Si bien hoy en día el sushi es furor en Argentina, hay que reconocer que  las piezas que consumimos tienen muy poco que ver con la cocina japonesa real. Aunque ricos, los rolls con palta, kanikama, o queso crema no tienen nada que ver con Japón, sino con lo que hicieron los inmigrantes orientales cuando llegaron a Estados Unidos para adaptar su gastronomía al paladar local. Sin embargo, no hay que ser puristas. El sushi americano no es mejor ni peor que el sushi japonés. Es diferente, nada más.

En Buenos Aires, por suerte hay de todo. Podemos ir al Sushiclub a comer piezas con palmitos y queso, pero también a restaurantes como Yuki e Ichisou (les debo aún la reseña de Yuki, tengo por ahí las fotos), que ofrecen cocina japonesa auténtica para paladares inquietos como el mío, que van de un estilo al otro sin culpa ni contradicciones.


La carta de Ichisou, por ejemplo, es muy larga y completa y es una buena aproximación a la comida de Japón de verdad. Tiene entradas, sopas, teppanyanki, arroces, sushi, tempura, salteados, postres típicos y combinados de varios platos para probar un poco de todo. El rango de precios es muy amplio, porque no es que todos los principales están en un mismo rango como pasa en muchos restaurantes. Se puede gastar entre $80 y $200 por persona, de acuerdo lo que pidan. Si quieren ir a comer un donburi de pollo o un tonkatsu de cerdo van a gastar muy poco y van a comer muy bien. Pero si quieren comer sashimi de pulpo y pez espada van a tener que sacar unos cuantos billetes. Nosotros, como somos glotones, elegimos un menú degustación que es para dos personas y sale $316. Incluye, además de un poco de cada cosa del menú, té o café y algún postre. Pedimos dos (porque fuimos con una pareja amiga al teatro, como ya les conté que hacemos los sábados) y la verdad es que comimos muy bien por $662 pesos entre los cuatro.


El menú arranca con un shot de Ume, el famoso licor de ciruelas umeboshi y un appetizer de salmón con mirin, limón y cebolla. Muy rico.


Después vino una sopa de miso para cada uno, deliciosísima, con cubos de un tofu suave y cremoso, algas y verdeo. Hubiera tomado esa sopa toda la noche, un manjar.

Más tarde llegó el sashimi (esta tabla era de dos menúes, o sea para cuatro). Comimos de pulpo, salmón blanco, salmón rosado y pez espada. Una calidad superior de pescado, que se deshace en la boca como manteca. Ni hablar del pez espada, parecido al atún, pero mucho más cremoso y suavecito. Una delicia.

Después vino un tofu cremosísimo (a mí no me vuelve loca el tofu, pero éste era delicioso), empanado en una masa de huevo, y sumergido en un caldo de soja y miso con verdeo, agridulce, también maravilloso. Lo de al lado son espinacas salteadas con sésamo y soja. Otra genialidad.

Después llegó el tan esperado sushi. Niguiris de pez espada, salmón rosado chileno y unos langostinos tiernos y tan frescos que daban ganas de llorar. La tabla era de los dos menúes, entre cuatro.

Después comimos unos mini yakitori de pollo con una salsa picante, muy ricos. Una para cada uno, obvio.

Llegó el tempura, con una salsa de soja y un limpiador de jengibre y rábano rallado. Yo odio las frituras, así que comí el langostino y el pescado, pero había ají, batata, calabaza, zanahoria también. Una canastita para cada uno de los cuatro.

Después, cuando no podíamos comer más llegó el salmón asado, con arroz y pickles (una porción de salmón cada dos comensales, el arroz y las verduras individuales). Muy rico, pero lo prefiero crudo.

Y por último, el cerdo en salsa picante, también rico, pero menos sorprendente que lo demás. (o teníamos menos hambre). Uno cada dos comensales, claro.

Cerramos la cena con postres y té verde. Yo elegí helado de sésamo, Martín de matcha y nuestros amigos un dulce de aduki y una masita rellena de aduki. Son un poco pequeños, pero es verdad que los japoneses no comen postres demasiado grandes o elaborados. Eran todos ricos, por supuesto.