18.08.2009

Desayunos a domicilio: una porquería servida en bandeja

Desde la epidemia de fiebre amarilla que no existía una plaga tan vulgar y monstruosa como las empresas familiares de desayunos a domicilio.


Desde la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, en el año 1871, que no había una plaga tan vulgar, monstruosa y dañina como las empresitas familiares de desayunos a domicilio.

Amparados en la virtualidad de canales de venta como Deremate.com y Mercadolibre, un montón de desempleados fundaron esta suerte de negocios familiares que, por la módica suma de 98 pesos más 15 de envío, llevan a domicilio una bandeja con utensilios e ingredientes para preparar un desayuno completo, adornada con los objetos más siniestros que pueda recibir un ser humano al despertar: globos y celofán.

La idea es simple, y a primera vista incluso podría pasar por cuerda: si se puede pedir un almuerzo o una cena por teléfono ¿Por qué no pedir también un desayuno o una merienda?

Sin embargo, detrás de este razonamiento apurado, la propuesta es bastante estúpida. Porque si bien es verdad que no hay nada nuevo en pedir comida a domicilio, no hay que olvidar que el negocio del delivery nace para cubrir una necesidad moderna: la falta de tiempo y de ganas para cocinar. Y los desayunos a domicilio no cubren ninguna de esas carencias. Simplemente la disimulan y de la peor manera.

A diferencia de una cena, que bien puede ser un vino y unas empanadas, en un delivery de desayuno es necesario aplicar tiempo y voluntad: hay que poner a calentar el agua, hacer el café, armar las tostadas y luego lavar la vajilla. Y en el caso de las empresas nacionales, no sólo hay que hacer el té, sino que hay que tomarlo. Un doble esfuerzo, dada la calidad de los ingredientes que incluyen en la bendita bandeja.

LAS PRUEBAS DEL MAL
Veamos un ejemplo. Este es el desayuno clásico que ofrecen la mayoría de las empresas. A fin de hacer un análisis profundo, transcribo de forma textual una oferta aparecida en internet hace algunos meses (incluidas las comillas y el subrayado)

¡Desayuno clásico Nahuel-Pan! ¡Muy fresco y abundante!
• 1 bandeja de mimbre “decorada a mano”
• Individual de goma Eva con detalle a crochet
• 1 taza de cerámica
• 1 cucharita y 1 untador de acrílico
• 1 servilleta de tela
• Panerita de mimbre
• Café La virginia instantáneo (1), azúcar Ledesma (3), variedades de té “frutal” Taragui, leche en polvo (2), Manteca La serenísima (2), Dulce de leche,  (2), blister de mermelada arcor (2), 1 pack de jugo Baggio o Cepita (siempre primera marca), edulcorante Hileret (4), Mate cocido (1).
• Bizcochitos, 2 madalenas, galletitas,  pancitos con jamón y queso, 1 arrolladito de dulce de leche, 1 muffin de vainilla, 2 medialunas, 1 alfajor, tostadas de pan francés (¡Muy abundantes!) y bombones de chocolate.
• Envoltorio realizado en papel celofán con decoración de moños, cintas y flores secas.
• 1 globo con expresión
• 1 tarjeta de felicitación “alegórica” para el homenajeado.

Quizás tenga una visión muy conservadora, pero la verdad es que no entiendo cuál es el beneficio concreto de recibir esta clase de desayuno a domicilio. Si igualmente hay que ir a la cocina a calentar el agua y a hacer el té ¿Qué diferencia hay entre agarrar el saquito de la alacena o de una bolsa que te dejan en la puerta? ¿Le estoy pagando cien pesos a alguien para que me traiga envuelto en celofán todo lo que yo ya tengo en la heladera? ¿Cien pesos por el mismo té que venden en el supermercado y unas medialunas horneadas el día anterior? ¿Quince pesos de envío por los mismos ingredientes que cualquier supermercado me trae gratis todos los días?

Pero dejemos volar la imaginación. Supongamos que, por misteriosos motivos, a alguien le resulta más cómodo recibir la mermelada en la puerta de casa en vez de usar la que está en la puerta de su heladera. Que se consiente a sí mismo de esa manera. ¿Por qué todas las empresas de desayuno ofrecen bebidas, mermeladas y pastelería de las marcas que vende el supermercado de acá a la vuelta por menos de un tercio de ese valor?  No entiendo qué clase de versión aberrante de agasajo es mandarle a alguien un té Green Hills con palmeritas de una fábrica del conurbano bonaerense. ¿No es eso lo que come la gente de lunes a viernes antes de salir para la oficina?

Pero vuelvo a insistir. Pongamos voluntad y sigamos imaginando. Supongamos que el comprador no sabe que va a recibir todos esos insumos degenerados y vulgares. Que un mal amigo se lo recomendó y este buen hombre hizo un pedido por primera vez, con la esperanza de sorprender a su esposa el día de su cumpleaños. ¿Cómo no advierte el aluvión de cachivaches comestibles que se le van a venir encima cuando lee la meticulosa descripción de los productos? ¿Cómo no se ríe, asqueado, cuando lee que el combo incluye flores secas y cintas, jugo en tetrapack o un paquete de sales de baño de regalo? ¿Cómo no duda al ver que aclaran cincuenta veces que el desayuno es abundante? ¡Abundante! Como si lo único que importara fuera comer mucho, llenarse la panza de masacote genérico con gusto a vainillina berreta y dulce de leche estirado con harina.

Además, subrayan que la servilleta es de tela o que incluye leche de descremada. Por el precio del producto esas cosas deberían ser obvias. Cuando aclaran que se incluye una taza “de cerámica” ¿Qué me quieren decir? ¿Qué por ochenta y cinco pesos los señores podrían haberme enviado un vaso de plástico? ¡Untador de acrílico! ¡Qué glamour! ¡Qué derroche de elegancia!

MISMO PRECIO QUE UN HOTEL 5 ESTRELLAS
Como si fuera poco, hacen hincapié en la marca de edulcorante o de café para dar sensación de lujo. Se les hincha el pecho de orgullo cuando explican que ellos no ponen cualquier cosa, sino endulzante Hileret y café La virginia ¿Y los que no aclaran la marca qué me mandan? ¿Tres pastillas de sacarina adentro de una cajita de CDs? ¡Mandan café en saquito! ¡Azúcar en sobres! ¡Mermeladas Arcor en blíster! ¡Las mismas que hay en los micros y en el desayuno del viaje de egresados a Bariloche! Me hacen acordar a esos hoteles que aclaran que tienen baño privado y televisión color… ¡Como si fuera posible otra cosa! ¡Como si alguien pudiera tener TV blanco y negro en el año 2009! Falta que aclaren que la habitación incluye ventanas y puertas… ¡Y de primera marca, por supuesto!

Y no olvidemos la pastelería: por el precio de un té en un hotel cinco estrellas podemos disfrutar la misma calidad y variedad de snacks que ofrece cualquier quiosco que venda superpanchos en el microcentro: pastafrola industrial, medialunas frías, masitas cubiertas con chocolate falso a base de aceite hidrogenado, galletitas surtidas, sándwiches de miga de estación de servicio, madalenas de supermercado chino. Todas estas delicias envueltas adentro de cucuruchos de celofán fruncido manoseados por hijas desempleadas que jamás escucharon el término “bromatología” porque dejaron de estudiar en tercer año.

¿Esta gente sabe que ir a tomar el té al hotel Alvear cuesta casi lo mismo que su bandeja? ¿Saben que por la misma cantidad de plata (repito: noventa y ocho pesos) en vez de bolas de fraile de crema pastelera bien amarilla hay tortas heladas de mousse de pistacho con crocante de maracuyá? ¿Que en vez de mermelada berreta con sabor a gelatina hay dulces caseros de grosellas negras? ¿Qué en vez de chupar un “té frutal” con gusto a chicle globo Bubaloo hay infusiones con vainilla de Madagascar? ¿Que en vez de tener que calentar el agua en pantuflas, se puede tomar el desayuno debajo de una glorieta, en un jardín de flores exóticas y platos de loza inglesa?

ROTOS Y DESCOSIDOS

Pero esto no es todo. Se sabe que las malas ideas solo pueden empeorar. Las empresas de desayunos a domicilio no sólo aclaran que sus servicios son abundantes y frescos (¿Desde cuándo la frescura de un alimento dejó de ser una condición sine qua non y pasó a ser un valor agregado?), sino que además ofrecen regalitos sorpresa. Las bandejas, además de la pastafrola de batata y el mate cocido, traen moños, globos, tarjetas personalizadas y un montón de grasadas carnavaleras que ponen en evidencia la condición amateur del emprendimiento. Los más arriesgados incluso pintan “a mano” la bandeja. ¡Como si el mundo necesitara más vajilla estilo country con flores pintadas por la mano temblorosa de un ama de casa con demasiado tiempo libre y poco talento!

Muchos dirán que la culpa es del consumidor y no de la empresa. Que cada uno es libre de ofrecer lo que quiera al precio que le plazca. Y es cierto. No lo niego. Pero que los desayunos tengan “globos con expresión” e “individuales de goma eva” y que cuesten lo mismo que tomar el té en un hotel cinco estrellas es la prueba inequívoca de que siempre hay un consumidor inexperto y haragán dispuesto a pagar por un servicio todavía más perezoso que él. Después de todo, para cada roto hay un descosido, y para cada comensal, una pastafrola.

 

por Carolina Aguirre / Fotos: Eugenia Kais

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