10.08.2009

A la mesa con Obama

La agitada vida culinaria del nuevo presidente de EE.UU.: su polémica chef, su mediocre sommelier, las galletitas con su cara y el marketing gastronómico que se ha montado en torno a su figura.

Obama
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Cada vez que asume un nuevo presidente en un país se analiza todo lo referente a su vida personal: desde qué excesos cometió en sus años adolescentes, hasta qué hábitos deportivos tiene en su rutina diaria. La gastronomía, por supuesto, no queda afuera de la aguda mirada de los periodistas que desean saberlo todo acerca del flamante mandatario. En Estados Unidos, el ojo que se posa sobre el presidente pretende ser aún mucho más sagaz que en otras naciones. Así es como se busca saber hasta los más ínfimos detalles de la dieta del flamante presidente Barra Obama: qué come, qué bebe (y en qué cantidades), cuáles son sus platos preferidos y qué sabe (y no sabe) cocinar.
Pero la cosa no termina ahí: al mismo tiempo, capos del marketing, creativos con aires de empresarios, o simplemente fanáticos del mandatario electo, comienzan a preparar platos que homenajean al presidente… o no tanto.

Curiosamente, el emprendimiento gastronómico más creativo en torno a Obama no es yanqui, sino español. La empresa NeoBrands acaba de lanzar al mercado las Obamitas: unas galletas “elaboradas artesanalmente a base de cacao, huevo, nueces, azúcar, manteca, harina, una pizquita de esperanza y mucho cariño”. Las Obamitas son, en definitiva, galletitas de chocolate con una carita de smile pintada con un mejunje de color blanco. Previsiblemente, todo es cuestión de marketing: el slogan de las Obamitas es “alégrate el día” y, según explican los creativos reposteros en su página web, estas galletas nacieron para levantarle el ánimo a la gente en este 2009 “que ha llegado con la crisis a cuestas”.

En EE.UU. fueron muchos los que festejaron el regreso de los demócratas al poder horneando masas. Y con la nueva y ya masiva técnica que permite cocinar fotos comestibles, cualquier cráneo con una docena de huevos y una batidora prepara una torta de Obama. Por ejemplo, la famosa pastelería hollywoodense Mrs.Beaslys que lanzó sus Obama Cupcakes, sabor vainilla con una foto comestible de Barack. Se pueden comprar on line a nada más y nada menos que u$s 29,95 el pack de seis unidades. Si Obama logra que esta gente baje el precio de sus productos, habrá conseguido algo importante.

Mientras tanto, los que también están juntando sus buenos dólares gracias al presidente, son los restaurantes de Chicago que solían tenerlo como cliente. Una historia increíble es la de la sexagenaria pizzería Italian Fiesta Pizzeria que, a pesar de su espantoso nombre, logró cautivar el paladar de Obama con sus masas finas y crocantes, a tal punto que sus fueron invitados a Washington DC para cocinar en la fiesta de asunción de su cliente más célebre. Cuando los llamaron desde el comité de Obama, los dueños de la pizzería pensaban que era una joda.

ENSALADA DE ATUN
La prensa estadounidense tiene una especie de fetiche con la dieta de los Obama. El  ejemplo que sintetiza este fisgoneo es el del famoso programa 60 Minutes que el año pasado fue a la casa de la familia Obama cuando aún estaba en campaña y filmó a Barack junto a su familia mientras preparaba una ensalada de atún. Los ingredientes que usó el presidente para su ensalada fueron: atún, mostaza Grey Poupon, mayonesa y pepinos picados. En el video (que se puede ver en You Tube), Obama cuenta que le gusta la comida picante, pero que no puede prepararla en su casa por dos motivos: por falta de tiempo y porque a sus hijas sólo les gusta el queso. Dice, además, que de soltero solía cocinar y que en la universidad tenía un compañero de habitación indio del que aprendió muchas recetas de ese país.

ECHEN AL CHEF
La dieta de Barack y Michelle (cuya comida favorita son las hamburguesas con papas fritas) no es un tema menor. Desde 2005, la chef de la Casa Blanca es Christeta Comerford, una cocinera filipina a la que los inmigrantes latinos cargan por la rima fácil que surge de su nombre de pila. Pero en diciembre pasado, la chef Alice Walter, la crítica gastronómica Ruth Reichl y el restaurateur Danny Meyer le enviaron una carta al presidente electo pidiendo que la reemplazara por un cocinero que haga foco en la cocina orgánica y que cultive sus propios vegetales en los jardines de la residencia presidencial. Uno de los párrafos de la carta decía: “Apoyar una dieta fresca, de estación y de productos americanos no sólo alimentaría bien a su familia, sino que también le daría apoyo a nuestros granjeros, inspiraría a sus invitados y energizaría a la nación”.

La polémica siguió: en su blog, Walter Schreib el chef de la White House entre 1994 y 2005 criticó duramente a Walter, Reichl y Meyer, y defendió las gestiones culinarias actuales y pasadas de la residencia presidencial: “Su carta se basa en información de segunda mano. La comida en la Casa Blanca es local, orgánica, nutritivamente responsable y, más que nada, deliciosa. La actual chef, Cris Comeford, está y siempre ha estado comprometida con estos principios, así como yo lo he estado antes que ella”, escribió. ¿Final de la historia? Los Obama se quedaron con Cristeta, pero sumaron al staff a Sam Kass, un chef que ellos conocían de Chicago y que cumple con muchos de los requerimientos de Alice Walter y compañía. O sea, todos felices.

CAMBIEN AL SOMMELIER
El que tampoco la pasa del todo bien es Daniel Shanks, sommelier de la Casa Blanca. A fines del año pasado, tal vez canchereando por la envidia que genera el increíble laburo que pegó, le dio una entrevista a la agencia Bloomberg explicando en qué consistía su trabajo. ¡Para qué! Los que vieron la entrevista lo criticaron, sobre todo el periodista Mike Steinberger (uno de los mayores especialistas en vino del mundo) en la revista Slate, que dedicó un largo artículo cuyo título lo dice todo: “Bush White House served terrible wine. Obama should do better” (La Casa Blanca de Bush servía un vino terrible. Obama debería mejorar).

La nota empieza casi burlándose de Shanks, ya que éste se enorgullece de que la cava de la Casa Blanca tiene unas 500 o 600 botellas. “Eso es patético y es un ejemplo de cómo se permitió que infraestructura de EE.UU se deteriorara”, dispara Steinberger que asegura que, por ejemplo, Thomas Jefferson (presidente de EE.UU. entre 1801 y 1809) llegó a tener 20.000 botellas en su cava, donde ahora hay menos botellas que las que tiene él (Steinberger) en su casa. Luego despotrica contra el criterio que utiliza Shanks para elegir los vinos que les sirve a los invitados del presidente. Cita ejemplos de etiquetas que debieron beber, por ejemplo, el primer ministro de Italia, Sivio Berlusconi, la canciller alemana, Angela Merkel y la reina Elizabeth, de Inglaterra. Shanks, siempre según la tenaz opinión de Steinberger, eligió vinos demasiado jóvenes. “Esto es una desatención hacia la industria vínica de EE.UU. y probablemente no le haga mucho bien a nuestra política internacional. Sirviendo estos vinos jóvenes, Shanks está perpetuando un desafortunado estereotipo acerca de los vinos americanos”, dispara el periodista.

¿Qué debería hacer Obama, entonces? Tres propuestas para Barack. Primero, que se proponga tener al menos 3000 botellas en su cava, lo cual ayudaría indirectamente (digamos que muuuy indirectamente) a la creación de empleos. Steinberger aclara que no hace falta que sean vinos súper caros; que hay excelentes vinos buenos a precios razonables. Segundo, que acepte tener vinos extranjeros (¿se imaginan a Obama y, por ejemplo, Sarkozy, degustando un Torrontés de Cafayate?), ya que hoy aún rige una antigua ley de los años 60 que sólo permite tener vinos americanos. Por último, que “implemente un nuevo approach hacia el servicio de vinos”. En otras palabras, que le eche flit a ese perro que tiene como sommelier.

Más allá del sommelier que trabaje, o no, en la Casa Blanca, según muchos especialistas hay un dato concreto que le puede dar esperanzas a los bodegueros de EE.UU.: a diferencia de su antecesor, Obama bebe vino. Un dato tan simple como alentador.

por Vanesa Klover

 

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