estrella, los que publicaron sus propios libros, los que abrieron restaurantes, los que tuvieron sus cinco minutos de fama y fogones y se quedaron en eso. La tercera edición de MasterChef Estados Unidos, que se emitió en 2012, seguramente será una de las más recordadas. Y por duplicado: la ganadora fue Christine Ha, a la que el hecho de ser ciega no le impide cocinar de maravillas, y el segundo lugar lo ocupó Josh Marks. El joven chef de 25 años parecía destinado a hacer un carrerón en la cocina pero, en el verano de 2013, lo encontraron en una calle de Chicago en pleno brote maníaco: gritaba que él era Dios y que Gordon Ramsay era un idiota. Seis meses después, con un diagnóstico de bipolaridad y esquizofrenia, se pegó un tiro.

Otros ganadores, como la rubia Jennifer Behm, quien participó de la segunda edición, tuvieron mejor suerte: antes de quedar en el casting, Behm era una agente de real state en sus 30, con un pasado como concursante en concursos de belleza. Después de coronarse campeona, largó su trabajo de oficina, se casó, abrió con éxito su propia empresa de catering y se convirtió en una figura popular. Y hay más: del lado de Top Chef se pueden nombrar a Carla “cocina con amor” Hall, quien hoy conduce el talk show culinario The Chew junto al famoso chef Mario Batali, en la cadena estadounidense ABC; o al carismático Fabio Viviani, el italiano que se ganó el amor del público y ahora es autor de best sellers gastronómicos. 

EL GUSTO Y LA TORTA
A pesar de la estandarización que caracteriza al género, no siempre un mismo programa genera igual repercusión en diferentes países. No es el caso de MasterChef ni de Top Chef, que tienen su éxito asegurado, pero sí sucedió, por ejemplo, con The Taste. La versión culinaria de La Voz (los jurados no saben quién preparó los platos que prueban) comenzó a transmitirse en 2013 en la cadena ABC, en EE.UU., con un jurado de lujo: Bourdain, el rey del pop-up Ludo Lefebvre y la diosa inglesa Nigella Lawson. Tuvo una buena aceptación de público y logró que le renovaran una segunda temporada. En Inglaterra, en cambio, le fue pésimo: empezó con un millón y medio de espectadores y perdió la mitad en el camino, y el diario británico The Guardian calificó a los competidores de “aburridos”, además de sugerir que el deslucido rol de Nigella en el programa podría afectar su marca.

Un caso reciente de éxito, en cambio, es The Great British Bake Off. Con el objetivo de encontrar al mejor pastelero amateur de Inglaterra, hace cuatro años dio sus primeros pasos en la BBC, con Mary Berry –una especie de Blanca Cotta inglesa, de casi 80 años– como principal jurado. Las críticas iniciales fueron demoledoras, pero el reality fue creciendo año a año y pastel a pastel: se le atribuye haber revigorizado el interés de los ingleses por la pastelería (las ventas de utensilios e ingredientes se dispararon) y se lo señala como una de las razones de que los Women’s Institute, centros comunitarios creados durante la Primera Guerra Mundial para que las mujeres se involucraran más en la cocina, aumentaran su matrícula por primera vez desde los años 70. 

DE PRESOS Y FREEGANOS
Existen realities de cocina que escapan del formato convencional. Entre los más raros, figura el danés Claus Mayer, socio de René Redzepi en Noma –uno de los mejores restaurantes del mundo según la prestigiosa revista británica Restaurant–, filmó en la prisión de Vridsløselille, en las afueras de Copenhague. El objetivo era enseñarle a 20 convictos a cocinar durante ocho semanas para que tuvieran una salida laboral. Se llamó “Restaurante tras las rejas” y duró solo una temporada por quejas de los familiares de las víctimas de los crímenes. Otro excéntrico es Waste Cooking, un programa austríaco que comenzó a emitirse en 2012 y propone a sus concursantes cocinar platos deliciosos… a partir de lo que encuentren en la basura. Un auténtico reality freegano que fomenta el combate contra los desperdicios: Austria desecha 105.000 toneladas de alimentos por año.

Por Cecilia Boullosa

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