05.01.2013

Vinos pileteros: 12 botellas para descorchar bajo la sombrilla

El verano es sinonimo de vinos frescos, ligeros y de paladar frutado. Tambien lo es de piletas, playas y sol quemante. En esta nota te recomendamos las mejores etiquetas para beber en malla.


Llega el calor. Y, como brotado de los espejismos que hacen agua en el asfalto ardiente, se te ocurren planes maravillosos: largar todo e irte a vivir a una isla desierta con palmeras y hamaca paraguaya; quemar tus ahorros en un crucero por un mar color esmeralda; zambullirte en las olas y surfear la térmica de 40º bronceado y con la piel de gallina a causa de la brisa fresca del mar.

Pero si tus fantasías te parecen lejanas, date un gusto accesible con vinos refrescantes, capaces de enfriar el cuerpo y el alma con una sola copa ni bien llegás a tu casa. Eso, sin entrar en detalles acerca de los platos que podés preparar para acompañarlos: tapeos de quesos y fiambres, guacamole, gazpachos, tostados, para darle sabor a un Sauvignon Blanc, un Chardonnay o un rosado chispeante.

Si los tintos reserva son sobrios o asaderos, la mejor opción para estos momentos son los blancos ligeros que resultan pileteros y gastronómicos. Y en plena temporada de lecturas bajo la sombrilla y fantasías con chapuzones, te proponemos 12 vinos para beber en la pileta.

Los Cardos Sauvignon Blanc 2012
($40)
El Sauvignon tiene un toque especial para la pileta. Es un blanco desenfadado, de sabores cambiantes –puede ir de los acerados y vegetales a los amarillo verdosos y tropicales– que se bebe bien frío y en compañía de snacks sencillos, como unos quesitos de pasta blanda, guacamole y tostadas. De acidez alta, este ejemplar de Los Cardos es perfecto para refrescarse en esos días de calor húmedo en que las botellas se empañan, precisamente porque es aromático y chispeante y porque le pone una cuota extra de sabor a las tapas mencionadas. Buscalo. Es un hit.

Jean Rivier Rosé 2012 ($40)
Los hermanos Carlos y Marcelo Rivier llevan adelante la bodega que fundara su padre en San Rafael, a mediados de la década del 50. Con buen tino desarrollaron un porfolio de vinos fáciles de tomar, refrescantes y en los que la fruta es la regla dominante. De ahí que un rosado a base de Malbec como el que producen sea el cierre perfecto para un aperitivo de verano, en el que preparás unos triángulos de pan negro y a los que les depositás encima peras, rúcula y queso azul, apenas regado con oliva extra virgen.

Altas Cumbres Viognier 2012
($44)
Una de las bodegas pioneras en esta variedad fue Lagarde, cuyos primeros Viognier hacían que los bebedores de blancos en los años 90 tuvieran esperanzas en el futuro. Y el futuro llegó (hace rato) con este Altas Cumbres de relación calidad precio deslumbrante, que aportará frescura y textura suave con un sabroso recuerdo a duraznos. Ideal para beber como aperitivo tipo fin-de-tarde, cuando el cuerpo dice basta de sol y pileta, y pide crema en los hombros.

Serbal Viognier 2011 ($45)
La variedad se hizo popular en nuestro país por los vinos de San Juan (donde abunda), gordos y de acidez más bien llana. Pero no es el caso del Viognier, cultivado en zonas más frías, un blanco refinado que suele tener una lograda expresión y buena frescura. Por ejemplo Serbal, de la bodega Atamisque, ubicada en Alto Valle de Uco, consigue ser piletero por estilo y sabor. Su perfil más bien sobrio, sin embargo, irá mejor en un deck high class con vista al mar, finger food de langostinos y causitas limeñas.

Telteca Roble Chardonnay 2011 ($45)
Mientras que los consumidores locales confiamos sin miramientos en un vino tinto, a los blancos siempre les exigimos un poco más. Y si de entregar un plus se trata, este Chardonnay de Finca Agostinos, elaborado con uvas de Barrancas, Maipú –donde hay muy buenos ejemplares–, ofrece el combo perfecto de aromas frutales y boca de paso apenas nervioso, textura algo carnosa y un largo final en donde reverbera cierto recuerdo tropical. Ideal para acompañar un buen melón escrito y con prosciutto San Daniele, escuchando el runrún del filtro y la atmósfera cristalina que ofrece una pileta bien limpia.

Amalaya Rosé 2012 ($45)
Los vinos rosados tienen dos grandes virtudes: una, ofrecen un abanico de aromas frutales que los blancos no tienen; dos, son tan versátiles como los blancos a la hora de la mesa. Por eso, cuando pinte hacer una picada by the pool este verano, lo mejor es tener a mano una botella de este rosado de Amalaya, ligero, fresco y seco, pero con pronunciado sabor frutal, para poner sobre la mesa junto con buen chorizo de campo, olivas negras tipo griegas, queso cheddar, leber y pepinitos encurtidos para sumarle acidez. Si conseguís todos los ingredientes, nos corregimos: mejor que sean dos botellas.

Finca La Linda Chardonnay Unoaked 2011 ($55)
Atentos: en la etiqueta dice Unoaked, en un plan fashion de aclaración entendida para que los amantes del roble se abstengan de comprarlo. Y no es menor el dato, porque un Chard que no tocó barrica alguna resulta aromático, con rica nota de peras y manzanas, y su fluir por el paladar es más bien flaco y de atinada acidez. Exactamente así es este ejemplar de Finca La Linda, elaborado con uvas de Vistalba, Luján de Cuyo, que por su condición fresca está perfectamente indicado para esos mediodías de verano que, entre chapuzón y chapuzón, uno picotea sanguchitos y ensaladas verdes. ¿Consejo? Mantenerlo en la frapera, entre frío y helado.

Las Perdices Albariño 2011 ($60)
En Galicia, de donde es originaria esta variedad de uva, da un blanco ligero y nervioso de una acidez bien marcada, que es un fenómeno a la hora de comer mariscos con un chorro de limón. Y en nuestro país, donde Viña Las Perdices lo cultiva lejos del mar y en pleno desierto, da un vino de cuerpo medio, rica frescura y paso acaso envolvente que lo convierte en un ejemplar perfecto para maridar con pistachos y quesos con hongos, del tipo brie o crottin como los de Piedras Blancas, justo antes de el último chapuzón nocturno.

Riglos Quinto Sauvignon Blanc 2012 ($79)
La segunda cosecha comercial de este blanco lo acerca más al paladar argentino de vinos moderados y sabrosos. Lo que no cambió respecto a la anterior es su buena acidez, de forma que una copa fría es como beber un hielo saborizado con frutas y hierbas. Envolvente y de paso ligero, es el Sauvignon perfecto para beber con una ensalada de frutas a la que le agregás incluso un chorrito del vino una vez que está servida. La hora indicada es el almuerzo, claro, porque su buen equilibrio te permite estirar las copas sobre la siesta mientras el sol incendia el jardín y saca chispas en la superficie de la pileta.

Old Vineyard Riesling 2011 ($90)
En nuestro país hay un puñadito de hectáreas de Riesling, una variedad originaria de Alemania en donde es la base de los famosos vinos del Rin y el Mosela, cortantes y ácidos pero también dulces y con cierto frizz, que envejecen de maravilla. Aquí, hay al menos dos vinos comerciales. Y el más reciente es el que sacó Humberto Canale en 2011 con su nueva marca Old Vineyard, originaria de un viejo viñedo plantado en de la década del 30. Es un blanco perfumado, de cuerpo ligero y tacto etéreo, que se bebe como si fuera un lujoso y delicado refresco, cuánto mejor bajo la sombrilla un mediodía de verano, con unos panchitos gourmet: una buena salchicha ahumada, mostaza picante y el mejor pan de Viena.

TINTOS DE VERANO
Los vinos tintos no son fáciles de beber en verano porque la temperatura hace que se vuelvan mórbidos y que pierdan gracia. Hay trucos, sin embargo, que te van a permitir sostener tu pasión roja. Uno, el más simple, es enfriar las botellas en la heladera un rato antes de consumirlas. Con que lleguen a la mesa a 15 grados hacés una enorme diferencia. El otro, es usar una frapera con unos seis hielos en el agua, cosa de no enfriar exageradamente el vino. En materia de estilos, conviene evitar la madera que hace que los vinos ofrezcan menos frescura. En todo caso es mejor apuntarle a varietales de cuerpo medio, que no castigarán el paladar si están un poco subidos en la térmica, como Merlot o Pinot Noir. Este último es el candidato ideal en verano, porque se puede beber un poco más frío que el resto. Digamos que, a entre 13 y 15 grados, pasa con gracia. En caso de extrema urgencia, uno o dos hielos a un tinto pueden parecer una herejía, pero funcionan diez puntos a la hora de quitar la sed. En todo caso, es preferible que no sea un vino caro o de pretensiones.

Por Joaquín Hidalgo

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