08.11.2017

Aruba para foodies: paladares dichosos en la isla feliz

Restaurantes de vanguardia, contundentes bocados callejeros, un resort donde los niños comen gratis y hasta una cerveza hecha con agua de mar configuran una propuesta ideal para experimentar los sabores locales


La gastronomía, queda claro, no es el principal motivo para viajar a Aruba. Primero están sus playas, desde la bucólica Arashi, custodiada por el centenario Faro California, hasta la concurrida y vibrante Palm beach, en la zona de los hoteles de lujo, o su contigua Eagle beach (la tercera más linda del mundo según Tripadvisor), pasando por Baby beach (donde uno puede alejarse decenas de metros de la orilla y seguir haciendo pie) y Mangel Halto, salvaje y agreste, que invita a zambullirse al mar atravesando frondosos manglares. Los colores y la tibieza del agua, el clima infalible —lejos de la zona de huracanes y a resguardo de cualquier castigo climático, con el termómetro rondando todo el año los 28 a 30 grados centígrados y una suave brisa nocturna que alivia el calor—, sus atardeceres de ensueño y su riqueza submarina, un imán para amantes del buceo y el snorkel, pican en punta entre los argumentos para visitar la “isla feliz”, como le gusta llamarse a sí misma a esta joya de las ex antillas holandesas, que hoy goza de un estatus de país autónomo aunque continúa integrando el reino de los Países Bajos.



Es por todo esto —por sus atractivos naturales, su geografía diversa, sus sorprendentes contrastes (las palmeras conviven con los cactus y los paisajes desérticos del parque nacional Arikok) y su riqueza cultural; por su atmósfera cosmopolita, por las vidrieras glamorosas de su downtown, Oranjestad; y por la seguridad y la tranquilidad que se respira en todos sus rincones— que Aruba atrae año tras año a miles de turistas; estadounidenses en un 70%, pero también europeos y una nutrida legión argentina. Con una superficie menor a la de la Ciudad de Buenos Aires, que permite cruzar la isla de punta a punta en alrededor de una hora, y una población próspera y amable que habla cuatro idiomas (holandés y papiamento son los oficiales, pero la mayoría de sus 110 mil habitantes domina el español y el inglés), Aruba exhibe razones de sobra para cimentar su fama de paraíso terrenal. Y su gastronomía, cuya reputación viene creciendo de la mano de una joven camada de chefs dispuestos a posicionarla como la mejor del Caribe resignificando las técnicas y tradiciones autóctonas, completa el combo irresistible que hace de este el destino playero perfecto para los viajeros ávidos de nuevas experiencias. 

Acaso en ella radique, en parte, el secreto de por qué tantos de sus visitantes reinciden temporada tras temporada, con una fidelidad de la que ningún otro destino de la región puede jactarse. En otras palabras: a Aruba se va por sus playas; pero se vuelve, entre otras cosas, por lo bien que allí se come y se bebe. Por eso, si bien existen algunas opciones de alojamiento all inclusive, lo más conveniente para disfrutarla a pleno es alquilar un auto (el tráfico es sencillo, hay agencias chicas y confiables con tarifas convenientes) y salir a explorar sus platos y copas.



UNA COCINA DE HERENCIA MULTICULTURAL
En 2015, Planeta JOY estuvo en Aruba para vivir la primera edición de su Eat Local Restaurant Week, un evento con restaurantes top ofreciendo menús fijos de almuerzo y cena en dos o tres pasos a precios promocionales. Ingredientes autóctonos (como las algas y flores silvestres que se recolectan en los balnearios rocosos y vírgenes de la costa norte) y recetas locales con influencias multiétnicas fueron, entonces, protagonistas de una intensa recorrida foodie, que incluyó originales propuestas gourmet pero también los más típicos bocados callejeros y populares. Dos años después, con el programa ya extendido a todo octubre y la nómina de establecimientos participantes ampliada a más de 70, regresamos para comprobar que la gastronomía arubiana sigue afianzando su nivel y que, más allá de las grandes cadenas yanquis y globales que abundan sobre todo en el circuito hotelero, hay un sinfín de sorpresas tentadoras por descubrir. 



La herencia multicultural de Aruba se plasma en platos insignia como la sopa de mariscos, el keri keri (guiso de pescado blanco), mahi-mahi keshi yena (dorado con polenta grillada, una de sus mejores versiones la sirven en el céntrico restó Yemanjá), stoba (estofados de vaca, gallina o cabrito) y el snack nacional: pastechi (pasteles fritos con diferentes rellenos). En plena zona hotelera, The Lazy Turtle constituye una de las opciones más atractivas para degustar un buen filet de pargo rojo, la pesca más abundante por estas costas. Entre los reductos de alta gama, vale la pena invertir unos florines en Papiamento, restaurante familiar de bien ganada reputación en el distrito de Noord; The Kitchen Table, del chef estrella Urvin Croes, con capacidad para sólo 16 cubiertos y exquisitas degustaciones con maridaje; y Faro Blanco, que despacha pastas caseras y un risotto marino antológico en una terraza con una vista panorámica de belleza casi obscena. Y para experimentar un genuino almuerzo local, nada mejor que atravesar la isla hasta el extremo sur, donde se erige Kamini’s Kitchen: un comedor sin artificios atendido por su dueña, con productos frescos e impronta casera a precios más que razonables. Los estómagos fuertes, en tanto, no pueden abandonar el aeropuerto Reina Beatriz sin haber probado el ícono de la street food criolla: el contundente saco Felipe. Una selección de carnes envueltas en una aceitosa bolsa de papel madera, acompañada de plátanos, papas y Johnny cake (pan esponjoso de harina de maíz), todo frito, sazonado y en porciones para compartir. Una bomba antigourmet sólo disponible en un concurrido y austero boliche del barrio San Nicolás, en plena zona de night clubs. Cero instagrameable y para nada turístico, pero completamente delicioso. 

Para beber, se impone la cerveza Balashi, que exhibe en su etiqueta al emblemático árbol divi, caracterizado por su tronco zigzagueante; y la Chill, su versión ligera y suave que remite a la Corona. Ambas tienen la particularidad de elaborarse con agua de mar desalinizada: la isla dispone de uno de los sistemas de purificación de agua salada más avanzados del planeta. A ellas se suman la birra premium de la casa, Hopi Bon, y la flamante Hopi Stout. En materia de coctelería, a su vez, el trago nacional es el tropicalísimo Aruba Ariba, un mix a base de coeicoie, un mix licoroso de un rojo intenso que combina ron, caña de azúcar y savia de hojas de agave. 



Y antes de emprender el regreso a la realidad, hay que darse una vuelta por alguno de los grandes supermercados: Ling & Sons o Super Food. Allí, además de una variedad infinita de delicatessen importados de Holanda o EE.UU. (Aruba, por su topografía y su clima, produce pocos alimentos in situ), vale la pena abastecerse de unas cuantas botellitas de pika di papaya: untuosa salsa hot y frutal a base de Madame Janette, un ají picante que se cultiva en los áridos suelos arubianos. El souvenir ideal para regalar a familiares y amigos sibaritas o, por qué no, la mejor manera de continuar saboreando en casa la magia de Aruba, una vez terminado el viaje. 



KIDS EAT FREE: EL ANZUELO DEL HOLIDAY INN PARA QUIENES VIAJAN EN FAMILIA
En materia de hospedaje, si bien subsiste el prejuicio de Aruba como destino caro, en rigor de verdad las alternativas son amplias y van desde grandes resorts de lujo hasta alojamientos boutique, complejos de apartamentos más económicos, posadas y propiedades de tiempo compartido. Entre la hilera de imponentes hoteles de Palm beach, casi todos con tarifas exorbitantes, se encuentra uno de los establecimientos con mejor ubicación (justo frente a los modernos centros comerciales del área) y una imbatible relación precio calidad, especialmente en los meses de temporada baja: el Holiday Inn, recientemente remodelado, que además de brindar todo el confort y las facilidades y actividades propias de un resort playero de categoría, se caracteriza por nivel de su oferta gastronómica y por un beneficio muy conveniente que la cadena brinda en todo el mundo: el programa Kids Eat Free, que (sumado a un salón de juegos infantiles bien equipado y a su nutrida agenda de actividades para chicos) lo convierte en la opción número 1 para familias que piensan en visitar Aruba. ¿En qué consiste? Como su nombre lo indica, los niños menores de 12 años comen gratis (principal, bebida y postre) si sus padres ordenan al menos un plato fuerte. Lo bueno es que la carta infantil no se limita a fideos, hamburguesas, papas fritas y pizzas, sino que mantiene el estándar de excelencia y creatividad culinaria de la versión para adultos, ofreciendo recetas saludables y gourmets adaptadas al gusto de los niños. Se destaca especialmente el restó playero Sea Breeze, ideal para una cena familiar o romántica a orillas del Caribe; y el bar Oceanside, donde las alitas de pollo o el sándwich de pargo rojo se imponen a la hora del almuerzo. Además, para los que no quieran preocuparse por nada más que descansar, comer y beber en cualquier momento del día, existe la posibilidad de contratar el paquete todo incluido, con un interesante formato de servicio a la carta que, sin escatimar en cantidad, pone el acento en la calidad. Y dos veces a la semana, hay buffets nocturnos al aire libre con shows de circo o danzas. Todos los menús pueden consultarse en la web, donde además se consiguen las mejores tarifas en reservas anticipadas y, para ciertas épocas, 2x1 en desayunos (hay descuento registrándose online sin cargo como miembro del club IHG, el grupo hotelero Intercontinental, propietario de la cadena). 

Por Ariel Duer


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