02.05.2014

Juicio a los orgánicos: ¿es verdad que los transgénicos no son tan malos como dicen?

Mientras que los alimentos de laboratorio comienzan a seducir a quienes hasta ayer los combatían, los productos agroecológicos son atacados incluso desde las propias trincheras del consumo sustentable. ¿De qué se los acusa?

Ilustración: Celeste Rodríguez

Quemen los papeles. Ahora dicen que los transgénicos son más buenos que Lassie: inocuos, limpios, aliados del medio ambiente Imprescindibles. Dicen, también, que los orgánicos no son la panacea que nos vendieron, sino una gran estafa, en el mejor de los casos. Y una seria amenaza a nuestra salud, en el peor.
La trama parece escrita por guionistas del Reino del Revés: el debate caliente entre biotecnología y agroecología ha ingresado en una fase paradójica, menos tajante. La prédica anti-GMO (organismos genéticamente modificados) atraviesa tiempos difíciles. ¿El lobby de las corporaciones ha vencido? ¿O acaso el entramado de la alimentación sustentable se revela más complejo y difuso de lo que pensábamos? Ecologistas arrepentidos, acusaciones de quimiofobia, retractaciones científicas, una industria ávida por apropiarse de la etiqueta “natural” y un relato empeñado en desagraviar a las semillas de laboratorio, son algunos de los elementos que configuran este escenario desconcertante. Y entonces, ¿qué comemos? 
 

COMPRE FRESCO, COMPRE GMO
En su primera edición del año, la revista Technology Review sorprendió con el título de tapa: “Buy fresh, buy GMO”. La publicación afirmaba que debemos “superar nuestros temores” hacia los transgénicos y doblaba la apuesta al sostener que la nueva generación de semillas modificadas “posibilitará prácticas agrícolas cercanas a los ideales del movimiento orgánico”. En su columna, el editor Jason Pontin pregonaba que los alimentos genéticamente modificados “pueden conducir a una agricultura más verde y sustentable”.

Una de las firmas que aparece dentro del dossier es la del converso Mark Lynas, ambientalista pionero en combatir a los transgénicos en los años 90, que de un día para el otro –en una pirueta no exenta de sospechas: lo acusaron de recibir fondos del consorcio biotecnológico EuropaBio– pasó a defenderlos con el fervor de un cruzado. Lynas encabeza su columna con otra frase picante: “Algunos cultivos GMO están del mismo lado que sus oponentes”. Expone casos de semillas desarrolladas por organizaciones académicas o del sector público, sin fines de lucro, que habrían reducido el uso de agroquímicos dañinos o contribuido a prevenir muertes por desnutrición. “Son proyectos modelo de cómo la tecnología puede usarse con fines ambientales y humanitarios”, dice Lynas, convencido de que existe un “abrumador consenso científico” respecto de la seguridad de los GMO, como lo viene aseverando desde aquella ponencia del año pasado en Oxford, cuando pidió perdón por casi dos décadas de activismo contra los transgénicos. “Como ecologista no podría haber elegido un camino más contraproducente”, expresó entonces. “Ayudé a demonizar una importante opción tecnológica que puede emplearse en beneficio del medio ambiente”.  

Lynas no es el único referente que “traicionó” a los cultores de lo orgánico. En ese bando se anota también (aunque más por torpeza profesional que por propia voluntad) Gilles Séralini, el científico francés que le hizo un flaco favor a la apuesta anti-GMO con sus investigaciones viciadas de inconsistencias. El escándalo estalló a fines de 2013, cuando la web de la revista Food and Chemical Toxicology estampó en letras rojas la palabra RETRACTED sobre un artículo de Séralini publicado un año antes, según el cual la incidencia de tumores se triplicaba en roedores alimentados con maíz transgénico y expuestos al herbicida Roundup. El informe fue retirado por fallas metodológicas.

DE TOMATES Y IPHONES
"La comida natural es un mito. Todo lo que comemos es fruto de la selección artificial, de la mejora genética. En un tomate hay más tecnología que en un iPhone 5”, grafica José Miguel Mulet, bioquímico español empeñado en desnudar los supuestos mitos del naturismo. En sus libros “Comer sin miedo” y “Los productos naturales: ¡vaya timo!”, Mulet desparrama afirmaciones tan desafiantes como políticamente incorrectas. Asegura que la agricultura “nunca es ecológica”, que los alimentos orgánicos no son ni más naturales, ni más sanos, ni más sabrosos, ni mejores para el ambiente y que, a contramano de los prejuicios, la comida hoy se ha vuelto más variada, accesible e inofensiva que nunca. “Nunca hemos comido mejor y más seguro, y eso no va a cambiar pese a nuestros miedos. Decir que queremos comer sin química, o sin genes, es aberrante desde el punto de vista científico y absolutamente imposible”, concluye.

En el mundillo de la gastronomía gourmet, en tanto, lo orgánico ha venido funcionando como un anzuelo para realzar la estirpe de cualquier plato: de hecho, cada vez más menús detallan el origen de los ingredientes y una nueva generación de chefs se está preocupando especialmente por abastecerse de productos locales, frescos y que acompañen la tendencia del consumo responsable. Sin embargo, hay excepciones. El mediático Anthony Bourdain supo mantener encendidos debates con fundamentalistas de lo orgánico a los que les
reclama, básicamente, que vuelvan a poner el foco en la cuestión del gusto por encima de todo. “Si tengo que encontrar en la otra punta del país un tomate genéticamente manipulado e irradiado que sabe mejor que uno italiano madurado en el huerto de la abuela, aunque cause algún que otro tumor en ratones de laboratorio, probablemente lo sirva, admite.

En definitiva, los orgánicos enfrentan un abanico de imputaciones: que son más caros, que no pueden producirse en la escala masiva que la creciente y hambrienta humanidad demanda; que sus beneficios carecen de aval científico; que florece un negocio no siempre transparente alrededor de los organismos y empresas certificadoras. Que sus ventajas respecto de los GMO son nulas o insignificantes en comparación con las que estos ofrecen. Sus detractores señalan aspectos contradictorios, como el alto costo de la certificación (que se traslada a los precios y los aleja del bolsillo masivo) y el hecho de que las mismas corporaciones alimenticias “tradicionales” dominen el mercado orgánico en países como Estados Unidos, o que muchos productos con etiqueta orgánica dejen de lado otras premisas acaso más prioritarias para el ideario verde, como el comercio justo, la producción local y el carácter saludable.

ABRE LOS OJOS
“El error está en mirar un proceso de ingeniería industrial rural con los ojos de un joven urbano de Palermo que estudió Letras y lo juzga con esos parámetros y esa moral”, resume Iván Ordóñez, economista especializado en agronegocios. “Según esa visión, la naturaleza es el status quo y cualquier modificación a ella está mal”, agrega. Ordóñez apunta contra la “romantización del pasado” y explica que la biotecnología no solo reduce costos y aumenta la productividad de los cultivos, sino que también permite una agricultura más ecológica.

En la otra vereda, Soledad Barruti, autora de “Malcomidos: cómo la industria alimentaria argentina nos está matando”, niega que sin GMO no habría comida suficiente para todos: “Antes de los transgénicos se llegó a la sobreproducción de alimentos”, explica. Y rechaza la antinomia Orgánicos vs. Ciencia: “La agroecología tiene explicaciones científicas mucho más profundas y complejas que las que encontrás en plantas de laboratorio: estudios de suelos, interrelaciones. No es sembrar y ver si crece”. El consumo de orgánicos no se reduce a una moda snob sino que responde a una necesidad genuina de consumidores cada vez más informados y conscientes de los riesgos a los que los expone el modelo productivo predominante, sostiene Barruti. Y, como para equilibrar el giro panquequesco del ecologista Lynas, expone el caso de Belinda Martineau, ingeniera que participó del diseño del primer alimento genéticamente modificado y que con el tiempo devino en escéptica de la biotecnología. “No hay consenso científico sobre la seguridad de los GMO”, opina Martineau:“El debate sobre la mejor forma de usar la ingeniería genética está lejos de cerrarse”.

CONTRA LA FOBIA A LOS QUÍMICOS
Ácido glutámico, fenilalanina, arginina. Si leemos estos ingredientes en cualquier etiqueta, probablemente pensemos que se trata de un producto lleno de químicos extraños y sustancias nocivas para nuestra salud. Sin embargo, son apenas algunos de los elementos que componen una banana 100% natural, como se lee en uno de los ingeniosos carteles que el docente y científico australiano James Kennedy realizó para ilustrar la omnipresencia de la química a nuestro alrededor (y en nuestra mesa), y despojarla de esa connotación negativa que suele envolverla. “Quería erosionar el miedo que mucha gente tiene a los químicos y demostrar que la naturaleza hace evolucionar compuestos, mecanismos y estructuras mucho más complicados e impredecibles que cualquier cosa que podamos producir en el laboratorio”, explicó el responsable de la original obra.


Por Ariel Duer

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