03.09.2015

China, la nueva potencia en el mundo del vino

El país asiático está redefiniendo el mercado: incrementa su producción y consumo, mientras distorsiona el precio de los châteaux franceses y lanza etiquetas con proyección global.


Los chinos rompen récords en materia de vinos: para cuando termine 2015 habrán duplicado la superficie con viñedos de la Argentina, ya bebieron más tinto que Francia y, por si fuera poco, son dueños de más de 60 bodegas en el país galo y varias más en Italia, Sudáfrica y Estados Unidos. Lo curioso es que hasta la década de 1990, el vino era una quimera en el país asiático, donde su irrupción es un vector de rápida occidentalización.

Para que este cambio sucediera fue necesario un giro de realpolitik que poco tuvo que ver con la visión de Mao sobre un proletariado campesino. Alimentar a 1600 millones de personas supone un desafío para cualquier Estado. Mientras que la cerveza y los destilados fueran los alcoholes favoritos de los chinos, el problema de la alimentación sería acuciante: el precio de los granos trepaba impulsado por las bebidas y hacía peligrar la balanza comercial. La solución fue migrar al vino: una bebida que no genera competencia con alimentos y que, en el largo plazo, tiene beneficios para la salud, además de asentar poblaciones en los ámbitos rurales, un problema no menor en el enorme territorio oriental.

Como sucede con todo en la República Popular China, cuando se pusieron manos a la obra trazaron un ambicioso plan que hoy alcanza cifras astronómicas de plantación: a la fecha cubren 570.000 hectáreas de viñedos –la Argentina tiene 230.000–, de las cuales la mitad fueron plantadas a partir de 2000. Claro, no todas están destinadas al vino. Pero el porcentaje va en acelerado aumento. Tanto, que muchos jugadores de envergadura mundial pusieron fichas en China. Eric Lafite Rothschild desarrolla un proyecto de vinos de alta gama, igual que Pernod Ricard, Chandon y Bodega Torres, entre otras grandes a nivel global. ¿Qué ven estos inversores para cruzar el mundo y arriesgar millones en un rincón del que no pueden ni pronunciar el nombre de las ciudades?

PRODUCIR DONDE SE VENDE
El vino hoy se comporta como un negocio global de exportación. Pero la realidad comercial de algunos países es que resulta mejor producir y vender en el lugar. A eso apuestan los grandes jugadores del mercado: a que los chinos beban vino y a producirlo a la sombra de la muralla.

No están equivocados, aparentemente. En 2013, según cifras publicadas por International Wine & Spirit Research, China consumió casi 1700 millones de litros de vino (poco más de un litro per cápita), de los que importa casi un cuarto en alta y mediana gama. El resto lo produjo en sus provincias del norte. De ese monto, el 90% consumido es tinto. Un dato comparativo: durante el mismo año, Francia consumió 1350 millones de litros de tinto, quedando atrás de China, medido en volumen.

Un dato que aportan los especialistas que visitan las ferias de China, como Prowine y Vinexpo Shanghai, es que los chinos conocen cada vez más de vino. Es cierto que mucho de su consumo se va en cócteles con frutas o jugos. Pero hay una camada de consumidores jóvenes y adinerados con avidez de conocimiento que gana terreno en los centros urbanos.

CHINA CONNOISSEUR
La primera compra de un château francés en manos de capitales chinos tuvo lugar en 1997. En ese entonces, los franceses observaron no sin horror cómo las fortunas del dragón rojo, herederas del lema de Deng Xiaoping “un país, dos sistemas”, se volcaban con pasión a su más preciado tesoro. Y tanta era su pasión que empezaron por comprar bodegas desde hace casi diez años.

En 2011, sin embargo, sobrevino una oleada de adquisiciones. El gigante asiático ya había definido su política de elaboración de vinos: todos los productores que hicieran vino en China debían tener un socio chino y, al mismo tiempo, la compra de bodegas en el extranjero garantizaba el acceso a redes de insumos y distribución. Ese año se vendieron 20 propiedades en Burdeos –la zona favorita de los chinos– mientras que la avidez por el lujo empujó los precios de los vinos franceses a una burbuja.

Desde 2008, una empresa monitorea esos saltos de precio. Se llama Bordeaux Index y pondera el precio de compra y reventa de 160 prestigiosos châteaux franceses. Tomando como base 100 en el primer año, en 2011 el índice superaba los 150 puntos. Ese año fue el pico máximo motivado por los compradores de vino chino. Pero alcanzó para que el hambre por el consumo de lujo abriera la puerta a las falsificaciones.

Château Latour, junto con Lafite, está entre los más buscados y falsificados en el mercado chino. Por eso, la bodega dejó de vender en primeur a negociantes para controlar así la lista de compradores y el stock que hay en el mercado. Al mismo tiempo, invirtió una cuantiosa suma de dinero en estampar sus botellas con un código QR, que tiene un correlato en el capuchón, cuya combinación solo se conoce en la bodega. De esa manera, al menos, garantizan que la botella por ellos vendida sea un auténtico Latour. Sin embargo, esto no ha frenado a los falsificadores.

LA OPORTUNIDAD
En 1996, cuando China era aún un territorio por explorar en la materia, nacía una compañía para distribuir vinos finos: ASC Fine Wines. A la fecha opera en 150 ciudades del país y mueve unos 200 millones de dólares. Es la responsable del negocio del lujo e incluso posee una tienda destinada al vino de unos 18.000 metros cuadrados en Shanghai (una entre las muchas que existen en las grandes ciudades). Sin embargo, la compañía dio un giro en su crecimiento en 2012: sumó los vinos locales, ausentes hasta ese momento en su lista de venta. Otra vez, la razón fue política: el gobierno chino de Wen Jiabao había anunciado con desagrado que los funcionarios gastaban mucho dinero en lujos y vinos caros. Y si algo había que entender de ese mensaje, era que la ostentación que marcó la década de 2000 había tocado su fin y una nueva era de austeridad comenzaba. Austeridad que, en materia de vinos, significaba dos cosas: la apuesta por marcas más accesibles no necesariamente francesas y el desarrollo de marcas locales. Mientas que las más conocidas son Great Wall o Dynasty (de consumo masivo), Château Changyu se cuenta entre las bodegas que apuntan al consumo refinado. De hecho, sus vinos se venden ya en la prestigiosa tienda Berry Bros, en Londres. Establecida en la península de Shandong, donde hay un centenar de bodegas, a la fecha tiene subsidiarias en otras provincias más mediterráneas como Ningxia, un paisaje seco y montañoso a unos mil metros sobre el nivel del mar, cuyo gobierno está dispuesto a convertirla en el corazón del vino chino. Allí también operan Pernod Ricard y LVMH. Las variedades cultivadas son Cabernet Sauvignon, Carménère, algo de Merlot en tintos. De hecho, de allí proviene el vino más caro de China, lanzado en 2013 por Château Hansen, a la histórica cifra de 500 euros la botella.

Pero no solo hay bodegas grandes en China. También hay una avanzada de pequeñas bodegas protagonistas, como Jade Valley, propiedad del arquitecto Qingyun Ma, quien desarrolló también un resort con espíritu californiano. Otra es Silver Heights, cuya dueña es una enóloga china recibida en Burdeos que elabora partidas de entre 3000 y 6000 botellas en Ningxia. Otra zona en la que la vid crece con fuerza es en las provincias de Yunnan y Sichuan, en las laderas de los Himalaya. Allí es donde ha invertido, por ejemplo, LVMH en su viñedo a más de 2000 metros sobre el nivel del mar para la elaboración de alta gama.

Pero más allá de la escala y lejanía de la industria del vino china, lo que llama la atención es su rápido desarrollo, tanto del consumo como de la producción. En eso, al menos, hay que darle la derecha al partido de izquierda: la visión de transformación está dando buenos resultados. Aunque el día a día, a decir de quienes trabajan en China haciendo vinos, sea lo más parecido a un dolor de cabeza –porque no tienen los insumos, ni la cultura de elaboración–, el vuelo del dragón tinto apenas está comenzando.

DISNEYWINE QUEDA EN CHINA
A una hora de auto al norte de Pekín, un grupo de inversores liderados por el Estado chino construyó un parque temático dedicado al vino. Se llama Château Changyu AFIP Global y es una réplica exacta a un château francés, con sus paredes de caliza, torres medievales con almenas y techos de negra pizarra. Construido en 2007, el asunto no es solo la bodega, sino la réplica completa de una villa bordelesa, con hoteles temáticos y atractivos gastronómicos, rodeada de viñedos. En sí, el falso château es una bodega que elabora vinos donde se puede apreciar todo el proceso, desde la molienda hasta la crianza y embotellado. Pero para la firma Château Changyu no es más que una herramienta de marketing, ya que el grueso de la producción viene del resto de las bodegas, ubicadas en la provincia de Shandong y Ningxia.

Por Joaquín Hidalgo

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