La semana pasada comí un brunch malísimo y otro genial. Sobre el primero ya me explayaré con furia en el próximo post, pero ahora quiero dedicarle mis loas y mi energía al que comí en Aipim (Thames 1535, Palermo), un pequeño restaurante de Palermo que sospecho será uno de mis preferidos durante el año 2013.

Aipim tiene todo lo que yo NECESITO para comer bien. Buen clima, linda decoración, manteles impecables, servicio atento pero no pegajoso, y una propuesta relativamente liviana y muy rica. La comida es excelente, pero además, está bien diseñada la carta, sobre todo la propuesta del brunch  En Buenos Aires, déjenme decirles que hay muchos brunchs, pero un poco por falta de tradición y otro poco por pereza, casi todos son flojos. El pan tiene que ser superlativo y nunca lo es, los huevos revueltos que deberían ser dignos son siempre un papelón, el yogur casi siempre es comprado y nunca viene todo a tiempo.


El brunch consta de 6 pasos chiquitos y se sirve sólo los domingos de 11 a 16 horas. Los primeros dos pasos siempre son fijos. Pueden elegir entre un té negro o verde o un café con leche (riquísimo), al que le suma un jugo de naranja chico, una panera con surtido de panes y pastelería. A nosotros tocó un pan de granos y pasas tiernísimo y uno blanco rico pero muy pesado con dos medialunas. Para untar viene manteca (no hay queso blanco, un punto flojo), mermelada de frambuesas casera (superlativa, compensa un poco el cream cheese affaire).


Quiero detenerme en las medialunas porque son tan pero tan buenas que podrían llegar a ser las mejores que probé en mi vida. Una maravilla de la patisserie porteña: húmedas en el centro, crocantes por fuera, almíbaradas pero no pegajosas, con el dulzor justo, y la temperatura perfecta. Quizás las únicas que me gusten tanto son las de almendras que hacen en L´epi. Como corresponde,  al romperlas se abren como una cinta y se derriten en la boca. La foto es linda pero no les hace justicia. Van a tener que confiar en mí.  Valen cada una de los gramos de grasa que se asentarán en sus posaderas.


Luego viene un pequeñito yogur con cereales y frutas. El yogur es muy rico y raro. Es como si estuviera aireado, hecho una espuma en un sifón o algo por el estilo. Es cremoso pero liviano, parecido a una mousse. Esta semana había granola con nueces, mango en cubos y arándanos pero al parecer, va cambiando de acuerdo a la voluntad del chef.


El tercer pasito siempre es un huevo. A veces vienen revueltos, a veces poché, a veces a la plancha. Esta semana me tocó un huevo pocheado a punto con polenta grillada, puré de zucchini y chauchas y espárragos. Placer total. Odio los huevos secos y  grasosos y desgraciadamente en Buenos Aires es imposible comer un brunch sin un revoltijo amarillo pasado de sartén.

De segundo siempre hay una proteína con guarnición. Me tocó un mini mini bife con una ensalada de burgol, tomate, ají, cebolla colorada y menta. Muy rico, pero el burgol estaba crudo. El mozo me aclaró que el chef lo hacía así a propósito para que no desarmara y no quise debatir porque quería comer el postre pero creanme a mí porque esto es una regla universal: si un cereal tiene gusto a harina cruda, está crudo. No hay muchas más vueltas que darle.


El postre va cambiando todas las semanas. A mí me tocó un budín de pan de canela cremosísimo, mascarpone batido, moras y arándanos. Riquísimo. Podría haberme comido mil. O no mil. Pero dos, seguro. ¿El precio? $120 por persona, aunque hay que sumarle un agua mineral  para los dos pasos fuertes. Nosotros pagamos $254. Si el comensal lo desea, hacen una versión vegetariana a pedido. ¿Lo malo? Aceptan sólo efectivo. Pero no sean vagos, pasen por el cajero y no se lo pierdan. Abren solo de miércoles a sábado de 19 a 24,  y el domingo durante todo el día.

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