31.10.2016

¿Por qué los envases no dicen todo lo que contienen en su interior?

En Chile, una ley busca modificar estas prácticas mientras crece el reclamo para que los envases de alimentos incluyan advertencias similares a la de los cigarrillos ¿Qué ocurre en la Argentina?


No pasa en el Primer Mundo sino literalmente al lado nuestro: impulsada por un legislador (el senador Girardi) que hizo de la cruzada por la alimentación saludable una bandera política, semanas atrás entró en vigencia en Chile una ley que apunta a combatir el avance de la comida chatarra y ultraprocesada, promoviendo mejores hábitos dietarios en la población y, especialmente, en los niños. La norma contempla varios aspectos alineados con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud que van desde regular la publicidad dirigida al público infantil (como ocurrió meses atrás en Brasil, otro vecino regional que parece encarar el problema como cuestión de Estado) hasta campañas para que en los hogares se vuelva a cocinar y se utilicen ingredientes frescos y naturales, pasando por la prohibición de dar juguetes como anzuelo para que los chicos se lleven a la boca pseudo-alimentos de nulo valor nutricional. 



La prohibición del huevo Kinder y el haber forzado a McDonald’s a modificar la composición de su emblemática Cajita Feliz fueron los hitos más resonantes, en términos de impacto mediático, desde la implementación de la ley. Pero el cambio más profundo e inspirador viene por el lado del etiquetado: basta con recorrer las góndolas de un supermercado en cualquier ciudad del país trasandino para detectar unos flamantes rótulos negros, hexágonales y bien visibles al frente del paquete, con la leyenda “alto en…” (sodio, azúcares, grasas saturadas o calorías) que el Ministerio de Salud obliga a estampar en los envases de cientos de productos de diversos rubros. Aunque el cambio es reciente y no existen aún mediciones profundas sobre la influencia de estas alertas en los hábitos de compra, ya se registran situaciones impensadas como el hecho de poder descubrir dosis insalubres de sal en postrecitos dulces o la presencia de azúcares en exceso en pollos de rotisería. 

BASTA DE SIGLAS RARAS
El fenómeno ha reabierto el debate acerca de cuán confiable es la información que figura en las etiquetas. Más allá de los ardides y trucos del marketing para disfrazar de saludable a una galletita plagada de JMAF (jarabe de maíz de alta fructuosa, un endulzante barato y objeto de múltiples cuestionamientos) o a un cereal infantil híper azucarado y lleno de químicos, lo cierto es que la información nutricional y las descripciones legales que las empresas del sector deben consignar no siempre aportan claridad y respuestas honestas a las inquietudes del consumidor. Más bien, al menos en la Argentina, suelen apelar a deliberadas estrategias de ocultamiento o engaño que, sumadas a la escasa conciencia pública al respecto (asistimos a una suerte de analfabetismo nutricional: no sabemos cómo interpretar y leer etiquetas), perpetúan un sistema funcional a los intereses de la industria. 



Para empezar, por ejemplo, pocos saben que las listas de ingredientes de un producto están expresadas en orden decreciente, del que más contiene al que menos. Y que, por ende, nada que empiece con “azúcar” debería merecer espacio en la alacena o el changuito familiar si uno pretende llevar adelante una dieta natural. Además, muchos aditivos artificiales como conservantes y saborizantes se mencionan camuflados bajo siglas, códigos alfanuméricos o denominaciones alternativas (entre ellos el tan temido glutamato monosódico) y los niveles de determinadas sustancias o nutrientes aparecen calculados con criterios relativamente arbitrarios de “cantidad por porción” que, lejos de clarificar el panorama, refuerzan el desconcierto y la confusión. 

LO DICE LA OMS
Soledad Barruti, autora del best seller Malcomidos y referente local de esta cruzada global, ha venido siguiendo de cerca la experiencia chilena y la de otros países que, mediante leyes e impuestos (como México, que fijó un gravamen a las gaseosas para desalentar su venta), están empezando a plantarse frente a la epidemia de obesidad, diabetes y enfermedades coronarias que tiene a la mala alimentación como una de sus causas principales. “Los países no están inventando nada, se trata de seguir las directrices y pautas de la OMS, encadenar acciones y concientizar a la gente. Pero en algunos lugares la resistencia del poder y la industria a estas transformaciones es más fuerte”, afirma. Y agrega que allí donde las propuestas en esta línea resultan exitosas suele verificarse una suerte de alianza entre consumidores organizados y fuertes que hacen oír sus demandas, por un lado. Por el otro, profesionales de la salud libres de conflictos de intereses y comprometidos activamente con la causa. Ninguna de estas dos patas parece, hasta ahora, consolidarse en la Argentina. Lo cual, sumado a la ausencia de dirigentes de peso que hagan de estos reclamos una bandera,  alejaría de momento la posibilidad de que se adopten aquí políticas públicas similares. 

“No hay nada que inventar: lo de Chile es perfectamente copiable”, insiste Barruti, y confía en que a mediano plazo, como en buena medida pasó con las tabacaleras, el lobby de la industria pierda relevancia frente a la evidencia de que lo que comemos nos está haciendo mal. Ella y la legión de consumidores conscientes que comparten sus preocupaciones sueñan con etiquetas todavía más elocuentes y (en el buen sentido) alarmantes donde, como vemos hoy en los atados de cigarrillos, los riesgos de consumir un producto se muestran de manera gráfica y con advertencias explícitas. “Lo que lleva a que algo deje de consumirse es, en definitiva, el cambio cultural y la condena social”, reflexiona Barruti. En otras palabras: si fumar alguna vez “tuvo onda” y ahora está mal visto, la comida chatarra va en camino de replicar ese derrotero. 



SON SOLO SEMÁFOROS
Para Carlos Reyes, periodista gastronómico chileno, la nueva ley “no es la que muchos querían, más asociada a los controles de los países desarrollados respecto a sus alimentos industriales con excesos de azúcares, sales y grasas”.

“Creo que debieron establecerse máximos permitidos para el control de la industria en vez de los ‘semáforos’”, dice, y agrega: “En Chile hay experiencia en autorregulación como ocurrió con la industria del pan, donde se bajó un 20% la cantidad de sal usada, pero es un ejemplo aislado. Así las cosas es difícil que la industria por motu proprio haga cambios a negocios que considera rentables. Acá prima una lógica ideológica liberal: que la gente elija”. Sin embargo, reconoce que “el cambio ha sido notorio en los colegios”, donde se restringió la venta de golosinas, snacks y dulces para dar lugar a frutas y cereales. Además, se ha buscado limitar la venta de alimentos altos en nutrientes críticos en un radio de hasta 100 metros de distancia de los establecimientos escolares.

Barruti, aunque apoya en líneas generales el proyecto chileno, suma algunas críticas puntuales en lo referido, justamente, a los kioscos de escuelas donde, como sucede con la ley argentina, se contempla la venta de versiones light de varios ultraprocesados. “Pero como comienzo no está nada mal y tiene varias cosas imitables”, concluye. Los rótulos de “alto en…” son, acaso, una de esas cosas que no estaría mal copiar para que las etiquetas dejen de desinformarnos. 



LA CAJITA DE LA DISCORDIA
Ferrero y McDonald’s son dos de los gigantes a los que el gobierno chileno se animó a enfrentar con la nueva ley de alimentación saludable. En el caso de la multinacional de origen italiano sus directivos anunciaron que irán a la Justicia (hasta el momento sin éxito) para revertir una de las decisiones que más ruido hizo desde que entró en vigencia la norma: la de prohibir la venta del huevo Kinder por considerar que no deben ofrecerse a los chicos juguetes como incentivo para que consuman productos de bajo valor nutricional.  En el mismo sentido, McDonald’s se vio forzada a modificar su tradicional Cajita Feliz para adecuarse a los estándares de la medida. Ahora el menú incluye una hamburguesa más delgada, sin mayonesa ni queso; papas fritas pequeñas y casi sin sal; tomates cherry, un jugo bajo en calorías o una bebida light y un yogur o puré de manzanas a modo de postre: sólo así se le permite al gigante del fast food seguir incluyendo regalos marketineros como los que habitualmente vienen con este combo. Quaker, en tanto, decidió reducir los niveles de grasa, sal y azúcar en sus barras de cereal para evitar que las autoridades les estampen el tan temido rótulo de “alto en”.

Por Ariel Duer
Ilustración: Celeste Rodríguez 



 

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