Como es costumbre de esta casa, la semana pasada estuvimos unos cuantos días descansando en el delta. Esta vez, además de los asados habituales, aprovechamos para ir a comer afuera al restaurante más conocido del lugar: El gato blanco.

Un poco por su ubicación (30 minutos en lancha de pasajeros, en un río con muchos horarios de lancha), otro poco porque es muy pero muy lindo, El Gato blanco es  un imán de turistas, yates de lujo, y ricachones de zona norte con lanchas últimos modelo, y aunque no me crean, hasta helicópteros. Un verano alquilamos una casa cerca, a 1 km y todos los mediodías ya sabíamos que se venía un alud de embarcaciones fabulosas, y ayer mismo, mientras comíamos, dos personas llegaron por el aire desde su casa de Capital Federal.


Se puede comer adentro, en el parque de atrás, o en el deck enorme que tiene sobre el río, que en invierno se calefacciona para que los turistas puedan seguir yendo sin problemas a gastar sus convenientes yenes y dólares. Especifíquenlo al hacer la reserva porque aunque es enorme, los días lindos se llena.


Como veníamos de tres asados consecutivos, tratamos de elegir pescado. Yo me pedí un pacú a la parilla y Martín, como no había nada más de río, accedió a la recomendación del mozo y se dejó llevar por unas rabas. Agregamos una ensalada porque papas al natural no comemos. Al menos no por propia voluntad.


El pacú estaba bien, a punto (a pesar de que en la foto parece un poco quemado), pero el cuero era muy grueso y eso hacía que fuese un poco graso para mí. No era la mejor forma de cortarlo. El pescado tiene que ser parejo porque la cocción es rápida y si una parte es más fina, se pasa. Pero estaba bien, era fresco y la parrilla le daba un toque especial.

La ensalada estaba rica, muy fresca, nada que objetar (era una ensalada, nada más) y las rabas de mi marido también  estaban perfectas, aunque la porción era demasiado grande (hubieran sido para dos, o más). Igualmente, enseguida se arrepintió de pedir algo frito, porque le resultó pesado, le dio un poco de sueño y se sintió pesado toda la tarde.

Les recomiendo ir, porque es mucho más lindo comer en el Río Capitán que en Palermo, pero les aconsejo ir a buscar algo simple y concentrarse en el paseo y en el sol, divino, que llega al muellecito. Pidan un bife de chorizo con ensalada y listo. Todo lo que sea un poco más raro, va a ser fresco y de buena calidad, pero un poco desactualizado para el estilo de alimentación actual.

Pueden tomarse la lancha que sale 11.30 de la estación fluvial, llegar 12.30, almorzar tranquilos, y después ir a la parte de atrás, que tiene un parque enorme, con mucha variedad de árboles, flores y plantas, un sendero, juegos para los más chicos y espacio para correr.

Después se van atrás a pasear un rato. Si tienen chicos, a que se cansen en los árboles y los juegos. Y tipo tres de la tarde, vuelven a comerse un helado o a tomar un café en el deck otra vez y a las cuatro se vuelven en otra lancha que los dejará, sanos y salvos, luego de pasear por el río Sarmiento, a las cinco de la tarde en el continente.

¿Cuánto sale esta maravilla? No es barato pero no es carísimo. Nosotros gastamos $300 pero sobró muchísima comida. $120 por persona es un promedio más realista, sin vino. Si van a comer, olvídenlo. Hay lugares en donde se come mucho mejor por ese dinero. Si van a pasear, es imbatible. Ninguna comida puede competir con ese río.