28.01.2015

El Moscatel vuelve a zumbar: se perfila como la revelación de la temporada

La uva no estará en el podio, ni recibirá puntos Parker. Pero mientras su consumo crece en el mundo, en la Argentina se vive una suerte de revival de sus vinos fragantes y algo rústicos.


Preguntale a cualquier enólogo: ¿qué onda el Moscatel? Y lo que verás será más o menos esta secuencia: primero una sonrisa sardónica, luego una mueca de duda y, al final, el reconocimiento del testigo que sabe, pero le duele la verdad. “Se vende mucho en Estados Unidos”, dirá. “Pero no da grandes vinos”.

¿Grandes vinos? De esos está claro que esta uva no produce. Pero ¿cómo son los grandes vinos? Complejos, con peso en boca y secos, quizás algo estructurados. Con esa definición se borra de todo el arco de lo bueno a los vinos joviales, sencillos y aromáticos que le ponen sal y pimienta a una cena hogareña o un meeting de amigos, en donde el vino no es el centro, sino un simple complemento. Por eso los rosados y la mayoría de los blancos no llegan nunca a “grandes”.

Y el Moscatel da ese tipo de vinos: fragantes, con un intenso aroma de flores y de muscat –es el compuesto aromático que le da el carácter, un trazo que pica entre el melón y los nardos–, cuyo perfume predispone a la boca para recibir el beso dulce de un vino ligero y apenas dulce. Por eso se vende mucho en Estados Unidos, donde ya cubre el 3% del mercado varietal, según datos de Euromonitor. Ahora se publican sesudas columnas en medios importantes, desde The New York Times hasta Wine Spectator, que analizan el fenómeno. En todas ellas el esquema es similar: al consumidor no especializado le gusta un menjunje aromático y frutal y eso bate récords de venta. Y los periodistas se sorprenden al descubrir que la inmensa mayoría de los consumidores son no especializados y que ahí hay un negocio bárbaro. 

Así, en la Argentina, la demanda externa –desde 2009 a la fecha el Moscatel exportado a granel es un suceso dominado por bodegas grandes, que embotellan en destino– impulsó una oferta al principio tímida que se consolidó con algunos éxitos refrendados por nuevos lanzamientos. Desde Bodega Lagarde, que se animó al primer espumante dulce de Moscato Bianco, a Catena, que lanzó la primera etiqueta de gama media con el varietal en su línea Álamos, y a la fecha, en que Dadá puso en la góndola su blanco dulce a base de Moscatel, la historia de esta uva clase B hoy se reescribe en los libros de contabilidad: con números positivos, el Moscatel vuelve de las cenizas.

MOSCATO Y MOSCATEL
En el mundo hay al menos unas 200 variedades que se conocen bajo el nombre de Moscatel. Entre ellas, están las que tienen alcurnia, como el Moscato Bianco, y otras están en el arcón de las clase B por una sencilla razón: producen mucha uva y, en esas cantidades, viran sus aromas hacia el nada deseable geranio en el vino. Sin embargo, bien llevada, la rosada Moscatel de Alejandría –que al parecer no se originó en el delta del Nilo como sugiere su nombre, sino entre Grecia e Italia– puede dar lo suyo.

En nuestro país tiene una larga historia. Desde los blancos escurridos de los años sesenta, en donde aportaba una cuota de aroma dulzón, a los moscatos generosos que nacieron en la década del cuarenta y que, con el tiempo, se acodaron en las barras de las pizzerías para ponerle dulzor y aroma a la fugazzeta. Con todo, en el acervo cultural local, el Moscatel tiene más lugar en la mesa: hacia marzo, se convierte en la uva que llega como postre. Pequeña, perfumada y de un dulzor notable, es la favorita de los consumidores que se pasaron el verano consumiendo Red Globe, ese globo rojo insulso, grande como una ciruela.

UN NUEVO PERFIL 
Pero a la hora de hacer vino, el moscatel vuelve con un perfil renovado. La nueva cara de la Moscatel y su pariente Moscato Blanco es doble: por un lado espumoso y por otro, blanco cristalino y aromático. Así, quedan para la nostalgia esos viejos Moscatos oxidados, porque la vuelta del Moscatel se debe a vinos modernos. 

A continuación, te pasamos un listado de posibles nuevos y viejos candidatos para que en el verano pruebes este blanco piletero.

Lagarde Moscato Bianco ($98). Un espumoso que, a la manera de los italianos, fue un precursor de la góndola local. Elaborado con el pariente consagrado del Moscatel de Alejandría, el Bianco, ofrece una aromática floral e intensa, en donde los trazos de muscat son notables, con un paladar dulce y refrescante, gratamente efervescente, que enamora. Para un desprejuiciado brindis veraniego, en el jardín, en donde reinen unos sanguchitos de miga y una simple ensalada sobre la mesa, es la opción perfecta.

Álamos Moscatel 2014 ($97). Este vino tiene el doble mérito de ser el primer vino tranquilo que llegó a la góndola con esta variedad y el primero que se subió a la exportación creciente. O al revés. La clave está en su aromática bien perfumada, en donde el muscat es la llave para los bebedores desconfiados del vino: intenso, con una boca ligeramente dulce y una rica frescura, es un blanco que hace soñar con melón y jamón, en mediodías calurosos con el sol reverberando en la pileta.

Le Mus Cat 2013 ($80). Bodega Crotta es la reina del Moscato. Vende (y mucho) en pizzerías porteñas su viejo y querido Moscato color té cargado y con aromas oxidativos. Este diciembre, sin embargo, llega a la góndola un nuevo producto que ya venden afuera hace un tiempo. Se llama Le Mus Cat y ofrece un blanco brillante y aromático, de un dulzor marcado y de rica frescura, perfecto para acompañar quesos potentes una sobremesa de verano. El truco es beberlo frío y regular la cantidad, porque se bebe sin pensar.

Cecchin Moscatel de Alejandría ($77). Cecchin es una bodega comprometida con la elaboración orgánica y hasta natural de los vinos. En esa línea, este Moscatel es un blanco algo atípico, ya que presenta un alcohol más bajo que el promedio, sumado también a una boca levemente dulce. Lo que sí está en la misma regla que el resto, son los aromas florales, que son la impronta de la variedad. No es fácil de conseguir, pero tampoco imposible. Ideal para acompañar un tapeo de quesos que incluya brie y gruyere.

Durigutti Moscatel 2014 ($76). Si algo tienen los hermanos Pablo y Héctor Durigutti, es olfato para el negocio. Y así, una de las primeras etiquetas que se subieron al boom norteamericano fue esta, que desde hace dos años se consigue en nuestro mercado. Blanco veraniego, por su marcado carácter aromático y una boca delgada, de dulzor moderado y frescura intensa, resulta un compañero perfecto para aperitivos de mar o para unas bruschettas con queso azul y oliva a manera de entrante.  

Dadá 5 ($60). El tren de marcas que despliega Dadá –en el que ya existen Dadá 1, 2, 3 y 7– para los recién venidos al mundo del vino (que, desprejuiciados y con buen paladar, eligen por gusto y no por preconcepto) desde noviembre de este año suma un nuevo blanco. Con la impronta del Moscatel, es floral, intenso y perfumado, y ofrece una boca de frescura moderada y marcado dulzor. Ideal para servir bien frío en noches muy calurosas de verano y dejarse arrobar por su aroma floral y reconfortante. El precio ayuda.

Tonel 22 Moscatel de Alejandría ($60). La familia Millán es propietaria de Bodega Los Toneles, una preciosa casa pegada a la ciudad de Mendoza. Entre sus vinos ofrecen la accesible línea Tonel 22, con vinos competitivos. Y entre ellos, este Moscatel de Alejandría en sintonía con los vinos del mercado: fragante, de dulzor marcado y frescura típicas, que redondean un blanco expresivo y chispeante para las tardes de calor. Si estás por Mendoza, puede ser una excelente idea probarlo en el restaurante Abrasados, de la misma bodega.

Valbona Spumanti ($45). San Juan es la cuna del Moscatel, una variedad que adora el sol y el calor por igual. De modo que las bodegas de la provincia cuentan con buena materia prima para hacer sus vinos. Augusto Pulenta es una de ellas que, con su marca Valbona, pone en el mercado este Moscatel de bajo alcohol (11%), dulzor moderado y perfume floral y frutado intenso. Blanco piletero, es perfecto para un aperitivo o para acompañar frutas. 

OLDIE'S MOSCATO
En nuestro mercado existió –y existe todavía– una cultura de vinos generosos interesante. Entre ellos, hay dos Moscatos por su estilo old fashioned que conviene destacar. Se los elabora de otra manera, como si fueran vinos fortificados, con adición de mosto de uva, alcohol vínico y con crianza en roble. Uno de ellos es Moscato Crotta ($30), producido desde la década de 1930 en San Martín, Mendoza. Un vino generoso, clásico de las pizzerías porteñas, donde se bebe con un chorro de soda y hielo. El color té oscuro y el aroma de la crianza, con un trazo de muscat, son el ABC de su sabor. El maridaje con pizza funciona porque el vino es intenso. De igual manera, es posible encontrarlo en coctelería como ingrediente de algunos tragos. Moscato Florio, en tanto, es elaborado en Cruz de Piedra, Maipú, Mendoza. De un color ámbar brillante, aromáticamente recuerda a la uva, con trazos de crianza y caramelo. Frío, es un buen bajativo, con cuerpo y frescura apagada, para acompañar turrones y garrapiñadas en las fiestas.

 

Por Joaquín Hidalgo
PH: Santiago Ciuffo

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